Por los siglos de los
siglos.
Todos los domingos íbamos a misa de
doce. El calor insoportable dentro del
auto me ponía de mal humor. Nos
hacinábamos en un Renault diez viejísimo, pero antes de subirnos, teníamos que
poner unos trapos encima de los asientos de vinilo paro no quemarnos el
trasero. Éramos tantos que todo el
camino nos encajábamos codos y rodillas. Mi madre nos llevaba a una iglesia en donde
el sacerdote era un viejito senil; se le olvidaba que ya había leído el Evangelio
y lo repetía dos veces. Pero a ella no le importaba pues era una mojigata de
primera, en absoluto como las otras mamás.
Las mamás de mis amiguitas de la escuela
me recordaban a Jane Fonda cuando salió en la película Xanadú: se ponían
unos vestidos pegaditos al cuerpo, con un cinturón grueso y la faldita a medio
muslo. Nunca preguntaban si ya me había
confesado ni cosas embarazosas por el estilo.
Mi madre, en cambio, era gorda y siempre usaba unas faldas largas,
amplias hasta la rodilla, y unos zapatos gruesos horribles porque se le
hinchaban mucho los pies. A mis
amigas les hablaba de mis calificaciones
y siempre les preguntaba si sus padres se habían casado por la iglesia. Se peinaba como las sufridas de las películas
de Pedro Infante y se ponía un velo sobre la cabeza para escuchar misa, ¡eso ya
ni se usaba!
Cuando terminaba la ceremonia nos
obligaba, a los más pequeños, a que nos quedáramos un rato más y rezáramos un
interminable Rosario. El primer misterio,
o como se llame, era el más torturante de todos, como el primer ensayo de la
declamación para el día de las madres. Todo el tiempo pensaba "Ay, por
favor, por favor, que se acabe el mundo en este instante". Mi madre empezaba: "Dios te salve María,
llena eres de gracia...". Antes de
decir la respuestilla era tanta mi negación que hasta la garganta me dolía. Pero
a la tercera o cuarta cantaleta mi cerebro ya se había desconectado de mi
boca. Me imaginaba estar en uno de mis
programas favoritos. Cuando Ultra Seven ganaba, yo me besaba con Jiro, el niño
que siempre lo acompañaba en sus aventuras.
Al sexto o séptimo estribillo del
consabido misterio, yo ya era la Señorita Cometa y estaba resolviendo un
problema muy importante y, como en todos los episodios, rompía un poco las
reglas. Cuando terminábamos de rezar
volvía de mi dulce sueño a una realidad donde mi madre nos tomaba de la mano a
cada uno, nos jaloneaba hasta el altar y nos hacía persignarnos de rodillas
frente al Sagrado Corazón. Salir por fin
a la calle era como soltar esa pedorrera que te aguantas por un siglo cuando
hay visitas. Luego, en el camino a la casa, se ponía a hablar con mi papá sobre
mí y todos mis hermanos o sobre cada uno, o de dos en dos, según fuera el
pecado. Se quejaba de nuestras travesuras y nos acusaba como si no estuviéramos
ahí.
Los Rosarios terminaron por fin en
mi adolescencia, cuando los exámenes de la preparatoria se convirtieron en un
buen pretexto para no ir a misa. Está de más decir que sólo me acuerdo de mi
religión cuando lleno un formulario. Ahora daré un salto cuántico para volver a la iglesia.
Lo hago por consideración a mi padre; es el aniversario luctuoso de la
vieja. Están todos mis hermanos, mis sobrinos, y los tíos que aún me quedan. Mis
hijos de ocho y nueve años están en la primera fila. Yo los miro de lejos, con la cabecita
recostada en los brazos del abuelo.
Escuchan atentos al Padre que da el servicio en honor a Luz, abnegada
madre y esposa. Mis fantasías con Ultra Seven y la Señorita Cometa ya no me
rescatan de la iglesia y todo su aburrimiento apestoso a incienso. Mis lágrimas están a punto y siento la mirada
compasiva de mis hermanos; seguro creen que la extraño. No me doy cuenta que la ceremonia ha
terminado hasta que mis hijos me toman de las manos. Es hora de la hipocresía: llevarle flores a
la muerta. Me quedo quieta pero la
procesión de parientes nos arrastra hacia las criptas. Pienso en dejarlos ahí, huir, que nadie se dé
cuenta. La voz de mi hija me sorprende: "Mami, te quiero contar que desde
el año pasado, todos los domingos que tú te vas al cine con papi, mi abuelo nos
trae a misa y al final, cuando todos se han ido, nos cuenta de cuando eras
niña, de cómo rezabas con mi abue, con tanta devoción que a veces quería llorar
del encanto. Por eso me aprendí cómo se
contesta cuando rezas el santo Rosario.
Escucha mami, después que el abuelo dice Dios te salve María y todo lo
demás, yo contesto: Santa María, madre de Dios…”.
Paloma Guzmán