PRESENTACIÓN

UN POCO DE:


El español sobrevivirá al futuro

“Gente de Cervantes: historia humana del idioma español”.
En el futuro, el español será de los únicos tres idiomas más hablados del mundo, junto con el chino y el inglés, vaticina Lodares en su libro “Gente de Cervantes” (Taurus, 2001).  De manera anecdótica y amena,  expone que, a pesar del bajo nivel de vida que ostentan la mayor parte de los hispanoparlantes, este idioma  ha cobrado importancia como unificador de todo tipo de transacciones económicas, comerciales, sociales y culturales en el mundo.
Lodares presenta una historia, como su título lo dice, humana del idioma español. Yo,  que tenía vaga noción de la historia del idioma español, de su situación en el presente en relación con otros idiomas y de sus retos a futuro,  tuve acceso de manera cordial y humorística a  las bases históricas, políticas y culturales del conocimiento  y comprensión de mi idioma en el extenso territorio que actualmente abarca.
Está dividido en tres partes. La primera, que va desde el descubrimiento de América por “un marino genovés” hasta la independencia de las colonias españolas,  relata lo sucedido con las colonias,   emigraciones,  políticas públicas educativas y el desenvolvimiento del idioma relacionándolo con la evolución  económica de América frente al mundo y el de España frente al resto de Europa. La segunda parte trata del estado actual del idioma frente al resto, las variantes existentes en el mundo y su historia. La tercera parte narra la historia del castellano en la península ibérica desde el S. XII, la integración de los usos dialectales y el impacto de las invasiones sufridas: la romana y la árabe-musulmana.
El enfoque de la expansión del idioma en Lodares es contrario a quienes ven como catastrófica y negativa la desaparición de los dialectos con menor número de hablantes. Observa ese fenómeno como algo natural, necesario para la creciente integración de los humanos.
El autor deriva de diversas circunstancias el hecho de que un idioma permanezca o no en el cotidiano; la necesidad manifiesta de un lenguaje común para hacer negocios entre personas de diversas culturas, la voluntad manifiesta de la clase dominante de preservar o no un uso lingüístico, el aislamiento de comunidades hablantes  y la fortaleza económica de o los países hablantes. Si  no sirve para sobrevivir, dice, se pierde. De ahí que vaticine la constante pérdida de casi todos los más de tres mil idiomas existentes en el mundo, pues las transacciones económicas y comunicacionales, propiciadas por la globalización, demandan cada vez menos idiomas comunes que faciliten el entendimiento a través de las fronteras.
Para aquellos que vemos como una pérdida irreparable para la cultura humana el que cada vez más los grupos indígenas del mundo dejen de hablar su lengua originaria y acudan a las dominantes –español, francés, inglés, alemán- para interrelacionarse con el mundo, Lodares lo ve como una transición necesaria para que precisamente esos grupos eleven su nivel de vida, se integren a la sociedad en condiciones igualitarias y tengan mayor capacidad de mejorar su nivel de vida. De la preservación en cajas de cristal de numerosas lenguas indígenas, plantea que a sus hablantes se les coloca en una gran desventaja social si no adquieren la lengua dominante desde pequeños. Este proceso, apoyado por las escuelas bilingües como las existentes en nuestro país, más se ha dado de manera “natural” que inducido, al emigrar estos grupos a las grandes ciudades.
Lodares explica cómo fue la evangelización de los misioneros venidos de España durante la colonia americana, la que preservó en su propia lengua a gran parte de la población indígena de las colonias: fue más fácil que los misioneros aprendieran el lenguaje indígena y evangelizarlos en ella, que enseñar a los grupos originarios el español y además la nueva religión.  Es interesante la acotación de que fueron los misioneros los impulsores del aprendizaje de tres idiomas indígenas en diversas partes de América entre los mismos indígenas: náhuatl, maya y quechua.
Apunta que el español posee soberanas ventajas frente a otras lenguas globales: se escribe como se pronuncia, posee una rica tradición literaria que se remonta al siglo XIV y está abonado por culturas de muy variada raíz, tanto desde su natal Castilla como en su propagación por las colonias americanas. 
El idioma español presenta  retos de gran magnitud: es importante modernizarlo para convertirlo en útil herramienta de las ciencias, pues ahora el idioma universal de éstas es el inglés. Hay toda una serie de nuevos vocablos científicos, producto del avance impresionante de las ciencias, que no tienen definición específica en español.
Advierte además que falta mucha promoción de la enseñanza del idioma español en el mundo no hispanoparlante, en donde la demanda supera con creces a la oferta. Incluso puede llegar a ser un fructífero negocio: por ejemplo, la enseñanza del inglés, indica, representa para Inglaterra la quinta fuente  de ingresos económicos. En ese sentido, ha hecho falta visión para desarrollarlo como una industria sin chimeneas.
Algo parecido ha sucedido con la industria editorial. Lodares acota cómo en el siglo XIX, Francia se dedicó a realizar impresiones en español para satisfacer la demanda editorial de América. Y otro tanto hizo Estados Unidos de América en ese siglo y en el XX, dada la relativa escasez de ediciones por los propios hispanoparlantes. 
Mientras valoremos poco la riqueza y la historia de nuestro idioma otros países seguirán cubriendo nuestras necesidades futuras de comunicación.  El nuestro es un idioma con futuro.
Anna Georgina St.Clair

NARRATIVA

Concierto de jazz (*)

Estoy aquí abajo para tocar música, para interpretarla, y  es lo que hago. Es todo lo que quiero hacer, y lo hago. Podría hacer un montón de cosas, pero lo fundamental, lo que me gusta, lo que está antes que todo, hasta respirar, es la música.
Charly Mingus, Sobre jazz y otras notas


A Elvirita H.,
por tanto cariño y comprensión, cotidianos

El padre de ella daba una fiesta. Había alquilado el Hotel Tucumán Center. El hombre trabajaba en Estados Unidos y de vez en cuando regresaba a San Miguel. También de vez en cuando le venían ganas de hacer notar lo bien que le iba. Entonces festejaba tomando como motivo algún pretexto cualquiera. En este caso, el pretexto era importante. Al menos para él. Cumplía cincuenta años.

Se repartieron invitaciones. Ella tuvo el permiso de invitar a diez amigos solamente, porque el padre era Paz Posse, y era rico, pero no tanto como para pagar todo a más de cien personas. Entre personalidades y viejos amigos de parranda, él había invitado a sesenta. Treinta su amada esposa, y ella, la consentida, mimada, única heredera, sólo diez.

Estaba furiosa. Tenía muchos amigos y amigas y debía seleccionar. Había hecho una lista inicial de ciento cincuenta, y Méndez, obviamente, ocupaba el número ciento once. A pesar de que ella empezó a pensar en él cuando iba por el número veintidós. El gordo la divertía, pero era tan tímido, y tan gordo.

Figurarse, ella, que soñaba con encontrarse un día con un tipo estilo Al Pacino, no podía imaginarse los desvelos, ni de las pizzas que el gordo había engullido rumiando su nombre y su figura. Así que relegado al número ciento once, el gordo no tenía posibilidad ninguna, a menos de llegar a conocer la lista, y hacer una matanza de los inocentes -huevones diría él- que lo precedían.   

Méndez supo de la fiesta una semana antes, por una -la única- amiga común que tenían y que había sido invitada, no por ella, sino por ser pariente del gerente del hotel donde se festejaba.

En otras circunstancias, Méndez, se hubiera resignado a transcurrir la velada de la fiesta en la esquina del Hotel, escuchando la algarabía y la música, hasta que la angustia le despertara el hambre y éste lo a terminar la noche en Los Tuercas, engullendo solito una pizza supertuerca, de dieciséis porciones, tamaño familiar, con jamón, y ananás, morrones, huevo, y toneladas de muzzarella.


Pero además, diez hamburguesas completas, con lechuga, tomate, jamón, queso y huevo, que Alejo, el propietario, tenía siempre listas para cuando el Gordo Méndez fuera allí a empachar sus penas, más una botella de cerveza negra y litros de coca-cola, tomados con su paquidérmica cabeza apoyada en el hombro de Alejo, el único que conocía su pena de amor y le hacía compañía cuando la desesperación lo vencía.

Pero aquella vez, el gordo estaba en uno de sus períodos de enamoramiento brutal, y no se resignaba a pasar la noche del sábado sin verla.

La amaba desde siempre, desde aquella primera vez que se la presentaron en una exposición de Dalí en el Centro Cultural Virla; nunca se lo había dicho, y jamás juntaría el coraje para contárselo.

Pero desde hacía un par de años, iba católicamente al Abasto a las once de la noche, todos los sábados. Ella llegaba siempre a las once y media. Bailaba por una hora sólo con sus amigas. Los huevones que a ella le gustaban, llegaban entre las doce y la una. 

Méndez se iba antes que unos de esos chetos, a los que sus neuronas no les reportaban que existían la sacaran a bailar, para no verla en los brazos de otro, a pesar de que sólo bailarán sueltos.

Los bailes lentos y agarrados recién comenzaban después de las cuatro, hora en la que ella iba en camino a su casa, y Méndez estaba en el patio de la suya, evocando a su amada entre los canelones con salsa y albóndigas arrancados del invernal bastón donde apoyaba su corazón: la heladera.

Acostado en su cama, el domingo a medianoche, desvelado, con un plato de pollo con mayonesa y ensalada primavera apoyado en la barriga, Méndez se dijo a sí mismo: «Voy como sea, sea como sea, voy a la fiesta».

Haber tomado una decisión le dio coraje, y aceleró el deshuese del pollo, se chupó los dedos y encendió el enésimo Parissienne con la mente fija en lo esencial: «¿cómo carajo entro?».

No había modo de colarse saltando la tapia. Los ciento y pico de kilos de Méndez eran una barrera a dicha solución, a pesar de que era ágil.

El problema no era el peso, sino el volumen. Cualquiera notaría a una ballena tirándose de un trampolín, más aún a Méndez trepando una tapia iluminada, en una noche de fiesta, con guardias afuera, y cien invitados del otro lado. No, había que entrar legalmente.

El gordo descartó inmediatamente la solución de hacerse contratar como parte del servicio de catering, porque una cosa era estar en la fiesta, y otra servir vino y coca-cola a ella y a los huevones que la rodeaban.

¿Cómo entrar?, ¿cómo verla esa puta noche?; ¿cómo llegar al domingo con los ojos cansados de haberla visto, mientras los boludos con quienes ella bailaba cada sábado en el Abasto, no habían sido invitados y se morderían de envidia?  

«No, no puedo ser parte del servicio de catering, ¿qué puedo hacer para poder verla?» 

Dos ideas se le cruzaron por la cabeza: entrar como periodista o como artista. Lo de periodista era algo bastante digno pero imposible: su amigo el Tano Álvarez García, que trabajaba en La Gaceta, no se ocupaba de crónicas sociales y mundanas, y con la fotografía, el único contacto que había tenido el gordo había sido el de cuatro fotos, en cuatro por cuatro, en blanco y negro contra fondo claro, para renovar a los dieciocho años, su documento de identidad.

Artista, esa era la solución. Tenía que pasar como músico de alguno de los conjuntos que animarían la fiesta. De seguro que iría algún conjunto folcklórico, pero Méndez lo descartó enseguida, porque ella, a pesar de que se desgañitará gritando y bailando cuando Los Tekis tocaban en San Miguel, detestaba la música folcklórica. Había que colarse con otro conjunto.

Méndez sabía que el padre de ella era amante del jazz. Y en San Miguel, había varias bandas de aficionados, pero sólo una buena, de la que conocía uno de sus integrantes: la «Marshallis Jazz Band».

Méndez adoraba el jazz, y no tenía mala oreja. Imitaba con la boca lo mejor del repertorio de Mingus, y con los pulmones que tenía, el punteado del contrabajo le salía perfecto. Así que decidió que podía presentarse como contrabajista.

Había dos problemas que resolver: no sabía tocar el contrabajo, y la Marshallis Jazz Band tenía ya su contrabajista. Méndez lo conocía.

Era un tipo flaco, porteño de origen, empleado en una compañía de seguros, que había llegado de Buenos Aires detrás de un par de faldas, que al poco tiempo, lo habían mandado a la mierda.

Pero la ciudad le había gustado, porque había descubierto entre otras cosas, que: «después de la General Paz, hay indios», era sólo un mito, y por eso se había quedado a vivir en ella.

Como contrabajista era pésimo. Su tendencia a deprimirse y a la melancolía se reflejaba en su sentido rítmico y siempre terminaba, medio tiempo detrás de los demás. Lo que hacía que sus compañeros del quinteto muy seguido desearan ser sólo cuatro, a pesar de quererlo, porque era un buen tipo, melancólico como un tango de Piazzolla, callado como un domingo de lluvia, arrastrando siempre su contrabajo a los ensayos como se arrastra al partido del domingo a una esposa gorda.

Méndez había pasado varias noches con él, haciendo con la boca los sonidos que inútilmente el otro trataba de reproducir en su contrabajo. Y el taciturno aprendiz de jazzista lo admiraba al gordo, a pesar de que el do bajo de Méndez, reproduciendo al contrabajo del gran Mingus, tenía más aspecto de eructo de jabalí que ese son inquietante, herencia de los negros.

Para poder ir a la fiesta, el gordo debía lograr dos cosas: que el otro no fuera, y que los del quinteto aceptaran que él lo suplantara sin objeciones.

Méndez era un tipo leal, y no podía emborrachar a su amigo, o romperle un brazo, o secuestrarlo. Así que decidió hablarle francamente. El lunes le contó todo. Todo.

Exagerando obviamente la parte que ella tomaba en el asunto. Resumiendo, le dijo que quien se oponía entre ambos no era ella, ni los huevones con los que iba al Abasto, ni sus kilos de más, sino su padre.

Y que si dicho señor, amante del jazz, lo veía tocar lo mejor de Mingus, Davis, Amstrong, Marshallis entre otros, en el contrabajo, se le abrirían las puertas de su casa, y finalmente, podría verla, no a escondidas, cosa harto difícil, dado su volumen, sino a la luz del sol, o sea, de la lámpara del living de la casa de su amada y su vida cambiaría.

El resto de lo que dijo, era casi verdad. Sus sentimientos por ellos. Los años que había pasado amándola a escondidas. El flaco estaba conmovido. El también había amado con locura: se había ido de Buenos Aires, siguiendo a una tucumana que ahora estaba casada con un salteño de mucha guita, un Patrón Costa, y que vivían a la vuelta de su casa.

Nadie como él, que diariamente veía pasar a su amor imposible yendo al centro, saludándolo con una sonrisa de circunstancias, más adecuada a romper nueces que invitar al diálogo, cómo para no entender al descorazonado de su amigo. Pero tenía una objeción: «Gordo, pero si vos no sabes tocar el contrabajo».

Para Méndez, al punto en que se encontraba, eso, era un problema secundario. «Lo toco con la boca, y con los dedos, hago como si tocara». Nadie se daría cuenta.

El flaco accedió, pero el problema eran ahora sus compañeros de grupo, nunca aceptarían a un falso contrabajista de ciento veinte kilos.

Méndez encontró la solución. El flaco debía inventar un cólico unas dos horas antes de ir a la fiesta, y proponer a Méndez como la única solución posible. Así lo hicieron.

Pasaron la semana ensayando los falsos movimientos de los dedos en el contrabajo, y el repertorio de la banda. El sábado, Méndez llegó a la casa del flaco vestido con un elegante terno negro, -«me adelgaza, ¿no es cierto?», corbata lavanda, pañuelo lavanda en el bolsillo, y oliendo a Carolina Herrera for Men, porque alguna vez la había escuchado comentar que la enloquecía.

Parecía un huevo de pascua en luto. La cita con el grupo era en el Parque 9 de Julio, a quinientos metros del hotel, para así entrar todos juntos.

El jefe de la banda tenía cinco pases. Micrófonos y luces ya estaban instalados y compartirían el escenario con un grupo folcklórico, «Los Huayras», buenos muchachos que cobraban poco con el fin de promocionarse y poder llegar al festival de Cosquín que era su real objetivo.

La otra banda invitada era «México, amor azul profundo», una banda de mariachis, que tocaban corridos mexicanos, cuyo solista, oficial de tránsito, era capaz de hacer terminar cualquier canción, de cualquier tonalidad que fuera, en sí bemol, la nota donde la voz le salía mejor y le vibraba.

Su orquesta, todos integrantes del Departamento de Tránsito de la provincia, estaban acostumbrados a la obediencia y se sabían de memoria los lugares del repertorio donde su jefe se deslizaba en caída libre por el pentagrama hasta acabar en su nota preferida, de modo que más que una vulgar pandilla de desentonados, la orquesta de mariachis se había convertido en maestros de modulación en grado de dar lecciones al mismísimo Debussy.

La presencia de dichos energúmenos se debía a que el padre de ella, enamoró a su madre cantándole un corrido mexicano debajo de la ventana, y la señora, muy romántica a pesar de los años y la gordura, quería siempre oír esa canción, aunque insistía, su marido, se la había cantado mejor entonces, «mucho mejor». No obstante se le caían las lágrimas escuchándola, y luego aplaudía a rabiar y enviaba a los mariachis alguna botella extra de tequila, lo que contribuía a que aporrearán aún más el repertorio mexicano adaptándolo a las cuerdas vocales y a la oreja desequilibradamente atrofiada de su jefe.

Luego de los falsos mejicanos, y antes de la música de las bandas para alegrar la fiesta, la bailable grabada, el quinteto Marshallis, debía tocar tres cuartos de hora. Se habían dado cita temprano, porque así disponían, antes de subir al escenario, de dos horas para tomar y comer gratis.

Méndez pasó la mañana del jueves y del viernes en la biblioteca de la facultad de Medicina estudiando los aspectos del cólico renal. Tomó nota de todo: localización de los dolores, tipo de síntomas frecuentes, dónde debía aullar el flaco cuando el médico lo tocara, etcétera.
Por la noche, hicieron un ensayo general. El flaco, con su melancolía crónica no era un gran actor, tenía voz aflautada y sus lamentos parecían más bien cantitos de misa, pero Méndez le hizo repetir más de cien veces el tipo de quejido que debía proferir, los movimientos, la respiración entrecortada, el tono de voz raspada en la garganta.
A la una de la mañana, la actuación del flaco parecía aceptable. Sudaba de cansancio, y se puteaba a sí mismo por haber aceptado ayudar a ese loco.

El sábado por la noche, dos horas antes de la cita en el parque, llamaron al médico. Habían elegido uno joven, con poca experiencia y especializado en pulmones, de modo que recordara poco de los cólicos renales, sólo lo que en los libros de medicina estaba escrito.

La bestia del doctor, frente a los síntomas que le presentaba el flaco, quién había debido salido a correr durante la hora anterior a su llegada, para estar transpirado y agotado cuando el medico lo viera, le diagnosticó Apendicitis grave, y dijo que debían internarlo y operarlo de urgencia.

El falso enfermo palideció y comenzó a explicar que era todo una broma, pero Méndez, tuvo la presencia de ánimo para taparle la boca con el pañuelo que fingía secarle el sudor de la frente, y dijo al doctor: «no sea huevón hombre, ¿no ve que son los síntomas de un cólico renal?»

El médico se quedó con la boca abierta. Méndez le contó que su padre los había tenido, y que lo que correspondía era tener al enfermo inmóvil, tomando mucho liquido, y en caso de no desaparecer los síntomas ni los dolores en veinticuatro horas, se debía proceder a internar y tratamiento y, en una última instancia, a la extirpación del riñón.

El doctor aceptó el diagnóstico pero quiso que alguien se quedara al lado del enfermo, por si sus condiciones empeoraban. Méndez dijo que él se quedaría con su amigo y pidió el recetario con la diagnosis y los medicamentos que debían ir a comprarle. El medico, antes de partir, dejó el número donde podría ser buscado esa noche, y se marchó.

Al vuelo, llamaron por teléfono al jefe de la banda. Cuando éste llegó a la casa del flaco, Méndez se escondió en el baño. Con voz entrecortada el flaco explicó su situación y dijo que por fortuna estaba con él un amigo contrabajista que iría al parque en su lugar, con su contrabajo, así podrían verificar las piezas que tocarían.

Estaba oscuro. La luna aún no aparecía cuando Méndez llegó al parque, fumando con total tranquilidad y arrastrando el contrabajo. El jefe de la banda se quedó como quién ve una aparición. Sólo atino a balbucear: «Méndez, ¿vos sabés tocar el contrabajo?»

A lo que el Gordo impasible contestó: «Claro, estudié diez años en el conservatorio provincial».

«¿Y conocés el repertorio que vamos a tocar?»  

«Voy siempre a escuchar al flaco cuando ensaya. La primera que tocan hace du dum di da daa ti ti dum di cha cha, pausa de tres, qui ti ti tum ba da, no?»

«Sí» dijo algo sorprendido el jefe.
«Y en la segunda, luego de la batería y del primer giro de sax entro con di ri di dum ta, pausita de uno, chi chi pa tu tum tum tum, un dos, tres y ta ri tum ta »
            
Con ojos desorbitados y la boca desencajada por el asombro el jefe respondió: «sí». Así Méndez les descubrió con la boca, de modo impecable, la mayoría de las piezas. Luego agregó: «conozco todas las de Charly Mingus»      

Ante semejante prueba, no tenían más remedio que creerle. Era tarde, y querían ahorrase el papelón de cancelar su presentación. Además, ninguno había cenado, previendo la comida y la bebida gratis en la fiesta.

Llegaron al hotel. El jefe de la banda mostró los cinco pases y los hicieron entrar. Había una mesa reservada para ellos, los artistas. Allí estaban ya Los Huayras y los mariachis, llegados todos en perfecto horario, y con el mismo objetivo de arremeter con las bebidas y los sándwiches, empanadas, tamales, chips y todo cuanto le pusieran delante de las narices.

Los músicos, acostumbrados a la frugalidad, devoraban todo rápido, temiendo que luego no quedara nada para ellos. Méndez tenía más clase. Era gordo, inmenso, y sabía comer con parsimonia, pero con un ritmo de adagio interminable. Como un tanque de guerra que sube y baja lentamente entre bosques y colinas, el gordo comía de manera pausada e inexorable, mientras escrutaba las mesas que recién empezaban a llenarse de invitados.

Al cabo de una hora, cuando sus compañeros ya no podían más de comer, con excepción del jefe de los mariachis que se había traído una ollita donde guardaba su comida para luego, porque, poseído por la misión de destrozar la tradición musical mexicana, decía que no podía cantar con el estómago lleno, Méndez seguía engullendo empanadas y devorando la puerta.

Entonces entró ella. Hermosa, vestida de negro, con tacones y una falda amplia que no le llegaba a las rodillas, su espalda, completamente desnuda, una chalina lavanda alrededor del cuello, que hacía juego con los zapatos, su cartera y hasta sus labios y uñas, pintados del mismo color.
Se sentó en su mesa, rodeada de cuatro amigas que habían entrado con ella. El jefe de la Marshallis comentó: «con ese color de labios, la señorita parece la novia de Drácula»

Méndez lo fulminó como sólo los gordos pueden hacerlo. No con la mirada, sino con todo su cuerpo. Se inclinó hacia delante levantando su enorme culo algunos centímetros de la silla y le dijo con una voz que parecía salida del fondo de la tierra: «usted entiende de jazz, pero de mujeres no sabe un carajo.

Esa mujer es hermosa y el color de sus labios no puede ser otro. Y sí fuera la novia de Drácula, ese huevón del conde podría decirse el hombre más feliz de la Tierra», y mirándolo fijo al otro, dio un mordisco brutal al sándwich que tenía en la mano, cortándolo de un tajo, como un samurai corta una cabeza. El jefe no respondió.
Percibió un gran peligro escondido en el mastodonte que tenía enfrente, a diez centímetros de su cara.

«En efecto, es muy hermosa», replicó para calmar las aguas.

Y Méndez volvió a sentarse: «como el sol, no hay otra igual», dijo aliviado.

La posición que ocupaban era ideal. Estaban en una esquina del salón, poco iluminada y el gordo podía observarla sin ser notado por su amada, cosa que también hubiera ocurrido si se hubiera sentado bajo un reflector delante de ella.

En la mesa de la niña había ocho amigas y dos jóvenes del lado opuesto, que ocupaban toda su atención.

Eso tranquilizó a Méndez, porque no corría el riego de verla abrazada con ningún huevón de los que a menudo la acompañaban cada sábado en el Abasto.

Y continuó embelesado, observándola, colmando sus ojos con ella, mientras llenaba la panza de comida.

Comenzó el show y todo marchaba según lo previamente pautado. Arrancaron Los Huayras, desenterrando los primeros aplausos de la noche con zambas y chacareras e indiferencia general en bailecitos, huaynos o cuecas, por un lado, porque los se ocupaban sobre todo de comer lo que les daban, y además se sabían de memoria el repertorio, y por otro, porque tenían la actitud típica del criollo frente a la música nativa: una feroz indiferencia enmascarada de interés porque esa música «es lo nuestro», pero «lo nuestro» era en realidad de aquellos a los que sus antepasados habían usurpado tierras y derechos, hasta que los siglos y la mezcla racial habían terminado de crear esa especie de hibrido que conformaba la clase media alta local: condescendiente, amable y veladamente racista.

Luego llegaron los mariachis de México, amor azul profundo, que apabullaron a la concurrencia con sus corridos mexicanos.

Corridos que si hubieran sido ejecutados frente al mismísimo Pancho Villa, los hubiera hecho acabar ahorcados en la plaza, sin pantalones, para que don Pancho pudiera ver, encantado, como eyaculaban los desafinados.

La madre de ella, emocionada hasta las lágrimas, se alzó y pidió su canción favorita. El marido sonrió con melancolía porque nunca le había confesado que en esa serenata con que la conquistó, era otro el que cantaba, escondido bajo el balcón, mientras el movía los labios.

Y cuando, centenares de veces al cabo de veinticinco años de matrimonio su mujer le rogaba que le cantara la canción, el respondía: «no nunca podría cantarla como aquella vez».

Entonces, desencantada ella le decía: «¿no me quieres más como entonces?», a lo que él, ya acostumbrado a sus planteos, respondía: «si que te quiero», y era cierto, «pero aquella vez me jugaba la vida». Y su esposa aceptaba sonriendo y recordando una vida matrimonial que sin ser demasiado feliz, no había sido desdichada ni desastrosa, se quedaba creyendo que la vida que él, un Paz Posse, se había jugado por ella, le había dado ese tono vibrante en la voz, mientras que el marido se refería a lo que su futura esposa de entonces, podría haberle hecho, si hubiera sabido que detestaba los corridos mexicanos y que aquella noche, en su balcón,  se había limitado sólo a mover la boca.

Pero si el canto de amor nunca había existido, al menos había sido cierta la ficción, y los ensayos realizados con el amigo mexicano que canto oculto, bajo el zaguán. De modo que el esfuerzo y el engaño demostraban en el fondo, mayor pasión y ternura que la que hubiera surgido de un talento natural, si él hubiera sabido y amado cantar corridos mexicanos.

Pero a pesar del entusiasmo de la señora, la función de los mariachis no duró mucho, sea porque los invitados comenzaron a dar muestras de impaciencia, compartida por el anfitrión y agasajado de la noche, sea porque el solista, el jefe de tránsito, transportado por su sentimiento, acompañó la caída libre que ejecutaba en el pentagrama, enredándose en el cable del micrófono y dándose un porrazo de puta madre cuando quiso saltar imitando el galope del caballo, con que el protagonista de su canción corría a salvar de algún peligro inminente a su enamorada.

Así, ese desliz ofreció al dueño de la fiesta la excusa para alzarse de su mesa, agradecer efusivamente a los mariachis que habían quedado de pie, y, antes que el energúmeno solista pudiera desenredarse del cable y retomar el control del micrófono, anunció a la concurrencia que ahora, iban a escuchar a la Marshallis Jazz Band.

Todos aplaudieron, sin entender bien si batían palmas por la retirada de los forajidos mexicanos o la entrada de los jazzistas.

A Méndez se le subió el corazón a la boca. Se alzó junto a sus compañeros, levantó su contrabajo y fue cerrando la fila india que formaban los otros, casi sin aire hasta el estrado.

En ese momento, ella lo vio. Quedó con la boca abierta, casi sin poder creer que fuera Méndez quién abría el estuche y sacara un contrabajo y no un plato de hamburguesas, tamales o empanadas, por ejemplo.

Ella lo había visto siempre comer, y sonreírle tímidamente, y nuca había imaginado que el gordo Méndez hubiera podido hacer otra cosa sino esperar el almuerzo, y luego del almuerzo, esperar la hora de la cena.

Luego, cuando vio el contrabajo en los brazos del gordo tuvo un ataque de risa porque era cómo si Méndez estuviera frente a un espejo de madera. Coincidían los volúmenes y la forma. Ella aplaudió a rabiar, divertida, y el gordo, desde el estrado escuchó su risa cristalina y se dio vuelta.
La vio de pie, con lágrimas en los ojos, aplaudiéndolo. Creyó que las lágrimas eran de emoción y no de risa, y le hizo una pequeñísima reverencia. Ella lo saludó con la servilleta y por un segundo Méndez fue el hombre más feliz de la Tierra.

Pero luego debía resolver problemas más urgentes, y hasta graves, para que su presentación como jazzista no terminara en forma aún más bochornosa que la del desgraciado mariachi.

El primer problema consistía en que debía colocarse a la izquierda de los demás compañeros para poder darles la espalda y fingir con la boca lo que con los dedos no sabía. Pero el baterista se estaba instalando en dicho lugar. Se acercó y le dijo: «hermano este es mi puesto».

«No» dijo el baterista, «si me pongo en el medio no vas a escuchar el piano, y te vas a salir de tempo». Y Méndez: «mi lugar es la izquierda, o ahí o me voy».

El baterista se consultó con el jefe, quien se acercó a Méndez y le dijo: «Gordo, vos vas al medio, no jodás. El baterista en el centro no nos permite escucharnos». Méndez no sabía que hacer. Si se marchaba el papelón era absoluto, no sólo para él, sino para toda la banda, amén de lo que le ocurriría al flaco con su falso cólico renal, al día siguiente, por haberlo recomendado. Aceptó, y mientras se acomodaba en un lugar no previsto, su mente viajaba a la velocidad de la luz para encontrar una solución.

«Tengo que destruir el contrabajo», pensó, y tuvo una idea. «Voy a mear», dijo, «vayan acordando».

En vez de ir al baño, fue al mesón del técnico de iluminación, y le pidió un alicate de esos que sirven para cortar cables. «Al ratito te lo devuelvo, hermano», y volvió sonriente al escenario.

Comenzaron el primer número.

El gordo se había puesto lo más atrás posible, y mientras el piano iniciaba, calculó lo que podía llegar a costarle un contrabajo nuevo para el flaco si lo que tenía pensado hacer lo destruía demasiado. Tal vez un año de trabajo.

El gordo cerró los ojos: «es el precio del amor», se dijo. Dos frases antes de su ingreso con el du dum di da daa ti ti dum di cha cha, etcétera, Méndez dio un puntapié al trípode que sostenía al contrabajo y fingiendo sujetarlo mientras caía le tronchó la cuerda grave con el alicate, luego lo dejó desplomarse a un costado del escenario.

El estruendo fue escalofriantemente considerable y los músicos sin detenerse se miraron con terror. Estaban por parar la música cuando el gordo se adelantó y los miró con furia, «sigan, carajo», les ordenó. Y comenzó con su boca a hacer su acompañamiento de bajista de luto.

El público se quedó con la boca abierta.
Habían visto en una sola noche, a un desorejado mariachi hacerse polvo a caballo de un micrófono, y ahora, no sólo habían asistido al vuelo de un contrabajo sino que presenciaban a otro, de carne y grasa, alto, imponente, hacer con la boca lo que debían haber hecho sus manos en las cuerdas.

El gordo lo hacía muy bien y el auditorio escuchó en silencio. Cuando acabaron el primer número, todos aplaudieron la presencia de ánimo de un artista capaz de imitar su instrumento perdido. Méndez se descubrió un coraje único. Sabía que la condescendencia del público se transformaría en fastidio si no tomaba en puño la situación. Y alzó sus manos para detener los aplausos. Cuando todos callaron se dirigió al padre de su amada: «¿conoce a Charly Mingus?», le preguntó.

El otro, sorprendido, atinó sólo a responder: «es mi preferido». «Bien», dijo Méndez, «para usted entonces, le dedico esta imitación», y dándose vuelta dijo a sus estupefactos compañeros con voz cavernosa «síganme, como  carajo puedan».
Y se alzó en un solo de contrabajo del gran Mingus, hecho con la boca, mientras su cuerpo de hipopótamo se balanceaba ágil y feroz con el ritmo que su garganta creaba. El silencio del auditorio era absoluto. Méndez oyó sólo un quejido cristalino y supo de donde provenía. Al ratito, toda la banda lo acompañaba tímidamente, pero en forma eficaz. El jefe, saxofonista, hizo una variación sobre el tema a la que Méndez respondió con otra, hasta que el baterista, no quiso ser menos y junto con el pianista, entraron con un breve solo de un par de minutos.

Finalmente, se agregó la guitarra acústica, y comenzaron a sonar los cinco como en las grandes épocas del gran Mingus. Cuando acabaron, la ovación fue gigantesca. El gordo oficiaba ya de jefe, y luego de haber imitado otras piezas de Mingus, igualmente ovacionadas, hizo callar nuevamente los aplausos y dijo: «ustedes saben, el jazz nació con otros instrumentos hasta que encontró en los que aquí ven, los adecuados. Mi contrabajo se ha dañado. Ahora me van a permitir acompañar a mis compañeros sólo con mi boca», y con falsa modestia, en medio de los aplausos, se retiró hacia el fondo.

Nuevamente, se alzaron en pie para aplaudirlo. El resto de la banda estaba entre perplejo y admirado, y no atinaban a comenzar. Méndez les susurró: «vamos huevones, empiecen antes que el ambiente se enfríe».

Así, desde el fondo del escenario, mientras imitaba el bajo de las insulsas músicas de su banda, trataba de localizar el contrabajo caído y de verificar los daños. Veía sólo un agujero en la caja, pero no había suficiente luz así que tuvo que esperar a que acabaran el repertorio.

Hacia el final, el anfitrión de la fiesta, el padre de su amada, se acercó y les dijo: «muchachos, repitan el número con el señor obeso de solista». Nuevamente el gordo estuvo en el centro de la atención de todos, y nuevamente, lo ovacionaron. Mientras lo aplaudían, la vio a ella, parada en la silla, batiendo palmas y gritando, y el gordo se dijo: «si me muriera ahora, hubiera sido feliz hasta el final».

Acabaron. Saludó a sus compañeros todavía sorprendidos y les pidió disculpas. El jefe de la banda le rogó que fuera a ensayar con ellos para preparar un repertorio que contemplara sus pulmones de elefante, y el gordo le dijo que lo pensaría. Bajó del estrado y recogió lo que quedaba del contrabajo del flaco. Además del agujero en la caja y la cuerda rota, tenía el mago quebrado y una rajadura en la parte delantera. «Estoy jodido, es insalvable, me jugué un año de sueldo», pensó.

En ese momento se acercó el padre de ella, y lo vio, sentado, frente a los restos de su contrabajo, agarrándose la frente con la mano izquierda, mientras que en la derecha sostenía, como el cetro de un pobre, el mango de su instrumento. El hombre se conmovió. No sólo porque comprendía lo que significa para un músico perder su instrumento, sino, porque sólo en Nueva York, se había divertido tanto en una jam session como lo había hecho esa noche, gracias a ese paquidérmico contrabajista.
«¿Cuánto vale su contrabajo?, le preguntó, casi susurrando.

«Demasiado señor, demasiado», le respondió Méndez. El hombre sacó su billetera y le alcanzó un manojo de dólares. «Tenga, quizás no es todo lo que necesita, pero sí, una buena parte», le dijo.

«No puedo aceptarlo señor, fue mi culpa, por torpeza, fijé mal el trípode», dijo el gordo. «No joda», respondió el otro, y él mismo le colocó el manojo en el bolsillo del saco, por debajo del pañuelo lavanda, y agregó: «regreso a San Miguel, dos o tres veces al año, lo buscaré si hace eso con la boca, imagino lo que podrá hacer con el contrabajo». Méndez palideció, pero sonrió y dijo: «lo lamento señor, ya habrá oportunidad que escuche como toco. Gracias por su regalo». Se abrazaron.

Méndez recogió los restos del contrabajo, los acomodó adentro del estuche, y antes de irse tuvo que atravesar el salón para devolver el alicate al técnico de iluminación. Ella lo vio pasar, y cuando él regresaba, se acercó y le dijo: «Gordo, quiero preguntarte algo, pero no aquí, te espero a la salida».

A Méndez le temblaron las rodillas, le castañetearon los dientes, y el corazón se le puso a galopar. «Ahora voy», le dijo, «recojo mi contrabajo y llego».
Eran las dos de la mañana. Méndez salió al aire y a la noche temblando. Ella lo esperaba cerca de la puerta. Caminaron veinte metros, ella se detuvo y lo miro con curiosidad: «Gordo, ¿por qué pateaste el contrabajo?»

«¿Cómo?», musitó Méndez, «¿qué yo pateé qué cosa?»

«No seas zonzo Gordo, yo te estaba mirando, vos le diste una patada,  ¿por qué?».

El gordo se quedó callado. Luego se miró el pañuelo lavanda y le dijo, con su voz de bajo que temblaba como una margarita debajo de la tormenta: «¿Ves mi pañuelo?, es de color lavanda, como tus zapatos, como mi corbata, el lazo de tu pelo, mi faja, tu chalina, tus labios y tus uñas ¿por qué?»

«No sé, casualidad», dijo ella. «No, no fue una casualidad. Yo no sabía como ibas a venir vestida. Pero adiviné y traje los colores que vos has elegido. Yo nunca supe tocar el contrabajo, no se lo digas nunca a tu padre, y si vine a la fiesta fue sólo para verte, y te vi, y aunque me cueste un huevo comprarle el contrabajo al que me lo prestó, valió la pena, porque te vi. Claro que valió la pena».

Ella se quedó sin aliento. El gordo alzó su mano y le dio dos palmadas en las mejillas. «Adiós hermosa, volvé a tu fiesta», le dijo. Se dio media vuelta y comenzó a irse.

Entonces ella corrió detrás de él y gritó: «Méndez», el gordo se dio vuelta. Ella le vio los ojos rojos, cargados de lágrimas, y algo parecido al amor, pero sintió que una mezcla de halago y piedad se le trepó por la garganta. Alzó sus brazos, y él debió inclinarse para que pudiera abrazarlo, y darle un beso en la mejilla.

Ella le lleno de besos chiquitos la cara, lo soltó y le dijo: «estuviste fantástico Gordo, ay, si fueras más flaco», dio media vuelta y se fue a la carrera.

Méndez pasó por Los Tuercas, y retiró su pedido. Llegó al parque, se sentó en un banco, y encendió un Parissienne. Fumó con el corazón rebosante, sintiendo todavía la tibieza de sus besos, mientras pasaban estrellas.

«Mañana le llevo esta guita al flaco, para hacer arreglar el contrabajo, hasta que pueda comprar otro. Pero cada vez que el viejo de ella regrese, tendré que viajar o esconderme, para que no descubra la verdad», pensó.

Suspiró, inclinó la cabeza y se observó con cuidado la barriga, los toneles de las piernas, los rollos en los costados, se tocó el cuello de toro, se cubrió el rostro con las manos mofletudas. Luego, abrió el estuche del contrabajo, y sacó una botella de vino tinto, previamente abierta en la fiesta, abrió el paquete de Los Tuercas, y sacó cuatro sándwiches de milanesa súper-tuercas.

Todo lo había encargado temprano porque sabía que a las dos y media de la mañana no iba a poder más del hambre. Se dijo: «si yo fuera flaco, Dios mío, es tan hermosa, pero está loca», y comenzó a devorar sin prisa pero sin pausa, antes que se enfriaran sus milanesas.

San Miguel de Tucumán,
Tormenta de Verano de 2005.

(*) Extraído de su libro inédito Allegro ma nom tropo.

IMAGEN

Flashes cotidianos 




Romina Cazón

ENSAYO


Los diez mandamientos de un escritor

                                   Por  Washington Daniel Gorosito Pérez


El poeta y novelista húngaro Stephen Vizinczey nos presenta un decálogo que surgiera como respuesta a un ruego, según sus propias palabras de Raymond Lamont, quien era director de Writers´ Montly, y le pidió algo “lleno de consejos sensatos y prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de escribir”. Posteriormente este texto integró como prólogo, su libro “Verdad y mentiras en la literatura”, dedicado a la rigurosa crítica literaria. A continuación comparto los 10 mandamientos del escritor esperando sean motivo de reflexión.

1. No beberás, ni fumarás ni te drogarás.
Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.

2. No tendrás costumbres caras.
Un escritor nace del talento y del tiempo…tiempo para observar, pensar, estudiar. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales. Es cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de personas con hábitos caros son propensas a fracasar como escritores.
A la edad de veinticuatro años, tras la derrota de la Revolución húngara, me encontré en Canadá con unas cincuenta palabras de inglés. Cuando me di cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés. Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura.
No pudiese haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches… en realidad, si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos. Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o vendedores para ahorrar dinero y crearse una “base financiera” antes de intentar ganarse la vida escribiendo, uno de ellos posee ahora toda una cadena de restaurantes y es más rico de lo que yo pueda llegar a ser en mi vida, pero ni él ni los otros volvieron a escribir. Es preciso decidir que es más importante para uno: vivir bien o escribir bien. No has de atormentarte con ambiciones contradictorias.

3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.
No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.
Nunca me siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en mi imaginación y creo saber que han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.
Una vez escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de lo escrito es: a) confuso o b) inexacto o c) tedioso o d) sencillamente no puede ser verídico. Así utilizo el borrador mecanografiado como una especie de informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.
Fue este modo de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal problema no era la lengua sino, como siempre, el ordenar las cosas en mi cabeza.

4. No serás vanidoso.
La mayor parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados de justificarse a sí mismos. Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es muy aburrido para los extraños. Si crees ser, sabio, racional y bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias. No te conoces a ti mismo lo suficiente para escribir.
Dejé de tomarme en serio a la edad de veintisiete años y desde entonces me he considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo modo que se utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes, hombres y mujeres, buenos y malos, están hechos de mí mismo más la observación.

5. No serás modesto.
La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.

6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes.
“Las obras del genio están regadas por sus lágrimas”, escribió Balzac en ilusiones perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones…tales son los principales sucesos en la mayoría de los grandes artistas, y si aspiras a compartir su destino, debes fortalecerte aprendiendo de ellos.
Yo me he animado con frecuencia al leer el primer volumen de la autobiografía de Graham Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he tenido ocasión de visitarlo en Antibes, donde vive en un pequeño apartamento de dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros. Parece tener pocas necesidades materiales y estoy seguro de que esto tiene algo que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha escrito sus “entrenamientos” por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para un escritor de costumbres espartanas.
Ninguno de nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres, pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay que evitar, sin embargo, las biografías, en especial las que han sido convertidas en películas o series de televisión. Casi todo los que nos llega sobre los artistas a través de los medios de información es pura palabrería, escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen ni la menor idea del arte ni del trabajo duro. El ejemplo más reciente es Amadeus, que intenta convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una mediocridad como Salieri.
Hay que leer, en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la vida del escritor, yo recomendaría, Una habitación propia de Virginia Wolf, el prefacio de La dama morena de los sonetos de Shaw, Martín Eden de Jack London y, sobre todo, Ilusiones perdidas de Balzac.

7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
En mi adolescencia estudié para ser director de orquesta y de mi educación Musical adopté una costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de cierta categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos.
Un violinista que poseyera la pericia técnica de la mayor parte de los novelistas publicados, no encontraría nunca una orquesta donde tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros para desarrollar un tema, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se puede aprender todo lo que hay que aprender, sobre la técnica.
No se debe cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo. Es mucho más útil, leer una y otra vez unas cuantas grandes novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su estructura qué la hace dramática y qué le presta ritmo impulso. Sus variaciones en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos páginas y luego cubre dos años con una frase… ¿por qué? Cuando hayas comprendido esto, sabrás realmente algo.
Cada escritor elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot escribió demasiado sobre demasiado poco.
Cuando te sientas tentado de escribir cosas superfluas, deberás leer los relatos de Heinrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al año releo algunas obras de Pushkin, Gógol, Tolstoí, Dostoievski, Stendhal y Balzac.
A mi juicio Kleist y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros de la prosa, una constelación de genios no superados como los que encontramos en la música de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de ellos. Ésta es mi “técnica”.

8. Adorarás Londres/Nueva York/París.
Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de información tienen, sobre el arte, alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a imbéciles que sólo tienen talento para medrar.
Aunque vivas en el quinto infierno, no hay razón para sentirse aislado. Si posees una buena colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los farsantes de la cultura que marcan el tono de las grandes ciudades. Conozco a un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstói y además está orgulloso de ello. No hay que perder el tiempo, por lo tanto, preocupándote por lo que está de moda, el tema idóneo, el estilo idóneo, o que clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en literatura lo ha conseguido en sus propios términos.

9. Escribirás para complacerte a ti mismo.

Ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero. Los dramaturgos, con ayuda de los actores, pueden extender su mensaje hasta más allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años leí en los periódicos estadounidenses las críticas más condescendientes de Medida por medida… la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?
Esto significa que no vale la pena esforzarte por interesarte en algo que te resulta aburrido. Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No sentía el menos interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac experimentaba hacia ellos con un apasionado interés, que consiguió comunicarme mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista. Mis esfuerzos estaban condenados y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que me había propuesto escribir en primer lugar.
Ahora sólo escribo sobre lo que me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no puedo dejar de pensar es mi tema. Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión, y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos que me hayan escandalizado/intrigado/divertido/deleitado a mí mismo o a otros.
No es fácil, por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa: a todos nos gustaría ser considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la tentación, y cando lees lo que has escrito, siempre debes preguntarte: “¿Me interesa de verdad eso?” Si te complaces a ti mismo, a tu yo verdadero, no a un concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se preocupan por los niños hambrientos de África, tienes la posibilidad de escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El best-seller más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos.

10. Serás difícil de complacer.
La mayoría de los libros nuevos que leo se me antojan medios terminados. El escritor se contentó con hacer su trabajo más o menos bien y luego pasó a algo nuevo. Para mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como un autor que como lector, y por muchas veces que rescribiera originalmente el capítulo, todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o superfluos. De hecho, encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente, pueden eliminarse.
En este punto cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de memoria, lo recito palabra por palabra a cualquier dispuesto a escuchar, y si no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es buen crítico.

IGUANAZUL

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