El hacedor
Alzó la mirada
y, de pronto, algunos pájaros azules se transformaron en agudos cristales de
color carmesí, cayendo con aplomo hasta el suelo. No sabía el motivo, pero su
intuición le decía que pronto habría cambios, probablemente antes de lo que
podía imaginar. La labor de Hacedor no se aprendía de la noche a la mañana, y
en cierto sentido no se aprendía. Se tenía desde un principio y se tenía que
reencontrar poco a poco.
La estirpe de
los hacedores, los aprendices de dioses, era olvidada y recordada en forma
recurrente por los hombres desde que éstos comenzaron a caminar erguidos por
los páramos. Habían recibido muchos nombres distintos. A veces eran venerados,
otras desdeñados, aunque siempre fueron esperados. Es verdad que en un
principio intentaron esquivar las ciudades; sin embargo, cuando éstas
comenzaron a proliferar fue inevitable el que comenzaran a frecuentarlas,
también.
Hacía 500 años
que el Hacedor se mudó a Europa; provenía de Asia, donde nació hacía ya casi
tres mil.
Los aspirantes
a Dios tenían que ensayar. No estaba recomendado que los principiantes actuaran
con lo vivo. Los errores podían tener graves consecuencias, difíciles de
reparar. Y de hecho prefería olvidar algunos incidentes en este sentido. La astronomía era un buen lugar de juegos y
ejercicios. La ciencia decía que en unos días se iba a producir un eclipse de
Luna, pero lo que la ciencia no sabía era que ese eclipse iba a ser alargado
durante dos segundos mas de lo debido por la acción de nuestro joven aprendiz.
No era demasiado complicado, pero sí suponía un cierto riesgo; el margen era
estrecho, y alterar los ritmos naturales de los astros más de lo debido podría
tener consecuencias graves que solo se podían enmendar por dioses más
experimentados. Un cambio prolongado en cualquiera de las órbitas de los astros
podía desencadenar una reacción en cadena. Las lunas estaban bien para las
prácticas, aunque si eran de planetas
poblados el cuidado tenía que ser mayor. Así que, llegado el día, actuó. Salió
todo bien, como era costumbre en sus últimos tiempos. Sin embargo, era
insuficiente para él. Hacía tiempo que estaba preparado.
Aquel día
estaba con humanos en una piscina pública. Era importante y estaba recomendado,
interaccionar con los mortales de la forma mas natural posible. Nadie se
percató del golpe seco que el niño se dio cerca de la sien. Dos segundos
después y el agua comenzó a penetrar sin permiso por su boca, colmando su
esófago y su estómago, aunque no pudo llegar a sus intestinos. En su retorno
comenzó a anegar los pulmones. El oxígeno no podía fluir al cerebro, y comenzó
a ahogarse, en silencio. La pelota voló, como por encanto, al otro lado de la
piscina y con ella la atención de sus amiguitos. Y allí estaba, inconsciente,
tragando un agua mortal, que unos segundos antes había servido para divertirle.
El tiempo alteró de manera dramática su ritmo, comenzando su peculiar cuenta
atrás. Bastaron diecisiete segundos: dieciséis, quince, catorce, trece, doce,
once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. El niño
había muerto.
Alguien se
percató. El socorrista reaccionó, se tiró a la piscina y lo recogió con
solvencia. Al mismo tiempo, una señora gorda pidió, a gritos, el auxilio de un
médico. Había uno, bueno una, en la reunión del fondo de la piscina. Los padres
volaron de sus hamacas. Alguien agarró con fuerza a la madre; su hermana, creo.
El socorrista sacó al niño de la piscina, pero ya no era un niño, era una masa
inerte con máscara de niño y labios azules. La médico llegó y comenzó a intentar
reanimarle. Consiguió expulsar parte del agua que ya era parte de él. El
pequeño corazón no quiso hablar. El padre se arrodilló ante su pequeño, le
cogió de la mano y se la apretó con mucha fuerza, no podía llorar, sólo le miraba.
La gente, arremolinada,
estaba en silencio. La desolación no era mas que una nausea compartida. Sonaban
los insectos del verano, los pájaros que no supieron enmudecer ante las
circunstancias y la insolente televisión, ubicada al fondo del bar. Seis
minutos, quizás siete, el esternón del no niño se quebró por la intensidad del
masaje de reanimación. El corazón no respondía, no podía hacerlo.
El Hacedor, el
novato aprendiz de Dios, se coló con disimulo entre la multitud abigarrada, se
acercó al muerto, le rozó con disimulo su talón derecho. Veinte segundos antes
la doctora dejó el masaje, exhausta. El corazón volvió a borbotear, regando con
generosidad renovada su por entonces ausente cerebro.
El Hacedor
superó su prueba.
Francisco Carrascal