En un infinito
demasiado corto
Marian Raméntol
La ventana es la proxeneta más vieja del mundo,
le abre las piernas a la perturbación del sol,
nos enseña el tobillo en cal viva del paisaje,
la tumba donde duerme el sonido de la alegría,
sus pechos atormentados
que dan volumen a la urgencia,
los acentos indirectos que agrandan el paso
más allá de la cirugía marina, de los cuerpos
hechos de julio y posibilidades.
A cambio nos convierte en peces
en un nudo de infinitos demasiado cortos.
Desollados sobre la boca de tela que contiene
todos los cuerpos dentro de un nacimiento,
nos cobra cada porción de horizonte
que llevamos en los ojos.
Pero el azul siempre se ha sobrepuesto
a las curvas saladas, al vientre intenso
de un mar hecho de hombres,
a ese viaje hacia todos los océanos
que acunan sus demonios
y esconden los relámpagos debajo de las piedras.
Y el resultado es este grito de voz cilíndrica
sobre los labios de un cuadro, que justifican el
dolor,
los huesos y la cobardía
Un verso excesivo de
enorme boca y aliento grave.
Una vez crucé un año por debajo de los días.
Ángel González
Esterilizo el olor a establo de los días,
los desato, alfileteo su carne,
y espero su silencio como un milagro.
Esquilo la lana de las horas,
la macero, salpimiento
el azul comestible de la infancia,
y algún que otro ciprés recortable
bajo cuya sombra trenzo el desamparo
de un grupo de palabras enmohecidas
que flirtean con el aire.
Inútil el intento,
tan infecundo que hasta el vientre
se avergüenza de la luz huida
de ese féretro a la espera de un corazón
hueco, amanecido de arañazos,
y mis muertos, al mirarme,
enlutan las uñas
en un verso excesivo
de enorme boca y aliento grave.
Conozco el final del horizonte,
ese mausoleo
de demencias y malentendidos
que abrevan sus recuerdos en mi sangre,
y nunca abonan el canon de sobrecarga
sobre las olas, sobre la sal
de un nombre transparente
y sobre la peligrosa música
que muerde mi cabeza.
Y yo sigo con el
sueño de rodillas
Cuando te escribo, perforo el universo
para que la lágrima caiga sobre un campo verbal,
y muerda tu carne de espacios, soliloquios y
notaciones,
mientras descanso en ese diagrama del lenguaje
donde la palabra se ríe de la ciencia,
fractura el sentido de la lírica
bajo el ángulo recto de una calle,
se revuelca sobre la psiquis de un mundo al revés,
y se convierte en el refugio final
de una verdad compartible.
Cada vez que te bautizo,
hay lagartijas en las estrellas
que quieren romper el horizonte,
yo vendo tus múltiples articulaciones
con limpios apósitos de urbanidad,
urbanidad del margen y de la lógica,
pero tu lengua herida por lo diario,
acompañada de crepúsculos y musgo
en las manos rotas de las piedras,
no se conforma con mis cuidados,
y con los pies partidos por la lluvia
se desprende de la boca, y pasea
en una bicicleta hermafrodita
por esta ciudad abandonada donde corazones
embotellados se dejan preñar en la mesa del
infierno
como coágulos de sangre.
Así te apoderas de la sinrazón, siempre,
y acabas haciendo noche en los hospitales del
espíritu,
sin duelo, con la cara de ataúd, y acunando a los
ancianos
para asesinarlos dulcemente sobre altares de
ocasión.
Estás loco, y yo sigo con el sueño de rodillas y
todas las
mariposas viejas ratificando de nuevo mi intención
de dotarte de un gramo de inteligencia
para que seas repetible, orable, decible.
Una deuda conmigo es
una deuda con la humedad
A esa blancura que
ya no puede rozarme.
Escamas repetidas
en dos corazones de carne.
La edad en ropa interior deserta de mis pasos,
amordaza las sienes y yo permanezco inmóvil
en esta ciudad cerrada, en esta habitación materna
que adelgaza el silencio, silba los cuerpos
con el ruido de los brazos
dando besos inútiles al aire.
Mi voz pesa en exceso
en esta serenidad suicida,
con este animal sangrante
que ejecuta mi nombre derivado,
con el recuerdo roído por el agua y el vértigo
de la ausencia pegada a mis párpados de nogal,
entre aullidos que tiemblan sobre su belleza de
hija,
de madre, de semilla incrédula.
Una blancura que no puede rozarme,
deseada más allá de mis ojos, mucho más lejos
de ese caldo de cultivo que es mi cuerpo,
de esa vergüenza vieja que es la palabra tullida,
demasiado alta, densa y aceitosa,
como el sudor que quiere reconocerla
y se queda sobre las manos, penetrando el tiempo.
La muerte tiene lengua de lince,
y mis oídos siguen atentos,
porque una deuda conmigo
es una deuda con la humedad salada y ácida
que levantó una pared en los pulmones del mar,
una compromiso grave, amplificado en cada espuma,
en cada limitación de su inconmensurable sonrisa.
Narcótico contra la
incertidumbre
Vamos perdiendo a los muertos
se deshacen poco a poco
como un alambre que estirase la tristeza,
la vejez que no cabe en el pecho
se siembra en campos incoloros
como narcótico contra la incertidumbre.
En las muelas del día los tanques de oxígeno
son cataclismos de guitarras y armónicas,
banquetes de nubes ilusionistas
confabuladas con el desorden del sol
para encuadernar los crepúsculos
en la raya de los ojos, para lavar el matiz
del caos y dejar el silencio limpio.
Y nos quedamos con la fórmula escondida
del terror en seis letras, fingiendo la sorpresa.
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Marian Raméntol (Barcelona,
1966). Poeta, traductora y directora de la revista cultural La Nausea.
Miembro del grupo musical O.D.I. Miembro del grupo poético LAIE
(2006-2009).Miembro del colectivo artístico Grup Tremó (2010).
Ha traducido a poetas
contemporáneos italianos al catalán y al castellano. Ha publicado seis
poemarios y ha sido incluida en seis antologías. Ha sido premiada en diversos
concursos nacionales e internacionales, y su obra ha sido ampliamente difundida
en revistas especializadas donde ha publicado poesía, ensayo y artículos de
opinión. Ha sido traducida al inglés, italiano, rumano y estonio, y ha
prologado varios libros de poesía. Su actividad en el ámbito poético le ha
llevado a formar parte de Festivales, exposiciones, recitales y diferentes
actos patrocinados por Ayuntamientos, editoriales y otras entidades culturales.