UN POCO DE:
El español sobrevivirá al futuro
“Gente de Cervantes: historia humana del idioma español”.
En el futuro, el español será de los únicos tres idiomas más hablados del mundo, junto con el chino y el inglés, vaticina Lodares en su libro “Gente de Cervantes” (Taurus, 2001). De manera anecdótica y amena, expone que, a pesar del bajo nivel de vida que ostentan la mayor parte de los hispanoparlantes, este idioma ha cobrado importancia como unificador de todo tipo de transacciones económicas, comerciales, sociales y culturales en el mundo.
Lodares presenta una historia, como su título lo dice, humana del idioma español. Yo, que tenía vaga noción de la historia del idioma español, de su situación en el presente en relación con otros idiomas y de sus retos a futuro, tuve acceso de manera cordial y humorística a las bases históricas, políticas y culturales del conocimiento y comprensión de mi idioma en el extenso territorio que actualmente abarca.
Está dividido en tres partes. La primera, que va desde el descubrimiento de América por “un marino genovés” hasta la independencia de las colonias españolas, relata lo sucedido con las colonias, emigraciones, políticas públicas educativas y el desenvolvimiento del idioma relacionándolo con la evolución económica de América frente al mundo y el de España frente al resto de Europa. La segunda parte trata del estado actual del idioma frente al resto, las variantes existentes en el mundo y su historia. La tercera parte narra la historia del castellano en la península ibérica desde el S. XII, la integración de los usos dialectales y el impacto de las invasiones sufridas: la romana y la árabe-musulmana.
El enfoque de la expansión del idioma en Lodares es contrario a quienes ven como catastrófica y negativa la desaparición de los dialectos con menor número de hablantes. Observa ese fenómeno como algo natural, necesario para la creciente integración de los humanos.
El autor deriva de diversas circunstancias el hecho de que un idioma permanezca o no en el cotidiano; la necesidad manifiesta de un lenguaje común para hacer negocios entre personas de diversas culturas, la voluntad manifiesta de la clase dominante de preservar o no un uso lingüístico, el aislamiento de comunidades hablantes y la fortaleza económica de o los países hablantes. Si no sirve para sobrevivir, dice, se pierde. De ahí que vaticine la constante pérdida de casi todos los más de tres mil idiomas existentes en el mundo, pues las transacciones económicas y comunicacionales, propiciadas por la globalización, demandan cada vez menos idiomas comunes que faciliten el entendimiento a través de las fronteras.
Para aquellos que vemos como una pérdida irreparable para la cultura humana el que cada vez más los grupos indígenas del mundo dejen de hablar su lengua originaria y acudan a las dominantes –español, francés, inglés, alemán- para interrelacionarse con el mundo, Lodares lo ve como una transición necesaria para que precisamente esos grupos eleven su nivel de vida, se integren a la sociedad en condiciones igualitarias y tengan mayor capacidad de mejorar su nivel de vida. De la preservación en cajas de cristal de numerosas lenguas indígenas, plantea que a sus hablantes se les coloca en una gran desventaja social si no adquieren la lengua dominante desde pequeños. Este proceso, apoyado por las escuelas bilingües como las existentes en nuestro país, más se ha dado de manera “natural” que inducido, al emigrar estos grupos a las grandes ciudades.
Lodares explica cómo fue la evangelización de los misioneros venidos de España durante la colonia americana, la que preservó en su propia lengua a gran parte de la población indígena de las colonias: fue más fácil que los misioneros aprendieran el lenguaje indígena y evangelizarlos en ella, que enseñar a los grupos originarios el español y además la nueva religión. Es interesante la acotación de que fueron los misioneros los impulsores del aprendizaje de tres idiomas indígenas en diversas partes de América entre los mismos indígenas: náhuatl, maya y quechua.
Apunta que el español posee soberanas ventajas frente a otras lenguas globales: se escribe como se pronuncia, posee una rica tradición literaria que se remonta al siglo XIV y está abonado por culturas de muy variada raíz, tanto desde su natal Castilla como en su propagación por las colonias americanas.
El idioma español presenta retos de gran magnitud: es importante modernizarlo para convertirlo en útil herramienta de las ciencias, pues ahora el idioma universal de éstas es el inglés. Hay toda una serie de nuevos vocablos científicos, producto del avance impresionante de las ciencias, que no tienen definición específica en español.
Advierte además que falta mucha promoción de la enseñanza del idioma español en el mundo no hispanoparlante, en donde la demanda supera con creces a la oferta. Incluso puede llegar a ser un fructífero negocio: por ejemplo, la enseñanza del inglés, indica, representa para Inglaterra la quinta fuente de ingresos económicos. En ese sentido, ha hecho falta visión para desarrollarlo como una industria sin chimeneas.
Algo parecido ha sucedido con la industria editorial. Lodares acota cómo en el siglo XIX, Francia se dedicó a realizar impresiones en español para satisfacer la demanda editorial de América. Y otro tanto hizo Estados Unidos de América en ese siglo y en el XX, dada la relativa escasez de ediciones por los propios hispanoparlantes.
Mientras valoremos poco la riqueza y la historia de nuestro idioma otros países seguirán cubriendo nuestras necesidades futuras de comunicación. El nuestro es un idioma con futuro.
Anna Georgina St.Clair
Propiedad de
Administrador
NARRATIVA
Concierto de
jazz (*)
Estoy
aquí abajo para tocar música, para interpretarla, y es lo que hago. Es todo lo que quiero
hacer, y lo hago. Podría hacer un montón de cosas, pero lo fundamental, lo que
me gusta, lo que está antes que todo, hasta respirar, es la música.
Charly Mingus,
Sobre jazz y otras notas
A Elvirita H.,
por tanto cariño y comprensión,
cotidianos
El padre de ella daba una fiesta.
Había alquilado el Hotel Tucumán Center. El hombre trabajaba en Estados Unidos
y de vez en cuando regresaba a San Miguel. También de vez en cuando le venían
ganas de hacer notar lo bien que le iba. Entonces festejaba tomando como motivo
algún pretexto cualquiera. En este caso, el pretexto era importante. Al menos
para él. Cumplía cincuenta años.
Se repartieron invitaciones. Ella tuvo
el permiso de invitar a diez amigos solamente, porque el padre era Paz Posse, y
era rico, pero no tanto como para pagar todo a más de cien personas. Entre
personalidades y viejos amigos de parranda, él había invitado a sesenta.
Treinta su amada esposa, y ella, la consentida, mimada, única heredera, sólo
diez.
Estaba furiosa. Tenía muchos amigos y
amigas y debía seleccionar. Había hecho una lista inicial de ciento cincuenta,
y Méndez, obviamente, ocupaba el número ciento once. A pesar de que ella empezó
a pensar en él cuando iba por el número veintidós. El gordo la divertía, pero
era tan tímido, y tan gordo.
Figurarse, ella, que soñaba con
encontrarse un día con un tipo estilo Al Pacino, no podía imaginarse los desvelos,
ni de las pizzas que el gordo había engullido rumiando su nombre y su figura.
Así que relegado al número ciento once, el gordo no tenía posibilidad ninguna,
a menos de llegar a conocer la lista, y hacer una matanza de los inocentes
-huevones diría él- que lo precedían.
Méndez supo de la fiesta una semana
antes, por una -la única- amiga común que tenían y que había sido invitada, no
por ella, sino por ser pariente del gerente del hotel donde se festejaba.
En otras circunstancias, Méndez, se
hubiera resignado a transcurrir la velada de la fiesta en la esquina del Hotel,
escuchando la algarabía y la música, hasta que la angustia le despertara el
hambre y éste lo a terminar la noche en Los Tuercas, engullendo solito una
pizza supertuerca, de dieciséis porciones, tamaño familiar, con jamón, y
ananás, morrones, huevo, y toneladas de muzzarella.
Pero además, diez hamburguesas
completas, con lechuga, tomate, jamón, queso y huevo, que Alejo, el
propietario, tenía siempre listas para cuando el Gordo Méndez fuera allí a
empachar sus penas, más una botella de cerveza negra y litros de coca-cola,
tomados con su paquidérmica cabeza apoyada en el hombro de Alejo, el único que
conocía su pena de amor y le hacía compañía cuando la desesperación lo vencía.
Pero aquella vez, el gordo estaba en
uno de sus períodos de enamoramiento brutal, y no se resignaba a pasar la noche
del sábado sin verla.
La amaba desde siempre, desde aquella
primera vez que se la presentaron en una exposición de Dalí en el Centro
Cultural Virla; nunca se lo había dicho, y jamás juntaría el coraje para
contárselo.
Pero desde hacía un par de años, iba
católicamente al Abasto a las once de la noche, todos los sábados. Ella llegaba
siempre a las once y media. Bailaba por una hora sólo con sus amigas. Los
huevones que a ella le gustaban, llegaban entre las doce y la una.
Méndez se iba antes que unos de esos
chetos, a los que sus neuronas no les reportaban que existían la sacaran a
bailar, para no verla en los brazos de otro, a pesar de que sólo bailarán
sueltos.
Los bailes lentos y agarrados recién
comenzaban después de las cuatro, hora en la que ella iba en camino a su casa,
y Méndez estaba en el patio de la suya, evocando a su amada entre los canelones
con salsa y albóndigas arrancados del invernal bastón donde apoyaba su corazón:
la heladera.
Acostado en su cama, el domingo a
medianoche, desvelado, con un plato de pollo con mayonesa y ensalada primavera
apoyado en la barriga, Méndez se dijo a sí mismo: «Voy como sea, sea como sea,
voy a la fiesta».
Haber tomado una decisión le dio
coraje, y aceleró el deshuese del pollo, se chupó los dedos y encendió el
enésimo Parissienne con la mente fija en lo esencial: «¿cómo carajo entro?».
No había modo de colarse saltando la
tapia. Los ciento y pico de kilos de Méndez eran una barrera a dicha solución,
a pesar de que era ágil.
El problema no era el peso, sino el
volumen. Cualquiera notaría a una ballena tirándose de un trampolín, más aún a
Méndez trepando una tapia iluminada, en una noche de fiesta, con guardias
afuera, y cien invitados del otro lado. No, había que entrar legalmente.
El gordo descartó inmediatamente la
solución de hacerse contratar como parte del servicio de catering, porque una
cosa era estar en la fiesta, y otra servir vino y coca-cola a ella y a los
huevones que la rodeaban.
¿Cómo entrar?, ¿cómo verla esa puta
noche?; ¿cómo llegar al domingo con los ojos cansados de haberla visto,
mientras los boludos con quienes ella bailaba cada sábado en el Abasto, no
habían sido invitados y se morderían de envidia?
«No, no puedo ser parte del servicio
de catering, ¿qué puedo hacer para poder verla?»
Dos ideas se le cruzaron por la
cabeza: entrar como periodista o como artista. Lo de periodista era algo
bastante digno pero imposible: su amigo el Tano Álvarez García, que trabajaba
en La
Gaceta, no se ocupaba de crónicas sociales y mundanas, y con
la fotografía, el único contacto que había tenido el gordo había sido el de
cuatro fotos, en cuatro por cuatro, en blanco y negro contra fondo claro, para
renovar a los dieciocho años, su documento de identidad.
Artista, esa era la solución. Tenía
que pasar como músico de alguno de los conjuntos que animarían la fiesta. De
seguro que iría algún conjunto folcklórico, pero Méndez lo descartó enseguida,
porque ella, a pesar de que se desgañitará gritando y bailando cuando Los Tekis
tocaban en San Miguel, detestaba la música folcklórica. Había que colarse con
otro conjunto.
Méndez sabía que el padre de ella era
amante del jazz. Y en San Miguel, había varias bandas de aficionados, pero sólo
una buena, de la que conocía uno de sus integrantes: la «Marshallis Jazz Band».
Méndez adoraba el jazz, y no tenía
mala oreja. Imitaba con la boca lo mejor del repertorio de Mingus, y con los
pulmones que tenía, el punteado del contrabajo le salía perfecto. Así que
decidió que podía presentarse como contrabajista.
Había dos problemas que resolver: no
sabía tocar el contrabajo, y la
Marshallis Jazz Band
tenía ya su contrabajista. Méndez lo conocía.
Era un tipo flaco, porteño de origen,
empleado en una compañía de seguros, que había llegado de Buenos Aires detrás
de un par de faldas, que al poco tiempo, lo habían mandado a la mierda.
Pero la ciudad le había gustado,
porque había descubierto entre otras cosas, que: «después de la
General Paz, hay indios», era sólo un mito, y por eso se había
quedado a vivir en ella.
Como contrabajista era pésimo. Su
tendencia a deprimirse y a la melancolía se reflejaba en su sentido rítmico y
siempre terminaba, medio tiempo detrás de los demás. Lo que hacía que sus
compañeros del quinteto muy seguido desearan ser sólo cuatro, a pesar de
quererlo, porque era un buen tipo, melancólico como un tango de Piazzolla,
callado como un domingo de lluvia, arrastrando siempre su contrabajo a los
ensayos como se arrastra al partido del domingo a una esposa gorda.
Méndez había pasado varias noches con
él, haciendo con la boca los sonidos que inútilmente el otro trataba de
reproducir en su contrabajo. Y el taciturno aprendiz de jazzista lo admiraba al
gordo, a pesar de que el do bajo de Méndez, reproduciendo al contrabajo del
gran Mingus, tenía más aspecto de eructo de jabalí que ese son inquietante,
herencia de los negros.
Para poder ir a la fiesta, el gordo
debía lograr dos cosas: que el otro no fuera, y que los del quinteto aceptaran
que él lo suplantara sin objeciones.
Méndez era un tipo leal, y no podía
emborrachar a su amigo, o romperle un brazo, o secuestrarlo. Así que decidió
hablarle francamente. El lunes le contó todo. Todo.
Exagerando obviamente la parte que
ella tomaba en el asunto. Resumiendo, le dijo que quien se oponía entre ambos
no era ella, ni los huevones con los que iba al Abasto, ni sus kilos de más,
sino su padre.
Y que si dicho señor, amante del jazz,
lo veía tocar lo mejor de Mingus, Davis, Amstrong, Marshallis entre otros, en
el contrabajo, se le abrirían las puertas de su casa, y finalmente, podría
verla, no a escondidas, cosa harto difícil, dado su volumen, sino a la luz del
sol, o sea, de la lámpara del living de la casa de su amada y su vida cambiaría.
El resto de lo que dijo, era casi
verdad. Sus sentimientos por ellos. Los años que había pasado amándola a
escondidas. El flaco estaba conmovido. El también había amado con locura: se
había ido de Buenos Aires, siguiendo a una tucumana que ahora estaba casada con
un salteño de mucha guita, un Patrón Costa, y que vivían a la vuelta de su casa.
Nadie como él, que diariamente veía
pasar a su amor imposible yendo al centro, saludándolo con una sonrisa de
circunstancias, más adecuada a romper nueces que invitar al diálogo, cómo para
no entender al descorazonado de su amigo. Pero tenía una objeción: «Gordo, pero
si vos no sabes tocar el contrabajo».
Para Méndez, al punto en que se
encontraba, eso, era un problema secundario. «Lo toco con la boca, y con los
dedos, hago como si tocara». Nadie se daría cuenta.
El flaco accedió, pero el problema
eran ahora sus compañeros de grupo, nunca aceptarían a un falso contrabajista
de ciento veinte kilos.
Méndez encontró la solución. El flaco
debía inventar un cólico unas dos horas antes de ir a la fiesta, y proponer a
Méndez como la única solución posible. Así lo hicieron.
Pasaron la semana ensayando los falsos
movimientos de los dedos en el contrabajo, y el repertorio de la banda. El
sábado, Méndez llegó a la casa del flaco vestido con un elegante terno negro,
-«me adelgaza, ¿no es cierto?», corbata lavanda, pañuelo lavanda en el
bolsillo, y oliendo a Carolina Herrera for Men, porque alguna vez la había
escuchado comentar que la enloquecía.
Parecía un huevo de pascua en luto. La
cita con el grupo era en el Parque 9 de Julio, a quinientos metros del hotel,
para así entrar todos juntos.
El jefe de la banda tenía cinco pases.
Micrófonos y luces ya estaban instalados y compartirían el escenario con un
grupo folcklórico, «Los Huayras», buenos muchachos que cobraban poco con el fin
de promocionarse y poder llegar al festival de Cosquín que era su real objetivo.
La otra banda invitada era «México,
amor azul profundo», una banda de mariachis, que tocaban corridos mexicanos,
cuyo solista, oficial de tránsito, era capaz de hacer terminar cualquier
canción, de cualquier tonalidad que fuera, en sí bemol, la nota donde la voz le
salía mejor y le vibraba.
Su orquesta, todos integrantes del
Departamento de Tránsito de la provincia, estaban acostumbrados a la obediencia
y se sabían de memoria los lugares del repertorio donde su jefe se deslizaba en
caída libre por el pentagrama hasta acabar en su nota preferida, de modo que
más que una vulgar pandilla de desentonados, la orquesta de mariachis se había
convertido en maestros de modulación en grado de dar lecciones al mismísimo
Debussy.
La presencia de dichos energúmenos se
debía a que el padre de ella, enamoró a su madre cantándole un corrido mexicano
debajo de la ventana, y la señora, muy romántica a pesar de los años y la
gordura, quería siempre oír esa canción, aunque insistía, su marido, se la
había cantado mejor entonces, «mucho mejor». No obstante se le caían las
lágrimas escuchándola, y luego aplaudía a rabiar y enviaba a los mariachis
alguna botella extra de tequila, lo que contribuía a que aporrearán aún más el
repertorio mexicano adaptándolo a las cuerdas vocales y a la oreja
desequilibradamente atrofiada de su jefe.
Luego de los falsos mejicanos, y antes
de la música de las bandas para alegrar la fiesta, la bailable grabada, el
quinteto Marshallis, debía tocar tres cuartos de hora. Se habían dado cita
temprano, porque así disponían, antes de subir al escenario, de dos horas para
tomar y comer gratis.
Méndez pasó la mañana del jueves y del
viernes en la biblioteca de la facultad de Medicina estudiando los aspectos del
cólico renal. Tomó nota de todo: localización de los dolores, tipo de síntomas
frecuentes, dónde debía aullar el flaco cuando el médico lo tocara, etcétera.
Por la noche, hicieron un ensayo
general. El flaco, con su melancolía crónica no era un gran actor, tenía voz
aflautada y sus lamentos parecían más bien cantitos de misa, pero Méndez le
hizo repetir más de cien veces el tipo de quejido que debía proferir, los
movimientos, la respiración entrecortada, el tono de voz raspada en la garganta.
A la una de la mañana, la actuación
del flaco parecía aceptable. Sudaba de cansancio, y se puteaba a sí mismo por
haber aceptado ayudar a ese loco.
El sábado por la noche, dos horas
antes de la cita en el parque, llamaron al médico. Habían elegido uno joven,
con poca experiencia y especializado en pulmones, de modo que recordara poco de
los cólicos renales, sólo lo que en los libros de medicina estaba escrito.
La bestia del doctor, frente a los
síntomas que le presentaba el flaco, quién había debido salido a correr durante
la hora anterior a su llegada, para estar transpirado y agotado cuando el
medico lo viera, le diagnosticó Apendicitis grave, y dijo que debían internarlo
y operarlo de urgencia.
El falso enfermo palideció y comenzó a
explicar que era todo una broma, pero Méndez, tuvo la presencia de ánimo para
taparle la boca con el pañuelo que fingía secarle el sudor de la frente, y dijo
al doctor: «no sea huevón hombre, ¿no ve que son los síntomas de un cólico
renal?»
El médico se quedó con la boca
abierta. Méndez le contó que su padre los había tenido, y que lo que
correspondía era tener al enfermo inmóvil, tomando mucho liquido, y en caso de
no desaparecer los síntomas ni los dolores en veinticuatro horas, se debía
proceder a internar y tratamiento y, en una última instancia, a la extirpación
del riñón.
El doctor aceptó el diagnóstico pero
quiso que alguien se quedara al lado del enfermo, por si sus condiciones
empeoraban. Méndez dijo que él se quedaría con su amigo y pidió el recetario
con la diagnosis y los medicamentos que debían ir a comprarle. El medico, antes
de partir, dejó el número donde podría ser buscado esa noche, y se marchó.
Al vuelo, llamaron por teléfono al
jefe de la banda. Cuando éste llegó a la casa del flaco, Méndez se escondió en
el baño. Con voz entrecortada el flaco explicó su situación y dijo que por
fortuna estaba con él un amigo contrabajista que iría al parque en su lugar,
con su contrabajo, así podrían verificar las piezas que tocarían.
Estaba oscuro. La luna aún no aparecía
cuando Méndez llegó al parque, fumando con total tranquilidad y arrastrando el
contrabajo. El jefe de la banda se quedó como quién ve una aparición. Sólo
atino a balbucear: «Méndez, ¿vos sabés tocar el contrabajo?»
A lo que el Gordo impasible contestó:
«Claro, estudié diez años en el conservatorio provincial».
«¿Y conocés el repertorio que vamos a
tocar?»
«Voy siempre a escuchar al flaco
cuando ensaya. La primera que tocan hace du dum di da daa ti ti dum di cha cha,
pausa de tres, qui ti ti tum ba da, no?»
«Sí» dijo algo sorprendido el jefe.
«Y en la segunda, luego de la batería
y del primer giro de sax entro con di ri di dum ta, pausita de uno, chi chi pa
tu tum tum tum, un dos, tres y ta ri tum ta »
Con ojos desorbitados y la boca
desencajada por el asombro el jefe respondió: «sí». Así Méndez les descubrió
con la boca, de modo impecable, la mayoría de las piezas. Luego agregó:
«conozco todas las de Charly Mingus»
Ante semejante prueba, no tenían más
remedio que creerle. Era tarde, y querían ahorrase el papelón de cancelar su
presentación. Además, ninguno había cenado, previendo la comida y la bebida
gratis en la fiesta.
Llegaron al hotel. El jefe de la banda
mostró los cinco pases y los hicieron entrar. Había una mesa reservada para
ellos, los artistas. Allí estaban ya Los Huayras y los mariachis, llegados
todos en perfecto horario, y con el mismo objetivo de arremeter con las bebidas
y los sándwiches, empanadas, tamales, chips y todo cuanto le pusieran delante
de las narices.
Los músicos, acostumbrados a la
frugalidad, devoraban todo rápido, temiendo que luego no quedara nada para
ellos. Méndez tenía más clase. Era gordo, inmenso, y sabía comer con
parsimonia, pero con un ritmo de adagio interminable. Como un tanque de guerra
que sube y baja lentamente entre bosques y colinas, el gordo comía de manera
pausada e inexorable, mientras escrutaba las mesas que recién empezaban a
llenarse de invitados.
Al cabo de una hora, cuando sus
compañeros ya no podían más de comer, con excepción del jefe de los mariachis
que se había traído una ollita donde guardaba su comida para luego, porque,
poseído por la misión de destrozar la tradición musical mexicana, decía que no
podía cantar con el estómago lleno, Méndez seguía engullendo empanadas y
devorando la puerta.
Entonces entró ella. Hermosa, vestida
de negro, con tacones y una falda amplia que no le llegaba a las rodillas, su
espalda, completamente desnuda, una chalina lavanda alrededor del cuello, que
hacía juego con los zapatos, su cartera y hasta sus labios y uñas, pintados del
mismo color.
Se sentó en su mesa, rodeada de cuatro
amigas que habían entrado con ella. El jefe de la
Marshallis comentó:
«con ese color de labios, la señorita parece la novia de Drácula»
Méndez lo fulminó como sólo los gordos
pueden hacerlo. No con la mirada, sino con todo su cuerpo. Se inclinó hacia
delante levantando su enorme culo algunos centímetros de la silla y le dijo con
una voz que parecía salida del fondo de la tierra: «usted entiende de jazz,
pero de mujeres no sabe un carajo.
Esa mujer es hermosa y el color de sus
labios no puede ser otro. Y sí fuera la novia de Drácula, ese huevón del conde
podría decirse el hombre más feliz de la
Tierra», y mirándolo fijo al otro, dio un mordisco brutal al
sándwich que tenía en la mano, cortándolo de un tajo, como un samurai corta una
cabeza. El jefe no respondió.
Percibió un gran peligro escondido en
el mastodonte que tenía enfrente, a diez centímetros de su cara.
«En efecto, es muy hermosa», replicó
para calmar las aguas.
Y Méndez volvió a sentarse: «como el
sol, no hay otra igual», dijo aliviado.
La posición que ocupaban era ideal.
Estaban en una esquina del salón, poco iluminada y el gordo podía observarla
sin ser notado por su amada, cosa que también hubiera ocurrido si se hubiera
sentado bajo un reflector delante de ella.
En la mesa de la niña había ocho
amigas y dos jóvenes del lado opuesto, que ocupaban toda su atención.
Eso tranquilizó a Méndez, porque no
corría el riego de verla abrazada con ningún huevón de los que a menudo la
acompañaban cada sábado en el Abasto.
Y continuó embelesado, observándola,
colmando sus ojos con ella, mientras llenaba la panza de comida.
Comenzó el show y todo marchaba según
lo previamente pautado. Arrancaron Los Huayras, desenterrando los primeros
aplausos de la noche con zambas y chacareras e indiferencia general en
bailecitos, huaynos o cuecas, por un lado, porque los se ocupaban sobre todo de
comer lo que les daban, y además se sabían de memoria el repertorio, y por
otro, porque tenían la actitud típica del criollo frente a la música nativa:
una feroz indiferencia enmascarada de interés porque esa música «es lo
nuestro», pero «lo nuestro» era en realidad de aquellos a los que sus
antepasados habían usurpado tierras y derechos, hasta que los siglos y la
mezcla racial habían terminado de crear esa especie de hibrido que conformaba
la clase media alta local: condescendiente, amable y veladamente racista.
Luego llegaron los mariachis de
México, amor azul profundo, que apabullaron a la concurrencia con sus corridos
mexicanos.
Corridos que si hubieran sido
ejecutados frente al mismísimo Pancho Villa, los hubiera hecho acabar ahorcados
en la plaza, sin pantalones, para que don Pancho pudiera ver, encantado, como
eyaculaban los desafinados.
La madre de ella, emocionada hasta las
lágrimas, se alzó y pidió su canción favorita. El marido sonrió con melancolía
porque nunca le había confesado que en esa serenata con que la conquistó, era
otro el que cantaba, escondido bajo el balcón, mientras el movía los labios.
Y cuando, centenares de veces al cabo
de veinticinco años de matrimonio su mujer le rogaba que le cantara la canción,
el respondía: «no nunca podría cantarla como aquella vez».
Entonces, desencantada ella le decía:
«¿no me quieres más como entonces?», a lo que él, ya acostumbrado a sus
planteos, respondía: «si que te quiero», y era cierto, «pero aquella vez me
jugaba la vida». Y su esposa aceptaba sonriendo y recordando una vida
matrimonial que sin ser demasiado feliz, no había sido desdichada ni
desastrosa, se quedaba creyendo que la vida que él, un Paz Posse, se había
jugado por ella, le había dado ese tono vibrante en la voz, mientras que el
marido se refería a lo que su futura esposa de entonces, podría haberle hecho,
si hubiera sabido que detestaba los corridos mexicanos y que aquella noche, en
su balcón, se había
limitado sólo a mover la boca.
Pero si el canto de amor nunca había
existido, al menos había sido cierta la ficción, y los ensayos realizados con
el amigo mexicano que canto oculto, bajo el zaguán. De modo que el esfuerzo y
el engaño demostraban en el fondo, mayor pasión y ternura que la que hubiera
surgido de un talento natural, si él hubiera sabido y amado cantar corridos
mexicanos.
Pero a pesar del entusiasmo de la
señora, la función de los mariachis no duró mucho, sea porque los invitados
comenzaron a dar muestras de impaciencia, compartida por el anfitrión y
agasajado de la noche, sea porque el solista, el jefe de tránsito, transportado
por su sentimiento, acompañó la caída libre que ejecutaba en el pentagrama,
enredándose en el cable del micrófono y dándose un porrazo de puta madre cuando
quiso saltar imitando el galope del caballo, con que el protagonista de su
canción corría a salvar de algún peligro inminente a su enamorada.
Así, ese desliz ofreció al dueño de la
fiesta la excusa para alzarse de su mesa, agradecer efusivamente a los
mariachis que habían quedado de pie, y, antes que el energúmeno solista pudiera
desenredarse del cable y retomar el control del micrófono, anunció a la
concurrencia que ahora, iban a escuchar a la
Marshallis Jazz Band.
Todos aplaudieron, sin entender bien
si batían palmas por la retirada de los forajidos mexicanos o la entrada de los
jazzistas.
A Méndez se le subió el corazón a la
boca. Se alzó junto a sus compañeros, levantó su contrabajo y fue cerrando la
fila india que formaban los otros, casi sin aire hasta el estrado.
En ese momento, ella lo vio. Quedó con
la boca abierta, casi sin poder creer que fuera Méndez quién abría el estuche y
sacara un contrabajo y no un plato de hamburguesas, tamales o empanadas, por
ejemplo.
Ella lo había visto siempre comer, y
sonreírle tímidamente, y nuca había imaginado que el gordo Méndez hubiera
podido hacer otra cosa sino esperar el almuerzo, y luego del almuerzo, esperar
la hora de la cena.
Luego, cuando vio el contrabajo en los
brazos del gordo tuvo un ataque de risa porque era cómo si Méndez estuviera
frente a un espejo de madera. Coincidían los volúmenes y la forma. Ella
aplaudió a rabiar, divertida, y el gordo, desde el estrado escuchó su risa
cristalina y se dio vuelta.
La vio de pie, con lágrimas en los
ojos, aplaudiéndolo. Creyó que las lágrimas eran de emoción y no de risa, y le
hizo una pequeñísima reverencia. Ella lo saludó con la servilleta y por un
segundo Méndez fue el hombre más feliz de la
Tierra.
Pero luego debía resolver problemas
más urgentes, y hasta graves, para que su presentación como jazzista no
terminara en forma aún más bochornosa que la del desgraciado mariachi.
El primer problema consistía en que
debía colocarse a la izquierda de los demás compañeros para poder darles la
espalda y fingir con la boca lo que con los dedos no sabía. Pero el baterista
se estaba instalando en dicho lugar. Se acercó y le dijo: «hermano este es mi
puesto».
«No» dijo el baterista, «si me pongo
en el medio no vas a escuchar el piano, y te vas a salir de tempo». Y Méndez:
«mi lugar es la izquierda, o ahí o me voy».
El baterista se consultó con el jefe,
quien se acercó a Méndez y le dijo: «Gordo, vos vas al medio, no jodás. El
baterista en el centro no nos permite escucharnos». Méndez no sabía que hacer.
Si se marchaba el papelón era absoluto, no sólo para él, sino para toda la
banda, amén de lo que le ocurriría al flaco con su falso cólico renal, al día
siguiente, por haberlo recomendado. Aceptó, y mientras se acomodaba en un lugar
no previsto, su mente viajaba a la velocidad de la luz para encontrar una
solución.
«Tengo que destruir el contrabajo»,
pensó, y tuvo una idea. «Voy a mear», dijo, «vayan acordando».
En vez de ir al baño, fue al mesón del
técnico de iluminación, y le pidió un alicate de esos que sirven para cortar
cables. «Al ratito te lo devuelvo, hermano», y volvió sonriente al escenario.
Comenzaron el primer número.
El gordo se había puesto lo más atrás
posible, y mientras el piano iniciaba, calculó lo que podía llegar a costarle
un contrabajo nuevo para el flaco si lo que tenía pensado hacer lo destruía
demasiado. Tal vez un año de trabajo.
El gordo cerró los ojos: «es el precio
del amor», se dijo. Dos frases antes de su ingreso con el du dum di da daa ti
ti dum di cha cha, etcétera, Méndez dio un puntapié al trípode que sostenía al
contrabajo y fingiendo sujetarlo mientras caía le tronchó la cuerda grave con
el alicate, luego lo dejó desplomarse a un costado del escenario.
El estruendo fue escalofriantemente
considerable y los músicos sin detenerse se miraron con terror. Estaban por
parar la música cuando el gordo se adelantó y los miró con furia, «sigan,
carajo», les ordenó. Y comenzó con su boca a hacer su acompañamiento de bajista
de luto.
El público se quedó con la boca
abierta.
Habían visto en una sola noche, a un
desorejado mariachi hacerse polvo a caballo de un micrófono, y ahora, no sólo
habían asistido al vuelo de un contrabajo sino que presenciaban a otro, de carne
y grasa, alto, imponente, hacer con la boca lo que debían haber hecho sus manos
en las cuerdas.
El gordo lo hacía muy bien y el
auditorio escuchó en silencio. Cuando acabaron el primer número, todos
aplaudieron la presencia de ánimo de un artista capaz de imitar su instrumento
perdido. Méndez se descubrió un coraje único. Sabía que la condescendencia del
público se transformaría en fastidio si no tomaba en puño la situación. Y alzó
sus manos para detener los aplausos. Cuando todos callaron se dirigió al padre
de su amada: «¿conoce a Charly Mingus?», le preguntó.
El otro, sorprendido, atinó sólo a
responder: «es mi preferido». «Bien», dijo Méndez, «para usted entonces, le
dedico esta imitación», y dándose vuelta dijo a sus estupefactos compañeros con
voz cavernosa «síganme, como carajo
puedan».
Y se alzó en un solo de contrabajo del
gran Mingus, hecho con la boca, mientras su cuerpo de hipopótamo se balanceaba
ágil y feroz con el ritmo que su garganta creaba. El silencio del auditorio era
absoluto. Méndez oyó sólo un quejido cristalino y supo de donde provenía. Al
ratito, toda la banda lo acompañaba tímidamente, pero en forma eficaz. El jefe,
saxofonista, hizo una variación sobre el tema a la que Méndez respondió con
otra, hasta que el baterista, no quiso ser menos y junto con el pianista,
entraron con un breve solo de un par de minutos.
Finalmente, se agregó la guitarra
acústica, y comenzaron a sonar los cinco como en las grandes épocas del gran
Mingus. Cuando acabaron, la ovación fue gigantesca. El gordo oficiaba ya de
jefe, y luego de haber imitado otras piezas de Mingus, igualmente ovacionadas,
hizo callar nuevamente los aplausos y dijo: «ustedes saben, el jazz nació con
otros instrumentos hasta que encontró en los que aquí ven, los adecuados. Mi
contrabajo se ha dañado. Ahora me van a permitir acompañar a mis compañeros
sólo con mi boca», y con falsa modestia, en medio de los aplausos, se retiró
hacia el fondo.
Nuevamente, se alzaron en pie para
aplaudirlo. El resto de la banda estaba entre perplejo y admirado, y no
atinaban a comenzar. Méndez les susurró: «vamos huevones, empiecen antes que el
ambiente se enfríe».
Así, desde el fondo del escenario,
mientras imitaba el bajo de las insulsas músicas de su banda, trataba de
localizar el contrabajo caído y de verificar los daños. Veía sólo un agujero en
la caja, pero no había suficiente luz así que tuvo que esperar a que acabaran
el repertorio.
Hacia el final, el anfitrión de la
fiesta, el padre de su amada, se acercó y les dijo: «muchachos, repitan el
número con el señor obeso de solista». Nuevamente el gordo estuvo en el centro
de la atención de todos, y nuevamente, lo ovacionaron. Mientras lo aplaudían,
la vio a ella, parada en la silla, batiendo palmas y gritando, y el gordo se
dijo: «si me muriera ahora, hubiera sido feliz hasta el final».
Acabaron. Saludó a sus compañeros
todavía sorprendidos y les pidió disculpas. El jefe de la banda le rogó que
fuera a ensayar con ellos para preparar un repertorio que contemplara sus
pulmones de elefante, y el gordo le dijo que lo pensaría. Bajó del estrado y
recogió lo que quedaba del contrabajo del flaco. Además del agujero en la caja
y la cuerda rota, tenía el mago quebrado y una rajadura en la parte delantera.
«Estoy jodido, es insalvable, me jugué un año de sueldo», pensó.
En ese momento se acercó el padre de
ella, y lo vio, sentado, frente a los restos de su contrabajo, agarrándose la
frente con la mano izquierda, mientras que en la derecha sostenía, como el
cetro de un pobre, el mango de su instrumento. El hombre se conmovió. No sólo
porque comprendía lo que significa para un músico perder su instrumento, sino,
porque sólo en Nueva York, se había divertido tanto en una jam session como lo
había hecho esa noche, gracias a ese paquidérmico contrabajista.
«¿Cuánto vale su contrabajo?, le
preguntó, casi susurrando.
«Demasiado señor, demasiado», le
respondió Méndez. El hombre sacó su billetera y le alcanzó un manojo de
dólares. «Tenga, quizás no es todo lo que necesita, pero sí, una buena parte»,
le dijo.
«No puedo aceptarlo señor, fue mi
culpa, por torpeza, fijé mal el trípode», dijo el gordo. «No joda», respondió
el otro, y él mismo le colocó el manojo en el bolsillo del saco, por debajo del
pañuelo lavanda, y agregó: «regreso a San Miguel, dos o tres veces al año, lo
buscaré si hace eso con la boca, imagino lo que podrá hacer con el contrabajo».
Méndez palideció, pero sonrió y dijo: «lo lamento señor, ya habrá oportunidad
que escuche como toco. Gracias por su regalo». Se abrazaron.
Méndez recogió los restos del
contrabajo, los acomodó adentro del estuche, y antes de irse tuvo que atravesar
el salón para devolver el alicate al técnico de iluminación. Ella lo vio pasar,
y cuando él regresaba, se acercó y le dijo: «Gordo, quiero preguntarte algo,
pero no aquí, te espero a la salida».
A Méndez le temblaron las rodillas, le
castañetearon los dientes, y el corazón se le puso a galopar. «Ahora voy», le
dijo, «recojo mi contrabajo y llego».
Eran las dos de la mañana. Méndez
salió al aire y a la noche temblando. Ella lo esperaba cerca de la puerta.
Caminaron veinte metros, ella se detuvo y lo miro con curiosidad: «Gordo, ¿por
qué pateaste el contrabajo?»
«¿Cómo?», musitó Méndez, «¿qué yo
pateé qué cosa?»
«No seas zonzo Gordo, yo te estaba
mirando, vos le diste una patada, ¿por
qué?».
El gordo se quedó callado. Luego se
miró el pañuelo lavanda y le dijo, con su voz de bajo que temblaba como una
margarita debajo de la tormenta: «¿Ves mi pañuelo?, es de color lavanda, como
tus zapatos, como mi corbata, el lazo de tu pelo, mi faja, tu chalina, tus
labios y tus uñas ¿por qué?»
«No sé, casualidad», dijo ella. «No,
no fue una casualidad. Yo no sabía como ibas a venir vestida. Pero adiviné y
traje los colores que vos has elegido. Yo nunca supe tocar el contrabajo, no se
lo digas nunca a tu padre, y si vine a la fiesta fue sólo para verte, y te vi,
y aunque me cueste un huevo comprarle el contrabajo al que me lo prestó, valió
la pena, porque te vi. Claro que valió la pena».
Ella se quedó sin aliento. El gordo
alzó su mano y le dio dos palmadas en las mejillas. «Adiós hermosa, volvé a tu
fiesta», le dijo. Se dio media vuelta y comenzó a irse.
Entonces ella corrió detrás de él y
gritó: «Méndez», el gordo se dio vuelta. Ella le vio los ojos rojos, cargados
de lágrimas, y algo parecido al amor, pero sintió que una mezcla de halago y
piedad se le trepó por la garganta. Alzó sus brazos, y él debió inclinarse para
que pudiera abrazarlo, y darle un beso en la mejilla.
Ella le lleno de besos chiquitos la
cara, lo soltó y le dijo: «estuviste fantástico Gordo, ay, si fueras más
flaco», dio media vuelta y se fue a la carrera.
Méndez pasó por Los Tuercas, y retiró
su pedido. Llegó al parque, se sentó en un banco, y encendió un Parissienne.
Fumó con el corazón rebosante, sintiendo todavía la tibieza de sus besos,
mientras pasaban estrellas.
«Mañana le llevo esta guita al flaco,
para hacer arreglar el contrabajo, hasta que pueda comprar otro. Pero cada vez
que el viejo de ella regrese, tendré que viajar o esconderme, para que no
descubra la verdad», pensó.
Suspiró, inclinó la cabeza y se
observó con cuidado la barriga, los toneles de las piernas, los rollos en los
costados, se tocó el cuello de toro, se cubrió el rostro con las manos
mofletudas. Luego, abrió el estuche del contrabajo, y sacó una botella de vino
tinto, previamente abierta en la fiesta, abrió el paquete de Los Tuercas, y
sacó cuatro sándwiches de milanesa súper-tuercas.
Todo lo había encargado temprano
porque sabía que a las dos y media de la mañana no iba a poder más del hambre.
Se dijo: «si yo fuera flaco, Dios mío, es tan hermosa, pero está loca», y
comenzó a devorar sin prisa pero sin pausa, antes que se enfriaran sus
milanesas.
San Miguel de Tucumán,
Tormenta de Verano de 2005.
(*) Extraído de su libro inédito Allegro ma nom tropo.
Propiedad de
Administrador
ENSAYO
Los diez mandamientos de un escritor
Por Washington Daniel Gorosito Pérez
El poeta y
novelista húngaro Stephen Vizinczey nos presenta un decálogo que surgiera como
respuesta a un ruego, según sus propias palabras de Raymond Lamont, quien era
director de Writers´ Montly, y le pidió algo “lleno de consejos sensatos y
prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de
escribir”. Posteriormente este texto integró como prólogo, su libro “Verdad y
mentiras en la literatura”, dedicado a la rigurosa crítica literaria. A
continuación comparto los 10 mandamientos del escritor esperando sean motivo de
reflexión.
1. No
beberás, ni fumarás ni te drogarás.
Para ser
escritor necesitas todo el cerebro que tienes.
2. No tendrás
costumbres caras.
Un escritor
nace del talento y del tiempo…tiempo para observar, pensar, estudiar. Por
consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando
dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido
rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales. Es
cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la
acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de personas con hábitos caros
son propensas a fracasar como escritores.
A la edad de
veinticuatro años, tras la derrota de la Revolución húngara, me encontré en
Canadá con unas cincuenta palabras de inglés. Cuando me di cuenta de que era un
escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de
Dorchester Street en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar
hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía
más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla
de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés. Al final,
aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno y
viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para
escribir En brazos de la mujer madura.
No pudiese
haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches… en realidad,
si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos.
Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o
vendedores para ahorrar dinero y crearse una “base financiera” antes de
intentar ganarse la vida escribiendo, uno de ellos posee ahora toda una cadena
de restaurantes y es más rico de lo que yo pueda llegar a ser en mi vida, pero
ni él ni los otros volvieron a escribir. Es preciso decidir que es más importante
para uno: vivir bien o escribir bien. No has de atormentarte con ambiciones
contradictorias.
3. Soñarás y
escribirás y soñarás y volverás a escribir.
No dejes a
nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en
el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.
Nunca me
siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis
personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en
mi imaginación y creo saber que han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo
pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.
Una vez
escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de
lo escrito es: a) confuso o b) inexacto o c) tedioso o d) sencillamente no
puede ser verídico. Así utilizo el borrador mecanografiado como una especie de
informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.
Fue este modo
de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal
problema no era la lengua sino, como siempre, el ordenar las cosas en mi
cabeza.
4. No serás
vanidoso.
La mayor
parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados de
justificarse a sí mismos. Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de
su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es
muy aburrido para los extraños. Si crees ser, sabio, racional y bueno, una
bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias. No te
conoces a ti mismo lo suficiente para escribir.
Dejé de
tomarme en serio a la edad de veintisiete años y desde entonces me he
considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo modo que se
utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes, hombres y mujeres, buenos y
malos, están hechos de mí mismo más la observación.
5. No serás
modesto.
La modestia
es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones
pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que
no intentara ser grande.
6. Pensarás
sin cesar en los que son verdaderamente grandes.
“Las obras
del genio están regadas por sus lágrimas”, escribió Balzac en ilusiones
perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las
propias limitaciones…tales son los principales sucesos en la mayoría de los
grandes artistas, y si aspiras a compartir su destino, debes fortalecerte
aprendiendo de ellos.
Yo me he
animado con frecuencia al leer el primer volumen de la autobiografía de Graham
Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he
tenido ocasión de visitarlo en Antibes, donde vive en un pequeño apartamento de
dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de
un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros.
Parece tener pocas necesidades materiales y estoy seguro de que esto tiene algo
que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha
escrito sus “entrenamientos” por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones
sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se
comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios
compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para
un escritor de costumbres espartanas.
Ninguno de
nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres,
pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay
que evitar, sin embargo, las biografías, en especial las que han sido
convertidas en películas o series de televisión. Casi todo los que nos llega
sobre los artistas a través de los medios de información es pura palabrería,
escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen ni la menor idea del
arte ni del trabajo duro. El ejemplo más reciente es Amadeus, que intenta
convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una
mediocridad como Salieri.
Hay que leer,
en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la
vida del escritor, yo recomendaría, Una habitación propia de Virginia Wolf, el
prefacio de La dama morena de los sonetos de Shaw, Martín Eden de Jack London
y, sobre todo, Ilusiones perdidas de Balzac.
7. No dejarás
pasar un solo día sin releer algo grande.
En mi adolescencia
estudié para ser director de orquesta y de mi educación Musical adopté una
costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y
diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de
cierta categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de
los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo
cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos.
Un violinista
que poseyera la pericia técnica de la mayor parte de los novelistas publicados,
no encontraría nunca una orquesta donde tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo
las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros
para desarrollar un tema, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se
puede aprender todo lo que hay que aprender, sobre la técnica.
No se debe
cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar
bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente
inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo
mismo que comprenderlo. Es mucho más útil, leer una y otra vez unas cuantas
grandes novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido
los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su
estructura qué la hace dramática y qué le presta ritmo impulso. Sus variaciones
en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos
páginas y luego cubre dos años con una frase… ¿por qué? Cuando hayas
comprendido esto, sabrás realmente algo.
Cada escritor
elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender
más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están
infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot
escribió demasiado sobre demasiado poco.
Cuando te
sientas tentado de escribir cosas superfluas, deberás leer los relatos de
Heinrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro
escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así
como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al
año releo algunas obras de Pushkin, Gógol, Tolstoí, Dostoievski, Stendhal y
Balzac.
A mi juicio Kleist
y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros
de la prosa, una constelación de genios no superados como los que encontramos
en la música de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de
ellos. Ésta es mi “técnica”.
8. Adorarás
Londres/Nueva York/París.
Conozco a
menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas
que viven en las capitales de los medios de información tienen, sobre el arte,
alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de
críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué
es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los
intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que
acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre
lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a
imbéciles que sólo tienen talento para medrar.
Aunque vivas
en el quinto infierno, no hay razón para sentirse aislado. Si posees una buena
colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de
releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los
farsantes de la cultura que marcan el tono de las grandes ciudades. Conozco a
un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstói y además
está orgulloso de ello. No hay que perder el tiempo, por lo tanto,
preocupándote por lo que está de moda, el tema idóneo, el estilo idóneo, o que
clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en
literatura lo ha conseguido en sus propios términos.
9. Escribirás
para complacerte a ti mismo.
Ningún
escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran
aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran
su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero.
Los dramaturgos, con ayuda de los actores, pueden extender su mensaje hasta más
allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años
leí en los periódicos estadounidenses las críticas más condescendientes de
Medida por medida… la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede
complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?
Esto significa
que no vale la pena esforzarte por interesarte en algo que te resulta aburrido.
Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No
sentía el menos interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac
experimentaba hacia ellos con un apasionado interés, que consiguió comunicarme
mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir
excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista.
Mis esfuerzos estaban condenados y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que
me había propuesto escribir en primer lugar.
Ahora sólo
escribo sobre lo que me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no
puedo dejar de pensar es mi tema. Stendhal dijo que la literatura es el arte de
la omisión, y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las
personas sólo en los términos de sus acciones, afirmaciones, ideas,
sentimientos que me hayan escandalizado/intrigado/divertido/deleitado a mí
mismo o a otros.
No es fácil,
por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa: a todos nos gustaría ser
considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una
fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la
tentación, y cando lees lo que has escrito, siempre debes preguntarte: “¿Me
interesa de verdad eso?” Si te complaces a ti mismo, a tu yo verdadero, no a un
concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se
preocupan por los niños hambrientos de África, tienes la posibilidad de
escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que
seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero
nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El
best-seller más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son
auténticos.
10. Serás
difícil de complacer.
La mayoría de
los libros nuevos que leo se me antojan medios terminados. El escritor se
contentó con hacer su trabajo más o menos bien y luego pasó a algo nuevo. Para
mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un
par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como un
autor que como lector, y por muchas veces que rescribiera originalmente el capítulo,
todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o
superfluos. De hecho, encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden
nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente,
pueden eliminarse.
En este punto
cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de
memoria, lo recito palabra por palabra a cualquier dispuesto a escuchar, y si
no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es buen
crítico.
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