Los altares de la lluvia
Por Leslie Dolejal
Florentino
es un poeta de unos cuantos trazos que, en un espacio corto, se desenvuelve con
imágenes de inusitada profundidad, belleza y maestría. En otras, es un poeta
que sentencia, que ocupa para expresarse una voz gruesa, la cual dicta, para el
conocimiento del hombre, el conocimiento de sí.
Es un estudioso de las
mitologías antiguas, presentes y del porvenir. Un lector ávido e inteligente
que lee por taxonomía los libros que le educan. Durante años fue maestro, (lo
continúa siendo). Cuando toma personajes o personas para escribir, lo que hace
es mostrarnos la vida, acercarnos a su propia forma de mirar el mundo.
Y aunque esto,
inevitablemente, por ley natural, lo hacemos todos, (de todo lo que sale por la
boca está lleno el corazón; por sus hechos los conoceréis), lo que quiero decir
es que, al personificarse como autores o personajes de épocas pasadas, lo que
en realidad está haciendo no es enmascararse.
Si no dejar claro el único vínculo
que uno puede tener con hombres de cualquier época: el testimonio de la vida,
la similitud de circunstancias de la vida, el descubrimiento de la belleza de
la vida, y, por sobre todo, la disposición para escuchar el canto, el canto con
el que nace, vive y continuará expresándose la vida.
Frente a Los altares de la
lluvia, estamos ante un libro necesario.
Hay varias líneas temáticas
para reflexionar que nos ofrece el libro, el tema social, por ejemplo, hacía
mucho que no renovaba su expresión en la poesía, me parece que el mismo había
quedado anquilosado en un terreno muy parecido al del panfleto, y
paulatinamente, saliendo del ridículo, había encontrado un mejor auspicio en el
artículo periodístico.
Amén del viejo discurso sobre
las vanguardias literarias, donde parvadas de escritores se han refugiado para
justificar el paso de un siglo profundamente expresivo, cuando no, su propia,
itinerante mediocridad, Florentino acude a un replanteamiento de la forma para
expresar el tema hablando a veces como conductor de noticiero, en otras,
sencillamente, como un hombre que cuestiona la vida y su valor intrínseco.
Quizás, lejos de
pretensiones intelectuales o exposiciones eruditas, en América Latina, desde
Ernesto Cardenal, no habíamos acudido a una expresión tan clara, fresca y
sólida, que nos involucrara sencillamente con el tema social desde el discurso.
Las dedicatorias de poemas,
56 las que he contado, van desde homenajes con epígrafes hasta dedicatoria
explícitas, en ellas podemos apreciar tanto retratos de un momento como regalos
de belleza a las personas, la generalidad va del anecdotario a poemas donde el
tema íntimo se muestra como tema familiar o de la familia, pero llama
particularmente mi atención el poema Uno se calla y empieza, dedicado a Emily
Dickinson.
Los coqueteos de forma con
la poesía de oriente, trazos breves y concisos, cuya permanente presencia
insinúa un homenaje a esa forma de escritura de la poesía china, la particular
sintaxis que ocupa reiterar, con imágenes o palabras, lo que anteriormente se
había dicho, como forma propia de escribir de la poesía prehispánica, así como
la temática de lo chamánico, la cual empieza desde el poema Sergio Solano con
las líneas: Galán de la noche/ con el
bastón de poder/ sostienes sol amoroso, y que detona, a mi parecer, el
canto ritual del último apartado, Tlacuilo corazón, me proponen la dirección de
un estilo donde emociona y sorprende la cercanía de un mundo perdido, ignorado
desde ha mucho, pero presente, al fin, con esa mixtura necesaria del contacto, hasta
apreciar que, más allá de purismos, conciencias, cosmogonías, pero con ellas
presente, sicretizadas, con unidades completas de poemas, el autor ha
construido para entonces, una atmósfera de tensión donde el humor, la tristeza,
la reflexión y la alegría, se entretejen, procurándonos.
Ahora bien, el asunto de
representarse, de asirse de otros nombres para externar su propia condición y
pensamiento, (él mismo es Li Po en el poema de la pág. 88, pero antes fue el
Van Gogh de la pág. 57, y después el Teseo de la pág. 195, o aquel otro Van
Gogh de la pág 252, hablando en tercera persona), es un detalle que lo hermana con
poetas y artistas de muchos siglos. El poeta, al interpretarlos, se interpreta,
y nos descubre un fenómeno curioso que nosotros sólo podemos apreciar por vía de
la charla o de la literatura: el pensamiento del hombre.
Finalmente, uno lee, y ese
acto que llamamos leer es en realidad escuchar, escuchar la voz del otro,
diciéndonos, diciéndose, de modo que, aunque uno entienda lo que tenga que
entender, la lectura es, a fin de cuentas, cierta disposición para escuchar,
comprender y reflexionar, lo que otra persona nos está diciendo, y en el caso
de la poesía, para escuchar el canto con la voz del otro.
Claro, aún ahora podemos
escuchar a hombres muy antiguos en la soledad de la lectura con todas sus
palabras, no están muertos, nos están cantando, son nosotros que al pensar
hemos generado un acto donde las ideas empiezan a fluir, a ser comunes,
abriendo entendimientos a través de siglos, calles, casas, consensos, emblemas,
disentimientos, pueblos, idiomas, sitios, muertes, apreciaciones, creencias,
partidos sociales, charlas, cafeterías, patios.
De modo tal que, a decir de
cualquier hombre, sin entrar a tratar de comprender lo que significa saber, pues
el hombre, como la abeja, sabe por sí mismo, es mucho más vasta y compleja en
el tiempo la vida cuando el hombre ejerce la literatura, pues sin duda, si la
experiencia hace al fenómeno hombre breve, la palabra lo amplía, lo fructifica,
y como verdad inamovible, lo hace uno: lo comunica, lo continúa.
Después de todo, quién puede
escapar a la sentencia: amarás a tu prójimo como a ti mismo; quién puede negar
que, incluso quien se autodestruye, ame profundamente en la misma medida a sus
semejantes; y por sobre todo, quién puede negar Ser lo que ejemplifica.
Pero regresemos al tema,
pues me parece que al viejo Li Po, mi gran amigo de charlas de cafetería, han empezado
a crecerle las antenas.
Este libro, Los altares de
la lluvia, amén de haber sido publicado antes parcialmente, por secciones y a
intervalos nada regulares, conforma ahora un todo único, puesto a la lectura y
a la opinión, y un todo que expone, ya sin duda, la edad de maestría del poeta,
el momento en que un autor nos muestra que es capaz de reproducir sus propias
formas con el pleno dominio de su voz, desarrollando temas que le interesan
para expresarse.
Nada mejor para celebrarlo
que aquellas palabras de Mircea Eliade: el chamán es, él también, un mago y un
hombre-médico: se cree que puede curar, como todos los médicos, y efectuar
milagros fakíricos, como todos los magos, sean primitivos o modernos. Pero es,
además, psicopompo, y puede ser sacerdote, místico y poeta.
Este asunto de mirar el
mundo como una entidad mágica es una constante en la poesía de Florentino, como
también es una constante que el mundo y el universo jamás perderán su magia: la
interacción del universo no tiene la complejidad de la materia, si no de la
inteligencia.
Leo ahora ese poema titulado
Uno se calla y empieza, avecindado en la pág. 25 del texto.
“Uno se calla y empieza/ a llenar de rostros/
y de voces perdidas// reconstruye las ciudades/ que salieron de las manos del
hombre/ las calles/ que como un libro se abrieron y cerraron// y sólo quedan
fragmentos/ con vida de sus sueños.// Uno se calla/ hasta que aprende/ hasta
que va olvidando/ el silencio/ aún tenemos mucho silencio qué callar// y nos
quedamos/ viendo así/ como si nada// poniendo una tras otra/ las fichas del
dominó sobre la mesa// y nos parece/ todo de pronto tan irreal/ como el nombre
que viene/ por el calendario/ como si entraran los días de ayer// hasta que uno
comprende/ uno sabe cuán largo es el tiempo// en que un rostro lo ha ocupado
todo/ y el reloj se detiene para siempre/ empiezan/ a quedar vacíos los espejos/
y el mañana/ es sólo una palabra/ que nunca llega/ pero cambian las cosas.//
Entonces a quién/ preguntar si el universo/ es capaz de responer// ¿por la
vida/ de un solo hombre?// Si através de cadáveres/ se llegue a los
inmortales// ¿Si aún el hombre/ lleva en sí mismo la respuesta de Dios?//
porque uno no/ admite no puede seguir/ arrogándose/ como objeto/ la servidumbre
a un destino// todavía/ uno puede decir/ que es dueño/ de una vida que nadie
quiso// Pero ya/ para eso/ se ha levantado cierra las persianas/ Se olvida/ de
la calle y el rostro// Uno quiere olvidar/ en definitiva de la vida y el
rostro/ en tanto nuevos rostros/ sigue sacando la vida de la tierra// Uno
tontamente quiere ser inmortal/ Como si no lo fuera/ desde siempre// Como si
nunca/ hubiera existido Emilia/ nacida en Ahmers un primero de diciembre//
Invariablemente vestida de blanco/ A la que ahora escribo// Ella/ a la que el
mundo/ nunca le escribió.”
Gracias.
Después de todo, toda cosa o
poder, toda fuerza que vemos actuar en el mundo, que no nace con nosotros y que
perdurará después que nosotros hayamos partido, hemos dado en llamarle “un
dios”.
Ahora bien, la expresión
ejemplifica la materia, si la materia no se expresa, no es, no tiene
existencia, no hay sustento que la haga evidente, pero esto es para nosotros, y
también para las piedras.
Decía Spinoza algo que
pienso le faltó estudiar muy bien a Heidegger: cada cosa que es, persevera en
ser en sí por siempre.
Ser no es nada más un Ser
social, es, una conducta ante el misterio, y ante todo, un actuar ya para
siempre.
Los hombres estamos
destinados a saber que ya pertenecemos, y nos deslumbra la eternidad porque
consideramos efímeras la voluntad y la conciencia.
Para esto último Platón
tenía una muy buena respuesta: para que la materia hubiera empezado a moverse
tuvo que haberlo hecho por sí misma, y para que algo se mueva por sí mismo
tiene que haber adquirido las cualidades de la voluntad y la conciencia.
Conciencia de sí y voluntad
sobre sí es lo que origina al Universo.
Pero en todo caso volveremos
al caldo primigenio, de eso estoy seguro, en esto tenemos nuestra primera
certeza, y, curiosamente, lo sabemos, estamos conscientes de ello.
Buenas noches.
Santiago de
Querétaro, Querétaro.
A 25 de Octubre de
2011.
2:47 a.m.