Flavito
Por Patricio
Rebollar
Desgraciadamente,
o posiblemente lamentable, los días en Querétaro siempre son iguales, no existe
un día en que la delicadeza de la ciudad otorgue algo diferente, un siniestro
que pueda contarse por días y nos arranque la rutina de nuestras manos. Flavio
recorre todos los días la misma ruta. Le he dicho varias veces que debería, de
vez en cuando, cambiar su rumbo. Él siempre me responde que no le gusta, ya que
puede encontrarse con el maldito tráfico de la ciudad, además de que avenida
Zaragoza continuamente se inunda de camioneros groseros. Nos avientan, a los
que tenemos autos pequeños, sus enormes carrozas fúnebres que transportan al
proletariado, además de que nos llevamos mentadas de madre si les tocamos el
claxon, y para terminar, las patrullas parece que apoyan a esos weyes.
Le he dicho mil veces que puede utilizar la carretera hacia 5 de febrero, pero
no me hace caso. Dice que los camiones de carga, que van en dirección a Celaya,
no tienen respeto por los demás y que le avientan los dos contenedores como si
fuera él a detenerlos, pero termina haciéndose a un lado y recibiendo la
mentada de madre del tipo de la derecha al que casi le pega. En fin, el recorre
todos los días la misma ruta. Sale de trabajar y corre a la colonia de carretas
para mal comer el puchero de su madre, que aunque ella diga y se esfuerce,
siempre le hace baratijas plásticas que verdaderamente dan asco. Cuando pasa el
parque termina virando a la derecha y toma la gran avenida de Constituyentes.
Flavio dice que esa avenida es para los clase medieros de Querétaro y que por
Zaragoza se mueve toda la plebe queretana, además de que la división más grande
es la Alameda; lugar donde el mismo municipio de Querétaro renta el suelo a los
vendedores de baratijas y los deja infringir la ley una y otra vez, vender
mariconerías no es ilegal, pero vender piratería sí, cualquier queretano sabe
que la Alameda es un excelente lugar para comprar tres películas por un tostón,
pero al municipio lo único que le importa es recibir dinero y tener a sus
perras que continuamente le den sus “rentas”.
La diferencia que existe entre Zaragoza y Constituyentes, dice Flavio, es la
gente que transita esas avenidas. Si tu vas en Zaragoza ten por seguro que te
llevarás una mentada de madre, un claxonazo y un pinche enojo por culpa de los
camioneros; en cambio, si transitas por Constituyentes, nada de eso te pasa, te
toparás con el tráfico inmundo, que continuamente hace que te sofoques en tu
coche sin aire acondicionado, aunque traigas las ventanas abajo ¡no hay aire! Y
el único pequeño aire que llega es el calor del asfalto que te escupe y el de
los gases que expulsan los automóviles. Una vez, me dijo, llevaba ya veinte
minutos avanzando a vuelta de rueda, parecía que del piso salía una especie de gas
que turbaba las imágenes frente a mí. Simplemente me reí, porque yo sé que a
Flavio le gusta fumar mariguana todos los días antes de llegar a la escuela. El
estudia en la Universidad Contemporánea, es de esos estudiantes clase medieros,
mediocres que con un 7 se conforman y se llevan gustos la calificación para
dejar de tener reclamos de sus padres y que puedan seguir estirando la mano
para recibir dinero e irse al pedo todos los jueves, viernes y sábados.
Mientras me contaba la historia tomábamos una cerveza en una crudería en
constituyentes a un lado de los Juzgados de Distrito, ese lugar llamado las
guacamayas, donde preparan unos tacos de camarón deliciosos, y ni hablar de los
de pulpo, que por un precio bastante razonable uno se toma un litro de cerveza
y unos tacos y puede estar toda la tarde escuchando las clases más aburridas de
toda tu carrera.
Yo reía continuamente porque normalmente padezco de esos enojos en Zaragoza y
comúnmente compro la piratería de la Alameda. Sinceramente, me dice, prefiero
gastar $50 en tres películas y poderlas disfrutar mientras me hecho un palo, a
estar pagando cantidades muy altas para que unos cuantos se hagan ricos, estos
weyes de la Alameda se rompen la madre quemando los discos, consiguiendo por
todos lados los mejores precios, ellos hacen que la economía en Querétaro se
mueva, mucho más que las grandes industrias de cine y de música que delegan
todas las funciones y por grabarle un disco a un bato le cobran hasta las
nalgas, viejas que se tienen que doblar por un descuento y mientras los agentes
siguen llenándose las bolsas con lana y la reata con caña.
Pero no hay más, mi amigo Flavio es un naco, su manera de expresarse siempre me
ha parecido graciosa, mientras el habla y habla, yo me río, tomo de mi cerveza
y fumo esos delicados con filtro que tanto me gustan, aunque Flavio se ríe y
dice que si cuando subieron los precios de los cigarros ya no me alcanzó para
comprar unos decentes. En realidad fumo los delicados desde hace un par de
años, descubrí que el tabaco sabe mucho mejor que las mamadas que ofrece
Marloboro o Camel.
La situación en el país está cabrona, comienza Flavio a doctrinarme, a mi me da
mucha risa, porque es el wey menos indicado para hablar de política, su papá es
diputado y continuamente sale en el periódico luchando en contra de alguna
bancada política porque quieren hacerle un juicio político y retirarle su
fuero, todo México está enterado que su jefe se está construyendo una casita de
casi cinco melones de dólares y que su salario no cuadra con esos ingresos que
representa, además de que su hijito trae su bmw blanco y su vieja, osea la jefa
de Flavito trae una Q5 de la Audi, pero pues nadie puede decir nada, no vaya a
ser que uno de los neandertales que trae su papá, creo que les dicen guaruras,
pueda golpearte por andar haciendo comentarios o preguntas tontas.
El pinche fecal continuamente anda dando esos discursos pendejos y felicitando
las muertes de los soldados y los treinta mil muertitos que van. En uno de los
números de la revista El Chamuco leí la manera en la que se referían al
presidente, le decían Fecal, me reí tanto que le marqué por teléfono a Flavito
y le conté lo que había leído, desde ese entonces, nos referimos a Felipe
Calderón como el fecal.
“Flavito, siempre sales con tus mamadas del fecal, ya párale”, le digo siempre
que empieza a hablar de política. “Yo estudio continuamente todas esos temas
wey y cuando vengo a comer contigo lo último que quiero es andar hablando eso,
quiero cagarme de risa no andar en serio”. A él le caga que le diga Flavito,
siempre me pinta el dedo cuando me escucha, pero me vale madres, porque sabe
que a mí me caga andar discutiendo pendejadas cuando estoy comiendo.
Cuando Flavio
se murió sentí tristeza. Siempre pasaba bien los días con él. Aunque no pudo
terminar la carrera con su excelente promedio de 7.4 y seguramente haber
conseguido que su papá moviera las influencias para titularse por promedio. Sé
que hubiera sido un gran empresario, como todo joven que no tiene idea que
estudiar y se mete a administración de empresas, él decía que allí se metían
las mejores viejas MMC (Mientras me caso) y que por eso andaba duro y dale tras
la española que no se las soltaba. Todos lloramos en su funeral, si no hubiera
agarrado tanto el pedo esa vez, le dije que tenía mal presentimiento y que
mejor se regresara conmigo, pero no me hizo caso y uno de los camioneros de
Zaragoza lo sacó del camino y se estrelló en la fuente de la Alameda. Desde ese
día, el municipio ha tenido que hacer grandes gastos para reconstruir todo lo
que se destruyó tras el accidente y ahora ya no podemos estacionarnos sobre la
Alameda para comprar películas, tienes que dejar a alguien en el coche para que
no te quiten la placa.
Idea ñañú
Para Carolina
Por Elisa Herrera
Sin duda, una de
las cosas que engrandecen a las carreteras es su potencia de mantra. Al
transitar en ellas con frecuencia, el viajero se enfrenta a una especie de
ejercicio de conciencia: mientras se recorre el camino a velocidad media, aves
en oleaje, insectos destazados en el parabrisas, reses en la campiña y uno que
otro afortunado momento en que las flores silvestres más próximas al
acotamiento son movidas en sintonía con el aire para formar una agitación casi
musical, transportan a cualquier viajero a escenarios que por lo general no
están tan a la mano cotidianamente. Quiero decir que todo lo que uno piensa en
el transcurso, abre un espacio que llena el abismo de realidades casi siempre
inéditas, y que difícilmente pueden ser compartidas en ese momento con los
otros porque la mayoría de ellas pasan sólo por el cuerpo, cuando se observa el
paisaje y se logran imaginar las infinitas posibilidades de existencia. Son
cuentos posibles que uno escribe mientras se va en silencio con los demás
pasajeros al tiempo de acercarse pacientemente al punto final del recorrido.
Cristina es una
mujer delgada que habla casi siempre de lo mismo y lo hace en un tono de voz
muy bajo, es tímida, pasa fácilmente desapercibida. Siempre tiene tos, debería
hacer nebulizaciones dos veces al día pero jamás conseguiría conectar el
aparato a la corriente eléctrica, su casa apenas tiene techo. Estudió cuatro
años de primaria ahí mismo en su comunidad y le basta con saber escribir para
llevar un cuadernito de notas donde registra su nombre y la fecha, el nombre de
las cosas nuevas que observa junto con descripciones particulares y breves,
números con cierto azar que le sirven de referencia y en ocasiones utiliza los
reversos de las hojas para dibujar. Alguna vez me dijo que había escrito unos
mensajes en las líneas de la carretera. Cristina habla una lengua extraña, no
sabe dónde la aprendió, no se acuerda, sólo la sabe, sólo habla evocando un
rezo armónico, casi un canto, desconocido. No sé muchas cosas sobre ella, pero
en sí misma es lluvia y viento al mismo tiempo, contenido elemental que se
pasea en los lugares por donde todos pasan y su andar es diferente que el del
resto. Cristina común y corriente, Cristina vacío, Cristina sin sombra, serenísima
tormenta.
Un poco más de la
mitad de su día lo pasa encerrada en un cuarto pequeño de su casa donde se
siente cómoda, -eso dice-. Se sienta a esperar en la cama, ve a su hija, le
toca el cabello como si no lo hiciera porque no presta atención, su mirada está
lejos, la ve jugar pero no juega con ella, sólo la ve, espera, quisiera poder
decir alguna broma pero cae en un vacío que le recuerda la colcha azul de lana
donde está posada, su espera no es para juguetear, es para obedecer sin tregua.
Hasta hace cuatro
años, Cristina siempre quiso dedicarse a las investigaciones sobre la vida
marina, las pocas veces que sale de su cuarto acostumbra caminar durante horas
en las montañas observando las piedras fosilizadas y luego se da a la tarea de
escribir complejas reflexiones sobre ellas. Piensa en ciencia, también en
Jacques Cousteau. Desdobla sus pasiones imaginando algas marinas y millones de
especies de peces que posiblemente son parientes de las familias de anfibios
provenientes de las Islas Canarias. Fantasea haber estudiado en la Universidad
de La Laguna y que durante poco más de tres años estuvo dedicada al estudio de
los crustáceos y los calamares. Piensa en la posibilidad de respirar bajo el
agua con un velo transparente que asemeje al de las mantarrayas madres. Cuando
Cristina habla lo hace en tercera persona, crea un mundo aparte.
Incontenible,
tratando de entender con paciencia su soledad, convive con las demás mujeres
del pueblo que se entretienen hablando de las vidas ajenas, su intimidad con lo
difícil le ha permitido conciliar con ambos mundos. Trata de mostrarse con
palabras pero recibe en su cuerpo más de lo que puede traducir del mundo, de la
belleza. La belleza insoportable –como ella la nombra-, el mundo de la belleza,
lo irónico, capaz de elevar las realidades crudas a la contradicción, esas son
las cosas que a ella en verdad le interesan. Pero ahora está absorta en una
habitación poco iluminada, entregada a una espera irreductible. Cristina no
conoce los bandoneones ni las cosas que con cierta razón piensan los catalanes:
eso que de las lágrimas que hacen que gire el mundo vamos entrando a la
vida. A veces llora y mientras camina en las carreteras se va encontrando
con los pordioseros que rondan en sus libertades. La miseria es tan amplia en
el mundo, tan nostálgica, que alcanza un grado de amabilidad sutil, enamora con
enorme culpa y ella lo entiende mejor que muchos. Su pena es altamente ácida,
fatídica y parece que no está dispuesta a eliminarla de sus días, no tan
fácilmente.
Un día airoso de
esos que levantan polvaredas, Cristina habló conmigo como si lo hiciera con
ella misma, con una fuerza tal que asemejaba a la duda que se cuela en los
poros para generar añoranza. Dijo -yo soy quien pega los papelitos con poemas
en los espejos, para acordarme de que sólo el tiempo es imprescindible, mi
pasar por el recuerdo transcurre solitario y en silencio, yo soy la boca con
las alianzas de mis ancestros, donde rayar las cuevas implica un ritual
funesto. Sí, las paredes son biblias llenas de historia, son libros dispuestos.
Las paredes blancas se exhiben para mí, para que ponga en ellas mis mejores
trazos de espera. Así que esperaré siempre, no sé cuánto dure la vida pero si
puedo elegir escojo parecerme al animal más longevo, de preferencia que viva en
el agua, así, si he de pertenecer a este lugar, seguramente me hallarán en
alguna piedra arcaica, con presencia infinita. Cuando llegue la hora a la hora
indicada, ese al que espero me verá y sabrá que estoy aquí-. Entonces se inundó
el espacio de ella, con un pálido silencio, la tos se fue convirtiendo en
insistencia cada vez más sonora, en ruido escandaloso. Los ojos se le llenaron
de lágrimas que se desviaban en las comisuras de la sonrisa, sus manos delgadas
se tallaban una a otra mostrando ansia. Sacó sus dibujos en hojas sueltas y las
regó en el piso como si aquello fuera el mar y estuviera poblando el cuarto de
vida. Hubo una sensación acuosa, nos empezamos casi a mojar los pies. Mientras
Cristina deshojaba su cuaderno recitaba algunos versos: -Xi makwäni: / Xi
makwäni ga möhö, / Xi makwäni, ga möhö. / Ga tsog u h u ya d o ni ne ya thuhu,
/ Götho nu'ä 'b u i jar ximhöi. / ¡Makwäni ga möhö, / Makwäni ga möhö!-. -De
verdad / De verdad nos vamos, / De verdad nos vamos. / Dejamos las flores y los
cantos, / Todo lo que existe en la tierra. / ¡De verdad nos vamos, / De verdad
nos vamos! 1
1 Poema Nahua en
Lengua Otomí. Anónimo.