NARRATIVA


 Becki, una perrita fantástica

 Christian Donald, el futbolista mejor pagado del mundo, convaleciente de una operación de isquiotibiales, recibió como un mazazo las palabras de Eufe, su asistenta: había desaparecido Becki, la perrita Crestado Chino de su novia Paris.
   Inmediatamente, le ordenó a Juan Ramón, el fisioterapeuta del club, que ofreciera mil euros de recompensa a través de las radios de Pozuelo. Tres horas después, la Residencia Canina CatDog’s le comunicaba a Christian que la Policía Local les había entregado, la noche anterior, una Crestado Chino. En cuanto se vieron, Christian y Becki se fundieron en un abrazo. Pagó lo prometido y marcharon en el Audi de Juan Ramón. Primero una visita a la peluquería canina –¡un horror! la suciedad de aquella celda- y después al psicólogo –necesitaba estabilidad emocional, la pobre.
   Durante una semana Becki se limitó a comer, dormir y salir al pipican. Eufe se extrañó que nadie advirtiera los cambios en el vientre del animal. La noche del octavo día, mientras Christian oía el mensaje de Paris (Totón  la muy puta  mañana nos lleva a L.A. para un pase privado el viernes volvemos a Manhatan y martes pasarela en Londres besitos), Becki, oculta en la despensa, paría tres cachorros de pelaje y tamaño diferentes. Los gritos de Eufe, a la mañana siguiente, cuando descubrió al trío prendido a las mamas de Beki, alarmaron a Christian en plena sesión con Juan Ramón. En menos de una hora, el mejor veterinario de Pozuelo diagnosticaba que la madre estaba bien, a pesar de haber parido un Rottweiler, un Mastín Tibetano y un Yorshire, los tres de extraordinaria pureza, todo lo cual calificó de “ fantástico y sorprendente”.
   Diez días después, Becki volvió a ponerse de parto y alumbró: un Shar Pei, un Chow Chow, un Bichón Maltés y un Basset. Christian consultó a tres veterinarios que tuvieron idéntica opinión: “cachorros de sorprendente pureza y una perra fantástica”.
 (La pasarela de Londres un éxito mañana marchan todas a Milán yo Totón y Gonzalo nos quedamos unos días más besitos a Becki Chao). Paris mentía. Paris, Totón y Gonzalo, el trío del eterno retorno. Tres días después, visita rápida, polvito rápido. “Becki cariño, ¿extrañas a la mamá? ¡Guapa, guapísima!. Totón y Gonzalo me esperan en Barcelona. Chaooo”.
  El fin de semana, Christian viajó a Valencia. Su equipo visitaba Mestalla, campo difícil y media temporada en juego. Cuando lo vieron aparecer por el vestuario, aún con muletas y gritar: “¡con dos cojones!” a todos se les cambió la cara.
   La noche de aquel domingo Becki volvió a la soledad de la despensa y parió un Alaskan Malamute, un Pit Bull, un Boxer y un Dálmata. Juan Ramón y Eufe le ocultaron a Christian aquel parto, hacía días que intentaban colocar “la exclusiva” en tres programas de televisión.
    Eufe acababa de vender el cachorro de Yorkshire del primer parto, la mañana en que se encontró con tres enormes gatos tomando el sol sobre el césped del jardín trasero. Quiso espantarlos, pero, en ese instante, apareció Becki y se puso a jugar con ellos. “Esplendor en la hierba”, rió Eufe.
   Al día siguiente, no sin algún alarido, Becki parió tres gatos diferentes: un Persa, un Ragdoll y un Esfinge (tan pelado como ella). Juan Ramón llamó a un amigo veterinario que, pasado el primer momento de perplejidad, identificó las razas y le preguntó si tenía el vídeo de aquel fenómeno. El otro se limitó a sonreír.
   Cuando Christian Donald vio lo dos últimos partos de su perra en un programa de televisión de máxima audiencia, cambió de fisioterapeuta y de asistenta.
   Desde aquel día, las visitas de Becki a la habitación de su amo se hicieron más frecuentes y de la manta en el suelo, pronto pasó a dormir ovillada a los pies de la cama.
   Una mañana, Christian despertó con claros signos de haber tenido una abundante polución nocturna. Descubrió a Becki a su lado. Se miraron. Ella gimió y agitó el rabo. Él sonrió. Quizá en nueve meses o nueve semanas, Becki le diera una alegría.


La Otra Risa de los Dioses

La tarde violeta, la mar crestada y gruesa, Teseo abriga sus naves en Naxos y desembarca.  No teme la tempestad, sino la ira que la alimenta.
Durante horas, vela el sueño de Ariadna. Sabe que, antes del amanecer, habrá de abandonarla, tal como lo pactó con Dionisos. Sabe que aquel acto lo deshonra y la duda aún debate su traición, pero se lo exigen los Dioses. Ellos conocen el secreto, la mentira y el engaño de su hazaña; saben que, cuando él llegó al centro del laberinto, el minotauro hacía tiempo que había marchado.

 Hugo García

IGUANAZUL

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