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UN POCO DE:


               Jorge Luis Borges: “El oriental”

Georgie le decían en casa desde su infancia, sus lectores como Borges, así a secas lo conocimos. Este escrito no trata de analizar ni la obra, ni la vida, ni su ideología del que sin lugar a dudas fue uno de los más brillantes y polémicos escritores de nuestra América Latina.

Simplemente se trata de ver la conexión de Borges con el Uruguay, con su capital Montevideo, con Paysandú o con esa “Banda Oriental” que él llamaba así cariñosamente retrotrayéndose en la historia rioplatense.

En las venas de Jorge Luis Borges corría sangre oriental, según él, había sido concebido en la República Oriental del Uruguay, específicamente en el departamento de Paysandú.

Su abuelo paterno el coronel Francisco Borges Lafinur había nacido en Montevideo y falleció en la batalla de La Verde. Borges le dedicó el poema al coronel Francisco Borges (1833- 1874).

Durante una entrevista al ser interrogado por su amor a la Banda Oriental (así llamaba al Uruguay con gran afecto y respeto) comento que una vez su padre muy seriamente le había dicho que el lugar de nacimiento de un hombre no era sólo donde este nacía, sino donde había sido concebido.

“Desde este punto de vista puedo considerarme oriental”, dijo Borges.

Su relación con el Uruguay la encontramos en su Autobiografía, la cual inicia de la siguiente manera: “No puedo precisar si mis primeros recuerdos se remontan a la orilla oriental u occidental del turbio y lento Río de la Plata; si me viene de Montevideo, donde pasábamos largas y ociosas vacaciones en la quinta de mi tío Francisco Haedo, o de Buenos Aires”.

En un tema “sagrado” para ambas orillas del Plata (Argentina y Uruguay), como es el del tango, Borges decía que éste había nacido en Montevideo: “El tango nació de los compadritos que habitaban los suburbios del Río de la Plata, probablemente en la orilla oriental”.

Jorge Luis Borges, da a conocer esto en su poema “Milonga para los orientales”.
“Milonga del primer tango/ que se quebró, nos da igual/ en las casas de Junín/ o en las casas de Yerbal/”. Las dos últimas son calles que pertenecen a la Ciudad Vieja de Montevideo.

Borges ambiento algunos de sus cuentos en la capital del Uruguay. La investigadora uruguaya Ana Inés Larre Borges ha señalado que Montevideo aparece en su literatura como “un refugio civilizado para quienes huyen de la barbarie”.

Recordemos que una vez al preguntársele a Borges que pensaba del sol, respondió: “Estoy podrido de literatura. No podría responder hablando, del sol, no tengo el hábito de pensar directamente en el sol, sino en imágenes, en textos, en relatos del sol”.

Ese sol, que una vez en una entrevista en el año 1963 dijera: “El sol por las mañanas, suele pasar por San Felipe de Montevideo antes que por aquí”.

Montevideo siempre estaba presente en la mente de Borges, ante una pregunta que le realizara Seamus Heaney (Premio Nóbel de Literatura 1995) en una entrevista realizada en 1981 sobre el modo más que el material de los sueños lo que principalmente influye e inspira su obra, la respuesta incluye el cuestionamiento. ¿Estoy en Buenos Aires o en Montevideo?

Esas dos ciudades que para Borges siempre formaron parte fundamental de su vida, aunque no esté en ninguna de ellas. Cuando regresó de Europa en 1921, Borges se lanzó con pasión al redescubrimiento de la Argentina y, más particularmente de Buenos Aires, como lo muestra en esta estrofa del poema “Barrio” del libro Fervor de Buenos Aires:

                                    Esta ciudad que he creído mi pasado
                                    es mi porvenir, mi presente;
                                    los años que he vivido en Europa son ilusorios.
                                    He estado siempre (y siempre estaré) en Buenos Aires.

El poeta Jorge Luis Borges en unos versos magistrales nos pinta así a la capital de la República Oriental del Uruguay:

                                                    Montevideo

Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive.
La noche nueva es como un ala sobre tus azoteas.
Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente.
Eres nuestra y fiestera, como la estrella que duplican las aguas.
Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran el pasado más leve.
Claror de toda la mañana, nos llega, sobre las dulces aguas turbias.
Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol buenaventura tus quintas.
Ciudad que se oye como un verso.
Calles con luz de patio.

 
                                   Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez
                                   e-mail: wd_gorosito@yahoo.com.mx

NARRATIVA

Abril 11

Algún día podrás regresar. Entonces escucharé tu voz y lloraré como un
niño reparando las paredes de la casa abandonada.
Alejandro Jodorowsky

Por Manuel Hinojosa Herrera


Alguna mañana leí sobre lo interesante que resultaba la vida de turista y salí a recorrer el barrio, con todas mis pertenencias en la mochila: una cámara sin rollo, alguna clase de mapa y una guía fotográfica de viaje un tanto desactualizada. Al llegar a la estación, una niña que pretendía haber cumplido ya varios años era un solo intento, continuo, por entablar alguna conversación ocasional con cualquiera que estuviera cerca lo suficiente para escucharle.
Cambiaba de interlocutor sin al parecer perder la continuidad de su relato. No resultaba complicado sentada sobre la única banca, la única sombra, frente a la única ventana, donde se expedían los boletos. Ahora lo sé.
— saila sheljom insha amatamisha aitimushala tekashkum kuskung tejanbinim busotaklardam oparin’naa salamadi bushindam yalamadim koloamadim aitisalaja umlemaje afejal olabililim afejat karakushum asdegumbsiri mashuljateni aduadum nederebum... Permanecí bajo su hipnosis todas sus horas, una en una. Cuando su voz comenzaba a deshidratarse yo corría por una botella de agua para que no interrumpiera su relato, tan apasionante, seguramente sobre lugares tan lejanos. Era justo lo que me hacía falta: aprender una lengua extraña. Y fue eso, inventar una lengua, su propia lengua de extranjero, lo que había hecho aquella niña tras
descubrir que la última persona viva que le conocía le convenció de iniciar un viaje y luego le abandonó en aquella estación, hacía ya todos esos varios años que pretendía haber cumplido.
Entonces lo supe dos noches más tarde cuando dieron conmigo y nos llevaron a los dos a casa. Quizá ahí empezaron todos mis viajes.
Una extranjera en mi casa. Desde entonces el desayuno cada mañana se había vuelto un acontecimiento muy interesante que iniciaba con tímidos pasos bajando por la escalera. Una vez que conseguí aprender tu lengua lo suficiente me platicaste sobre las costumbre de tu familia en el jardín y sobre un eremita viviendo dentro de tu casa que te contaba cuentos y me invitaste a escucharlo. Así empezaron las expediciones por la tarde a la casa del castaño.
Del muro que formaba la ventana queda una grieta y los rastros verdes del trasminar de la lluvia. Pinceladas herrumbrosas atardecen sin cristales de colores, escurren sobre tres tablas que fueron puerta, colgando. Cierto rechinar de goznes aún pendula, acordes corroídos que recuerdan tiempos bajo el dintel.
Dentro, un andrajo eremita con su aliento a madera podrida canta. Susurra un lamento costroso, fragmentado, de argumentos envejecidos para cautivar a las horas de pelo largo y desnudas que danzan en trance.
En esa quietud inicia su relato, un leñoso crepitar que rumoran árboles olvidados y olas diluyéndose de hojas secas que se arrastran. Como árboles murmurando al aire libre en un progresivo viaje a lo recóndito. Todo poseía significado. Suficiente para tatuar cicatrices en alguna parte dentro de su cabeza. Algunas demasiado profundas, rasposas. Comienza a
resultarle normal la idea de querer olvidar e intenta leer sus cicatrices, deslizando la punta de un dedo como un pincel barriendo arena pero al llegar al borde de cada hoja en su cabeza, escurre de su dedo una gota que ha recogido toda la tinta de ese elaborado sistema de escritura. La literatura de un ayer perdido escrita en deshilachados recuerdos con los que zurce sus harapos. Sentado sobre una alfombra de tierra cubierta con hojas secas que escurren de sus orejas. Durante una lenta exhalación incorpora su espalda, la estira en arco mientras dirige la mirada de sus ojos cerrados hacia arriba. Nubes jugando con sus marionetas. Sombras lentas sobre nosotros. Representan sus recuerdos de nuestros juegos. Te persigo calculando la distancia por el sabor de tus preguntas. Sorbo niebla marina. Se arrastran en mi boca errantes herejías cazando grillos por entre tus pecas. Invocas travesuras de cabello enredado que cepillas descalza. Bordas tu piel con flores y pájaros que danzan tatuando en mi rostro pies arrugados. Del parlamento solo reconozco nuestra risa. Entonces.
Solo podía hablarte de borregos. Sobre enmarañar tus atardeceres rizados. Desenredar las mañanas con olor a leña. Descubrir recostados palabras entre la hierba, despojos, los primeros brotes traídos flotando en agua caliente, nosotros enebro. — ¿ entonces cómo funciona ? Entonces. Era una lengua áspera aprendiendo tus contornos. Y terminó hablando sobre ti. — Serás una lengua que perdió su hablante. El sabor del algodón salado alguna vez bastó. Entonces no lo sabía, me encantaba venir a escuchar los relatos del castaño y llegaba a esperarte junto a la fuente. Ahora el hueco del muro funciona como hostal para golondrinas.
Por las tardes recogía las hojas y por cada tarde me prometieron una moneda. Habría comprado el primer rollo para la cámara del abuelo. Nunca había recibido una parte de herencia. Imaginaba que podía mostrarte mi vida a través del lenguaje que yo entendía y usar unos ojos heredados sería recordar a través de esas imágenes con las que yo crecía. Cuando la cantidad de monedas habría sido suficiente pasaría la tarde sentado aquí bajo la sombra, recargado en el tronco del castaño, contando una en una todas mis monedas. Las promesas entonces no valían tanto y recibí a cambio una libreta muy vieja, era del jardinero que plantó
el castaño. El jardinero la había destinado para quien se hiciera cargo de su árbol. Pasé el resto de ese día sentado frente a la tienda del fotógrafo hasta que le vi cerrar la cortina y luego le seguí hasta la cafetería. Más tarde bebía mi primer café observando el fruto de mi trabajo, el primer fruto de mi trabajo. Un castaño que viene de Värmdö. Dice que ahí había un jardinero turco quien mantenía viva, a su manera, la costumbre de sus abuelos en Akyatan Gölü Karataş: regalar un café al aprendiz del maestro artesano cuando vendía su primer kilim y bebían juntos mientras narraba los colores y nudos de lana que acababa de vender. Que quizá cuando terminó su primer kilim para vestir a su primer árbol se inició como jardinero.
Aquella historia me llenó de mis historias: yo un aprendiz de maestro jardinero bebiendo café; quizá por eso no me resultó tan decepcionante tener que pagarlo y beberlo a solas.
Es justo la hora en que las hojas convierten al atardecer en un paisaje con todas las tonalidades del otoño. Ahora me apasiona encontrar en el espresso sus matices rojizos entre la crema color avellana, los colores de tu cabello sobre tus pecas. El patio del castaño lo habían convertido en la mejor cafetería con las mesas alrededor del árbol. Me siento en la mesa desde donde puedo ver toda tu espalda. Tu piel parece impregnada por las tonalidades de la tarde bronceada: cacao, ayacahuite, haya, arcilla terracota. Sudas pequeñas gotas de matices brillantes por tu cuello y tus hombros. Tu blusa de algodón húmedo tejida a mano.
Llueve y parece que aquí las gotas no mojaran, todos caminan muy lento, el tiempo parece suspenderse entre las gotas que caen esperando a que deje de llover. Tu cabello ondulado, largo, cubre parte de tu espalda y la mitad de tu rostro; cae sobre el libro. Entonces el castaño ya era el más viejo de por aquí. Me resultaba imposible imaginar alguien plantándole pues la casa fue construida cuando el castaño ya vivía ahí y decidieron diseñarla en torno a un patio con el árbol al centro. La muerte del jardinero entristeció a todos y conseguir que carambuco volviera a comer te llevó semanas en las que descubriste la gran variedad de huesos en un esqueleto de perro. La libreta estaba empastada con piel muy antigua que ya se desmoronaba y atada con una cuerda de lana trenzada entretejida con elegantes nudos de  marinero. Sin la cuerda era imposible mantenerla cerrada pues todas sus hojas estaban hinchadas, arrugadas y oscurecidas. Llena de trazos, consecuciones al azar, superpuestos y algunas palabras escritas en alguna lengua. Más propios de una carta trazada por un gran
navegante que de un jardinero turco. La lluvia ha entretenido al tiempo medio libro de espressos.
Buscas una banca con dos sitios contiguos, te sientas colocando tu mochila a un lado, colocas la cámara sobre tus piernas e intentas cambiar el rollo. Yo levanto la mochila con una mano y con la otra te ofrezco un café, me siento a tu lado y termino de cambiar el rollo, — la gastronomía de este café está considerada como una de las más importante de por acá, es exquisita.
— ne govorim španjolski
— ja ja ja je ... es el punto de encuentro de toda la vida nocturna, aquí. Ahí mismo podemos cenar, ha reunido el paladar de diferentes pueblos, en una gastronomía muy rica y variada, sana, equilibrada. Podríamos recorrer juntos las rutas de los vinos locales reconocidos en todo el mundo...
dekirudake
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Nido ajeno
Por Nuria Sierra Cruzado

Los gemelos apretaron la cara contra el cristal y con los ojos muy abiertos le preguntaron, “papá, ¿ese es nuestro hermanito?” No supo qué decirles, ¿quién era ese cuerpo que se retorcía en la cuna de plástico? Una pelusa marrón le tapizaba las piernas zancudas. “No, no quiero cogerlo, papá”, la niña negaba agitando las manos. Las abuelas tampoco supieron sacarle parecido ¿de quién eran esos dedos arqueados?
En la primera planta del chalet se apilaban los pañales sucios. El bebé no paraba de llorar, noche y día, reclamando alimento. Ni siquiera el vómito era síntoma de saciedad, sino el principio de otra petición. Solo se calmaba en el regazo de su madre que le miraba como si estuviera a punto de caer de un pozo.
Una madrugada el padre se asomó a la cuna. El bebé movía en círculos los ojos abultados.  Sacó su carnet de identidad de la cartera, sintió la certeza del parecido con su foto y no pudo soportar la semejanza. Hay pájaros que se caen del nido, pensó mientras arrastraba la cuna hasta el primer escalón.

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Allí, en la basura

Por Francisco Carrascal

A ella, la soledad le hacía mella desde hacía ya demasiado tiempo, reclamándole su tajada con descaro e insistencia. La vida le había sido cicatera, no le había regalado mucho; aunque, en cierto modo, tampoco la maltrató en exceso. Problemas, como todos; alegrías, las precisas, como casi todos.

Sin embargo, hoy le sonó una hora. El destino quiso hacer honor a su nombre. Poco podía indicarle que esta vez iba a despegarla del suelo, que le iba a otorgar un regalo que con mayúsculas tendría que nombrarse. Un regalo de esos que no llevan papeles de colores, ni celofanes, ni dedicatorias, que no se dan en aniversarios ni en cumpleaños.

Después de cenar la misma cena triste de la noche anterior, y aprovechando el intermedio de aquel absurdo programa que la absurda televisión le ofrecía, comenzó su liturgia nocturna. Recogió la mesa, tiró los desperdicios en la bolsa de basura, y la anudó de manera mecánica. Cogió la llave de casa y llamó al ascensor que la llevaría a la planta baja, abrió la puerta de la calle y se dirigió a la esquina del bloque, donde estaban los contenedores. De manera refleja abrió la tapa para arrojar su bolsa azul y cargada, y la tiró. Cuando se extinguía el sonido que la bolsa de basura produjo en el afán de acomodarse entre las otras bolsas, y los olores a putrefacción le recordaban que estaban todavía apurándose los últimos días del verano, escuchó un sonido extraño.

No era un sonido de animal, tampoco parecía de no animal, quizás de algún tipo de juguete, de artilugio creado para entretener y que ya sólo palpitaba en su final de juego roto. Cerró la tapa y se dio la vuelta, justo en ese instante éste se hizo más ruido, ¡como llamándola! Estaba agotada, así que lo ignoró, dio tres pasos más y algo en su interior le demandó que se detuviera. Se dijo, “es un juguete, vete a casa, acaba de ver ese absurdo programa, queda media hora y luego a dormir”, quizás el sueño traiga esta vez consuelo. No echó cuenta a su conciencia de mujer cansada. Recriminándose lo estúpida que estaba siendo, volvió a dirigirse al contenedor, a ver por pura curiosidad qué resto de juguete emitía aquel sonido tan extraño.

Abrió la tapa, los olores de nuevo inundaron su cerebro, después de pasar por su nariz.  Alzándose de puntillas tuvo una mejor visión de lo que en el contenedor había. Y allí, entre las inmundicias que nadie quería, en la basura, la encontró. Encontrándola, al hacerlo, encontró ese sentido que le demandaba hacía tiempo a la vida.

A pesar de que sólo unas pocas horas le acompañaban en este mundo que le estaba siendo tan ingrato, atinó en el momento preciso a abrir unos ojos azules, inmensos, lúcidos, transparentes y redondos. Al abrirlos cerró su boquita, y calló como no queriendo llamar la atención por más de un camino. Aunque dicen, aquellos que de casi todo saben, que los niños tan pequeños no saben sonreír, ella sonrió. ¡Y lo hizo de tal forma!, enseñando de manera generosa unas encías desdentadas y brillantes. En ese momento la protagonista de nuestro breve relato sintió un rayo de estremecimiento. Mirándose mujer nueva y mujer encontrada, en un vínculo de luz y ternura, de necesidad mutua y recompensa que duraría los próximos veinte años que por este mundo ambas coincidieron.

Un corazón pudo casi detenerse en el instante, mientras que otro, diminuto, palpitaba con tanta fuerza que parecía de otra realidad, lejana y cierta, inmensa y concreta al mismo tiempo. Volvió a alzarse de puntillas y con sus temblorosas manos asió a ese ser de la inmensidad, que volvía a sonreírle, aunque esta vez desde la gratitud y la tranquilidad que da el trabajo bien hecho, pues la niñita supo seducirla de la manera más auténtica de las posibles, con el instinto como guía, o quizás con la guía de los instintos.

El azar quiso, esta vez, serle propicio. Sólo fue a bajar la basura, en el camino seguía negociando con la soledad los despojos que le tocaban, y en la basura, donde la gente echa lo que no quiere, ¡ella lo encontró todo!  

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Crónicas intempestivas,

por Valentino Wajciechosczaf

Mi madre tiene una gata o, mejor dicho, una gata tiene a mi madre. ¿Qué pasa cuando un animal se convierte en el más próximo horizonte de existencia de una persona? Jean-Paul Sartre tenía esta frase: “Cuando se quiere demasiado a los animales y a los niños, se les quiere en contra de los hombres”.  Recuerdo que un día (no este, sino aquel), en un parque zoológico, apareció un hombre que tenía a su hijo atado a una especie de correa acabada, a modo de collar, en cuatro partes que le cinchaban el pecho, lo que provocó el comentario de mi compadre Nene: “¡Otro que no pudo tener perro!”. Para añadir un elemento al tema, confesaré que durante unos meses trabajé en una empresa dedicada a la comida para perros y gatos. Esta empresa – de cuyo nombre no quiero acordarme-, disponía, para elaborar sus productos y sus estrategias comerciales, de un elenco muy variado de razas, tamaños, pesos de animales que los empleados llamaban los Invitados. Era evidente que antes de poner en acción sus mensajes publicitarios destinados a los dueños, tenían que satisfacer el olfato y las papilas gustativas de sus Invitados. Pero tanto en la manera de referirse a ellos como en el trato que les reservaban, los Invitados no distaban mucho de recibir un cuidado que muchos humanos acogerían más que gustosamente.

La relación entre seres humanos y animales, cuando no se trata de una relación únicamente basada sobre la alimentación, suele ser por lo menos curiosa. Lo que Freud llamaba transferencia remite a una manera inconsciente de revivir afectos, expectativas y deseos infantiles reprimidos. Otro término, vinculado al anterior, la contratransferencia, trata de la manera que tiene el analista de no interferir, con sus propias transferencias, con los contenidos psíquicos del analizado. ¿Intentará el gato de mi madre no interferir con los contenidos psíquicos de mi madre? ¿Tiene mi madre afectos infantiles reprimidos? ¿Su gata tiene conocimientos de psicoanálisis? ¿Estamos todos locos? Recuerdo que uno de mis profesores (filósofo, matemático y enólogo) solía decir, entre bocanadas de su habano, que éramos todos “normalópatas”? Sin embargo, hay que admitir que la normalidad tiene muchos grados, unos cuantos rozando con la neurosis, dentro de la cual no puede faltar la relación entre seres humanos y animales. De hecho, cuando oigo a mi madre decir “Mi bebe de amor, cariñito” a la dichosa gata, no acabo de entender si su gata es la única persona en el mundo digna de su afecto o si ha decidido que el perímetro más válido de su relación con el mundo no podía extenderse más allá del de su gata, lo que implica que sólo se puede entrar si uno está invitado. ¡Ostras!, entonces, ¿cuál es el invitado del otro?

El otro día (ya se sabe, no este, sino aquel) vi un caniche rosa. Dado que no consumo drogas y que bebo con constante moderación, no se podía tratar de una alucinación. Era realmente un caniche y había pasado sin duda por las manos de un peluquero canino que le dejó el pelo de color rosa. Si se busca por internet y, en santo Google, se introduce la frase “perros o gatos que se parecen a sus dueños”, encontraremos imágenes más que elocuentes. No extraña, pues, leer que unos gastan hasta 1300 euros al año sólo en comida para su mascota. ¿Es necesario recordar que esta suma representa casi el doble de los recursos medios por habitante de países como Sierra Leona?

El concepto de “pobreza en mundo” o Weltarmut, que Martin Heidegger desarrolló para definir a los animales en unos de sus libros más emblemáticos, Los conceptos fundamentales de la metafísica: Mundo – Finitud – Solitud (publicado en 1983, ocho años después de la muerte de su autor), se articula con otros dos términos: Weltlos, sin mundo, como lo es la piedra, y Weltbildend, formador de mundo, como lo es el hombre. Este último concepto remite al tajante rechazo del filósofo en el momento de aceptar definir al hombre como animal razonable, o como ser vivo dotado de lenguaje o de razón, por la sencilla razón que el ser del hombre no puede ser determinado por lo que se le añada, es decir que el ser humano ES lenguaje, y ES razón.  Pero, ¿qué pasa cuando mi madre mira a su gata y pronuncia en un suspiro tan admirativo como desolado: “¡Sólo le falta hablar!”?

Define a su gata por lo que, para ella, es su principal carencia, lo cual no deja de sorprender. De hecho, si apuntáramos en esta misma dirección, ¿no nos conduciría a concebir el rábano por su falta de sonrisa…? Quizá esté subrayando, más que lo que la separa de su gata, lo que le acerca a ella, lo que Aristóteles, en su De Anima, llamaba threptikon (que se podría traducir por “potencia nutritiva”) y que el filósofo expone así: “Llamamos threptikon  esa parte del alma que comparten hasta los vegetales”. Y si mi madre se pasa el día preocupándose por saber si su gata tiene hambre y dispone en su plato de toda la comida necesaria a su saciedad y felicidad (¿la de mi madre o la de la gata?), y dado que la gata no caza ni tampoco acciona el más mínimo principio de movimiento para expresar su hambre, el threptikon ES mi madre. Mi madre se ha convertido en la potencia nutritiva de su gata, como el humus para el rábano. ¿Será la gata de mi madre un rábano?

Pero no nos desviemos. Pues sí, eso dice, ¡Sólo le falta hablar!, pero como mi madre se pasa el día hablándole, podemos concluir que habla por los dos. Quizá, al fin y al cabo, la gata de mi madre sea un ser humano cuya animalidad le sobre... Esto me hace pensar de repente (y que nadie me pregunte por qué) a esta exclamación que algunas mujeres ofrecen a sus amantes sexualmente muy cumplidores: “¡Eres un animal!”. ¿Qué quieren decir exactamente? Entonces, que estas parejas zambullidas en los efluvios del placer hayan conseguido unir la Weltarmut de uno a la Weltbildend de la otra y así configurar un espacio mundano autosuficiente tan placentero como efímero (cada coito tiene sus límites…), parece ser digno de admiración, por no decir de envidia. Quizá, la misma pareja haya logrado resolver el mito platónico del andrógino y cada parte del dúo haya opuesto a la desconsolada pérdida de su mitad una totalidad inalterable. ¡Qué cosas tienen algunos!

Hablando de animales, esto también me hace pensar (¡desde luego, qué día tengo!) en el  libro de Michel Onfray, Cinismo. Retrato de los hombres llamados perros (1990) cuando escribe: “Filósofo es aquel que, en la sencillez y hasta en la indigencia, introduce el pensamiento en su vida y da vida a su pensamiento”; “Diógenes detesta más que nada a los hombres que contribuyen con ardor y determinación a su propia alienación y se abandonan al azar y la suerte con la mayor de las pasividades”. Si hablamos de la relación de mi madre con su gata en términos de pensamiento obsesivo y si observamos que esta gata se pasa más de media vida durmiendo, me pregunto: ¿da vida a su gata para introducir pensamiento en la suya? Además, cuando le pregunta “¿Qué pasa?”, “¿Qué dices, belleza mía?”, ¿será mi madre más cínica de lo que pensaba al querer introducir el pensamiento en la vida de su gata?

Sin embargo, el cínico es como un perro vagabundo y sin amos, pero siempre cuando la relación de dependencia sea muy marcada, y en el caso de mi madre y “su” gata, la frontera dista mucho de ser tan definida. Quizá la gata sea una extensión analfabeta y ágrafa del propio ser de mi madre, y con este encuentro, hace más de diez años, hayan unido las dos, como los amantes edénicos antes mencionados, Weltarmut y Weltbildend, y vivan en plena armonía  dentro de su perímetro de felicidad. Por lo menos es lo que les deseo.

En cuanto a los que se hallan fuera de cualquier recinto paradisíaco, puede que el último apunte de esta crónica les saque una sonrisa o una lágrima, según se mire. El 30 de agosto de 1755, Voltaire escribió una carta a Rousseau, después de haber leído su ensayo titulado Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, ensayo donde Rousseau expone su teoría del buen salvaje[1]. En esta carta, Voltaire dice: « Nunca se empleó tanto ingenio en querer convertirnos en bestias[2] ; a uno se le entran ganas de andar a cuatro patas cuando se lee su libro. Sin embargo, como he perdido este hábito hace ya más de sesenta años, temo que me será desgraciadamente imposible reemprenderlo ahora, además dejo esta actitud natural a los que, más que a usted y a mí, son más dignos de ello”. En fin, como lo dice mi compadre Nene: “Siempre nos quedarán Pierre Boule y Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd”.
Continuará…






[1] Unos años después, Rousseau publicará Emilio, o De la educación (1762). En este libro, el autor desarrolla las razones de la infelicidad del hombre y escribe: “Que sepa que el hombre es naturalmente bueno, que lo sienta, que juzgue al prójimo por sí mismo; pero que vea cómo la sociedad deprava y pervierte a los hombres”.

[2] Aquí, un juego de palabras difícilmente traducible. El original dice: “à nous rendre bête », lo que significa tanto « convertirnos en animales » o “bestias”, como « volvernos tontos ».





  

ENSAYO

Los innecesarios textos

Por Adán Echeverría

El 16 de abril de 2011 el escritor Heriberto Yépez causa revuelo entre un sector de lectores y escritores de México con la nota Qué chula mi narcocultura, donde apunta: “Es frecuente que la intelectualidad nacional pida la legalización. Yo también estoy a favor de ella, pero estoy más a favor de que mientras la droga sea traficada por personas sin escrúpulos —narcos o policías, militares, funcionarios corruptos— seamos radicales: renunciemos al narco-consumo. Vamos al grano: el consumidor de droga mexicano, junto con el gringo, es el patrocinador directo de todos estos asesinatos.” Mientras leía la discusión que se armó al respecto, pasaba las páginas del libro Escribir poesía en México que apareciera en 2010, por Bonobos Editores, en su colección Postemporáneos, y me detuve en estas líneas de Maricela Guerrero: “Naturalmente la forma de hacer crítica en nuestro país ha oscilado entre el ninguneo y la ofensa, (…)”, y entonces para saldar la discusión ñoña sobre cruz cruz cruz que se vaya el narco y venga Jesús, me quedé con mi propio ideario ¿por qué son peores la coca y la mota, o las demás drogas duras que el cigarro, la taurina, la cafeína y el alcohol? ¿Por qué tenemos permiso de emborracharnos a libre albedrío y no fumarnos un churro? ¿Por qué? ¿O acaso los poetas, aburridos en ocasiones, tenemos que denostar los ideales del otro para no llegar a nada, y tener el sano pretexto de escribir?
Sobre la discusión, Vivian Abenshushan contesta: “Hace meses que no prendo un churro, pero si lo hiciera, no tendría por qué sentir que estoy, por eso, del lado del “mal”, como no lo hago cuando acompaño mi comida al lado de mi hijo y mi esposo, con una botella de vino tinto. ¿Cuál es la diferencia? Que una es legal y la otra no. Punto.”
Pero qué tiene que ver esta introducción de unos escritores discutiendo si las drogas son malas o no, si los que las consumen son responsables directos de los más de 30 mil muertos en los últimos cinco años en México, o si la legalización puede o no ser una solución. Tiene que ver con que los escritores mexicanos igual son ciudadanos de esta malograda república y tienen el medio y la capacidad para poder debatir. Yo lo celebro.
Y lo celebro porque al revisar el libro Escribir poesía en México, los compiladores señalan sobre el carácter del proyecto que “la discusión en torno al binomio arte y sociedad está en el aire”, y van más lejos al intentar definir lo que el lector encontrará en el libro: “Ensayos que exploran la pulsión estilística, paratextual y simbólica que entrelaza las prácticas poéticas contemporáneas con la dinámica social, cultural y política de nuestro país.”
Agrupados por Santiago Matías, director del proyecto Bonobos Editores, y los poetas Julián Herbert y Javier de la Mora, los ensayistas compilados se cuestionan el presente, se contradicen y confrontan entre sí, lo que establece un atractivo espacio para la discusión. Cuál es el siguiente paso, que llegue a los lectores. Sirva este pequeño texto para informar y enseñar un pedacito del trabajo que los autores compilados y sus compiladores encierran en el libro Escribir poesía en México.
Desde ya quisiera invitarlos a tener el libro, creo, sin temor a mentir, que contiene ensayos que puedo considerar imprescindibles. Aclaro que puede tratarse de mis propias búsquedas, pues como afirma Tedi López Mills (1959) “Sus miembros señalan: esto es poesía, esto no es poesía y, generalmente, la que aprueba el examen se asemeja a la que escriben ellos. La tradición se busca en los otros. Como si el conocimiento sólo pudiera ser autorreferencial”.
A mi gusto son de destacar, además del trabajo de López Mills titulado “Poesía y tradición desde el ahora”, los trabajos de Luis Alberto Arellano (1976), Ernesto Lumbreras (1966), Maricela Guerrero (1977), y para todo editor en México el texto que nos deja León Plascencia Ñol (1968); volviendo con lo mismo, quizá puedan ser mis búsquedas, pero en estos textos uno se siente contaminado por la actualidad, por el deseo el poeta de mirar su mundo, de sentir desde el ahora, de reconocerse como lector dentro del “drama” vivencial que los autores desarrollan.
Arellano nos narra el paso de tallerista literario a punto de tirar la toalla por la burocracia imperante en un reclusorio donde “Todos los lunes, durante dos años, llegaba a medio día (…). Cada lunes en ese pasillo me preguntaba si valía la pena dejarlo y no volver la siguiente vez.” Con una prosa limpia, serena, clara, anecdótica, llena de camaradería te lleva de la mano por las vivencias que tuvo: “Mis talleristas hablaban mucho sobre lo que los llevó a prisión. Constantemente revisaban dónde fallaron, por qué los agarraron, a quién olvidaron sobornar.” Y con base en el anecdotario vivencial del cual deja testimonio, en ocasiones de manera que hierve la sangre, expone su planteamiento como creador: “Como otros tantos, he sido tomado por una poética más inestable que enseñe marcas del proceso y de la persona que participa en él. Estoy en una búsqueda que no tiene un punto de llegada deseable”.
El texto de Maricela Guerrero me recordó mucho el de Sylvia Koniecki, Análisis sobre el mito de Kurt Cobain, (2004) en el que se retrata a la generación de jóvenes nacida en la década de 1980. Guerrero define a su generación, la nacida en la década de 1970, “(…), una de las preguntas más complicadas de responder a estas alturas sería aquella que interroga por la pertenencia a un tiempo y un espacio…”. Luego de definir, con base en su nostalgia, en los recuerdos de su infancia y desarrollo adolescente, y extrapolar sus vivencias a su generación, con base en sus lecturas y estudio literario, da muestra de que los poetas que comenzaron a publicar en la década de los noventa: “… optaron por la búsqueda del lenguaje en poemas metafísicos con vocabulario enrarecido, en los que se aspira a un cierto frenetismo verbal con poemas de un grado magnánimo de precisión y exacta manufactura de altos vuelos retóricos; poemas de lujo intelectual en los que se aspira a la descripción de estados del alma en tránsito espiritual hacia el infinito de la música de las esferas, estados del alma viajando en la búsqueda del sentido sagrado del lenguaje y la eternidad, algo así como la búsqueda de la divina gracia, poemas en lontananza y amadas etéreas inalcanzables (…) , poemas en los que se prescinde de lo biográfico o histórico y se adopta una postura de iluminado en trance en loco afán contra la corporeidad que tanto nos ata a este mundo material, caduco e incierto”, con en encantador tono burlón.
La intención de la autora se logra, leer este ensayo sobre la generación de poetas mexicanos nacidos en la década de 1970, da muestra de un ojo avizor que todo creador debe tener. El poeta es un ciudadano más con credencial de elector. Que vive y convive dentro del mismo contrato social, y desde ahí, se aisla, se corrompe, se rompe, se desborda, se aniquila y se vuelve a levantar para decir: existo existo existo.
El trabajo de Lumbreras es una crónica vivencial sobre la toma de Oaxaca por las autoridades federales en el 2006, mientras brindaba una serie de talleres literarios. Un foto reportaje de imágenes poéticas narradas. Como lector puede uno estar ahí, caminar con el autor y sus talleristas en las noches oaxaqueñas, de barricadas y bombas molotov. Sentarse con ellos a discutir la necesidad de la poesía en la sociedad: ningún poema ha servido para aniquilar a un tirano, para destruir un imperio, para sacudir a un pueblo y encaminarlo a la revuelta, y no ha dejado de hacerlo. El texto de Lumbreras es genial, pues como dice López Mills: “Nunca he sabido qué obligaciones tiene el poema”, y en el texto de Lumbreras uno puede palpar y darse cuenta de esa aseveración.
Estos tres ensayos sobresalen por su factura, por su intencionalidad, su denuncia, interrelación y claridad. Textos que muestran, enseñan, educan. A ellos puede uno sumar el de Plascencia Ñol; el trazado de una ruta como editor, texto confesional necesario para todos aquellos que quieren dedicarse a la edición de libros en México, más si la intención son libros de arte, más si se trata de libros de poesía: “Editar poesía es una aventura fallida. Sólo la obsesión permite seguir. Editar es el arte de la suplantación.”
Trece ensayos más los acompañan. Todos dignos de mayor discusión que la que me atrevería a señalar en estas líneas. Textos que invitan a reflexionar en el título y en la apuesta:Escribir poesía en México. Carla Faesler sobre los diferentes medios alternativos para la poesía, y un recuento de daños, Myriam Moscona nos regala un tramado “feisbukero” para desarrollar sus intenciones literarias muy ad hoc. Un adormilante texto de Pura López Colomé sobre la traducción, que encantará a los puristas y los interesados en el tema. Un casi-largo texto de Josú Landa sobre el valor y lugar de la poesía en el consumo preferencial del mexicano promedio: “(…) es estúpido esperar que la poesía ocupe un lugar más amplio y visible en el actual orden cultural, si no se le permite estar al tú por tú con la economía, la política, el deporte, el espectáculo y los noticieros, en los espacios ‘reales’ del presente”.
Son de destacar tres textos escritos por Juan Carlos Bautista (1964), Hernán Bravo Varela (1979) y Óscar de Pablo (1979) de amplios vuelos que terminan ahogándose por ser reiterativamente de apariencia entreguista. En los tres trabajos uno puede encontrar posturas, intenciones, una vasta cultura y capacidad para el desarrollo de las ideas, y yo me pregunto: ¿era necesario arruinar su texto hacia la adulación de la figura de Luis Felipe Fabre (1974)?
Primero el texto de Bautista va perdiendo vuelo sobre su digresión y apuntes de cómo ha ido permeando la violencia cotidiana del México bravo hacia la literatura. Toma como base a Velarde para luego tocar el trabajo y denuncia hecha por Teresa Margolles en la Bienal de Venecia y su ya célebre exposición ¿De qué otra cosa podríamos hablar?, pasar por Camelia La Texana, amansar su discurso, controlarlo y subirlo a la poesía de Villaurrutia, Gorostiza, Sabines, Paz, Julio Ortega, Novo, Reyes y uno debe acabar diciendo: “El que mucho cita, poco tiene que decir” y ellos solos se descubren.
Es entonces, cuando se han agotado las citas, que se abre la adulación: “Abro al azar el tomo recopilado por Fabre, Divino tesoro, antología de la jovencísima poesía mexicana, y leo cosas sorprendentes, que anuncian una sensibilidad inédita.” Yo en verdad que me quedo con cosas sorprendentes (porque igual abro al azar el Divino tesoro que extraigo de mi librero) y leo estos versos:
(…)
Ven. Dime daniel, danielito, niño de aliento
dime lindo, requetelindo, dolor de espina.
Lindo pájaro sin patas condenado al vuelo.

Pero ven aquí, no me ando por las ramas: existo alrededor de un árbol
(colorín o jacaranda de púrpura estampida). Daniel Saldaña París

Y bueno no me parecen versos ni cosas sorprendentes, y menos que anuncien una sensibilidad inédita. En su intervención en Escribir poesía en México Bautista recurre a un poema de Omar Pimienta (1979), que no parece tan tomada al azar como señala. La voz poética de Pimienta permea por sí sola en sus búsquedas desde mucho antes de Divino tesoro, pero como dice López Mills: “la que aprueba el examen se asemeja a la que escriben ellos. La tradición se busca en los otros”.
La cosa no queda ahí. Cual evangelio sinóptico, Bravo Varela se trepa al ensayo y nos entrega una lucha entre Avelina Lésper y Teresa Margolles a propósito de la misma exposición: ¿De qué otra cosa podríamos hablar? (ajá, dice uno y continúa). De la misma forma recorre la tradición del arte y las poéticas, su contaminación o asimilación de la violencia (Eliot, Julio Hubard, Jorge Hernández Campos, Bertold Brecht, Pier Paolo Passolini, Gorostiza, Cuesta, Chumacero, Sabines, Segovia, por mencionar algunos de los autores que nombra y repito: El que mucho cita, poco tiene que decir), hasta caer de nuevo del cielo escritoril hacia la llanura adulatoria: “En contraste, el dogma establece la creencia en el ‘poema mexicano promedio’, definido así por Luis Felipe Fabre: Solemne, formalmente impecable, aséptico, apolítico, pretendidamente atemporal y sublime, tradicional con uno que otro detalle moderno: bellísimas aves surcando el éter”. Yo me pregunto si un creador del talante, sagacidad y capacidad de Bravo Varela requiere de esos trucos cuando es capaz de escribir: “La poesía mexicana no ha sabido corromperse –es decir, contradecirse- como debiera: le ha faltado decisión, cinismo, incertidumbre.”
Es entonces que uno tiene que leer y releer cada uno de estos textos y apartar las intenciones mitificadotas que los alumnos-compadres quieren hacer de su maestro-compadre, y quedarse con ¿qué diablos ha querido decir, explicar, proponer, debatir? ¡Que se arruinen solos, diría el editor!
No bastando, Óscar de Pablo, en un texto muy rico en soberbia se explaya en un ensayo sobre el valor de culto y el valor de exhibición. Luego de debrayar al estilo de los anteriores autores, cita tras cita (Aristóteles, Walter Benjamin, Homero, Góngora y Sor Juana, Huidobro, Gorostiza, Neruda, entre otros), misma fórmula, diferente capacidad, con un estilo pulcro, capaz, de fácil lectura si te tapas la nariz ante el tufo del histronismo ególatra, caminas hasta el final del texto con un delicioso sabor de ‘chido’, para descarrilarte de nuevo con un: ajá, va de nuevo, porque De Pablo se lanza con el mismo rubor: “(…) el buen gusto nacionalmente uniformado (marca del “verdadero poeta serio”) llegó a valorarse muy por encima del poder renovador de las ideas poéticas de fondo y de forma. El canto del cisne de esta forma de pensamiento único fue la muestra de poesía El manantial latente (publicada en 2002). Dicha muestra tuvo el inmenso mérito de reflejar la realidad de la joven poesía profesional de su momento: una serena uniformidad de gusto que, leída a la luz de los desgarramientos posteriores, resulta más bien asfixiante”, y uno tiene que jalarse el cabello y exclamar: ¡qué dijo!
No bastando este decir se atreve más (habría de celebrarse el atreverse a plantear el debate, si lo fuera): “Ahora bien, desde el momento de aquella publicación, ha podido constatarse entre los poetas jóvenes un verdadero cambio de sensibilidad dirigido a cuestionar radicalmente el ‘estilo nacional’. La muestra de poesía joven publicada en 2008 Divino tesoro, que no pretendía ser representativa de la totalidad, sino de la tendencia, consiguió demostrar la profundidad de este giro”.
Válgame dios, “la profundidad”, “el canto del cisne”, “el verdadero poeta serio”, “el estilo nacional”. Como decía mi Tía Evelia: eres como el henequén, te cultivas solo, a lo que yo añadiría: “dime lo que presumes y te diré lo que careces”. Pero qué necesidad de adularse unos a otros.
El “estilo nacional” entre ellos es recurrente: “¿Cómo se inserta, pues, Nosotros que nos queremos tanto en esta pequeña gran historia? Bajo el amparo, pienso de un risueño y cordial gesto alfonsino: los poetas que conforman el consejo editorial de El Billar de Lucrecia fueron invitados por Rocío Cerón, su directora, a participar en la antología; a su vez, ellos tenían la misión de invitar a otro u otra poeta a formar parte de la muestra. (…) los lectores deben, a mi juicio, tener en cuenta que se trata de una antología que se ríe de las antologías…” (Marcelo Pellegrini, Clichés de antología, que sirve de prólogo a Nosotros que nos queremos tanto, 2008). Inscrito con letras de oro al igual que textos de esta naturaleza: “A Divino tesoro no lo mueve, entonces, un afán canonizador, sino de registro”, dice Luis Felipe Fabre al iniciar el texto introductorio a su antología, para terminar diciendo: “(…) podría decirse que los modernos de hoy serán los cursis del mañana. Divino tesoro, desde su título, quiere evitar el trámite moroso del tiempo, así que se adelanta y asume desde ya esa gozosa fatalidad”. (Divino tesoro. Muestra de nueva poesía mexicana 2008). Entonces ellos son los modernos. Hasta el cansancio las palabras de López Mills: “la que aprueba el examen se asemeja a la que escriben ellos. La tradición se busca en los otros”.
Es entonces que el afán mitificador de Bautista, Bravo Varela, De Pablo se traza dentro del libro Escribir poesía en México ¿les es tan necesario crear el mito? Los compiladores Julián Herberth, Javier de la Mora y Santiago Matías señalan en su prólogo: “Por mera formalidad, y como gesto de cortesía dirigido a los campeones del resentimiento, incurrimos en la falta de resaltar lo obvio: esto no es una antología –en el sentido justiciero y omnímodo que suele darse a tales documentos-; es simplemente la expresión de una conjetura colectiva.”
Si uno teje puentes entre Nosotros que nos queremos tanto,Divino tesoro y el texto que ahora nos ocupa Escribir poesía en México, ¿en verdad pensamos que el afán de decir “campeones del resentimiento” es algo que al común del ciudadano le importe? Trataré de explicarme.
Como se aborda de manera clara e interesante dentro de los 17 ensayos que conforman el libro, los poemas, las poéticas y los ensayos sobre el tema solo le importan a aquellos buscadores de poesía, aquellos interesados en el poema, en dedicarle su tiempo, lectura, dinero –el menos de ser posible-; entonces, si los mismos que formamos la tradición nos leemos una y otra vez, supongo que escribimos en una inteligencia para nosotros mismos, los lectores que somos cuando no escribimos.
Lectores atrapados ya en la tradición o que quieren saber de ella y penetrarla. Lectores de poesía-poetas, poetas-lectores de poesía. Pero si una persona que recién quiere entrar a este entorno, a este cuarto, a esta escena poética mexicana le entregamos “mitos”, “nosotros somos los buenos, los demás nos odian, y como nos odian, los odiamos más, diciéndoles que no nos importa que nos odien”, qué ganamos.
Una vez me decía mi sobrina: es que el maestro de matemáticas es un ‘pendejo’, tío, le dije que la forma en que había explicado las ecuaciones estaba incorrecta, y por no reconocer que se equivocó, se enojó y enojó y ahora me tiene tirria. A lo que le contesté: pero si has dicho que el maestro de matemáticas es un ‘pendejo” para qué discutes con él y pierdes el tiempo. ¿Si discutes con alguien que para ti es un ‘pendejo’ en qué te convierte a ti?
Nos quejamos de que no haya lectores de poesía, pero a los que quieren acercarse los atrapamos en el camino, hey, no te lleves con aquellos, acá está la piedra filosofal, Luis Felipe Fabre es el mejor, no no y no, Mario Bojórquez lo es, y los cansamos, hartamos para que nos griten: ¡Estamos hasta la madre de sus acusaciones de mafias. Ellos son los de la mafia, no, ellos son, no, ustedes, no aquellos, todos somos, nadie es, y la mafia se ríe y se ríe desde su cómodo sueño.
Qué ganamos. Que cada quien lea lo que tenga que leer, y lo que quiera leer.
Me causa tristeza, insisto, en que tres compañeros inteligentísimos y de grandes vuelos poéticos como Bautista, Bravo Varela y De Pablo tengan que recurrir a mitomizar la figura de un camarada, el tiempo pondrá en su lugar a los poetas, pero bueno, cada quien sus búsquedas.
Como lector de poesía les comparto a los interesados. En verdad, adquieran el excelente libro compilatorio Escribir poesía en México, se que no se van a arrepentir.

ENTREVISTA


                                   
 ¿Qué es una editorial en estos momentos?
La pregunta es ambigua. Yo sólo puedo hablar de lo que es y ha sido mi experiencia como editora: un trabajo que implica amor por la palabra, deseos de promover a la joven literatura y sus autores, y todo lo que implica un trabajo completo en el que se toman miles de decisiones hasta que el libro sale de las prensas.

 ¿Qué se necesita  para ser publicado en Literalia?
Depende. Ahora trabajo también con autores de otros estados de la República y con extranjeros. Lo primero es que el libro me guste y tenga calidad Literaria. Luego viene el asunto del diseño, la diagramación, etc., hasta llegar a la impresión: cómo, cuándo, cuánto va a costar y cómo vamos a cubrir esos costos de producción. A veces coeditamos con instituciones, otras con el autor o con empresas interesadas en patrocinar; en fin, cada caso es distinto.


¿Sabemos   que  tienes  un  programa de radio,  que  día se  transmite y a qué  hora?
Los  viernes  en Jalisco radio, en FM 96.3 y AM 6.30, a  las 8 PM,
Se llama “Al pie de la letra”, y vamos sobre el séptimo año en esta última etapa. La primera comenzó en 1983

¿Qué   opinas  de las revistas  electrónicas,  actualmente?
Está   bien, es parte de la época que vivimos, aunque me guste  más el texto impreso.  No he tenido la oportunidad de  leer  una revista electrónica completa, debido a  mi  trabajo, pero voy a darme el tiempo para hacerlo.

¿Cuáles  son tus  proyectos  para este  año?
Estuve muy mal de salud a principios de enero, y creí que no iba  publicar; sin embargo  ahora  trabajo en  aproximadamente  diez  libros que saldrán este año. Yo no tengo proyectos, éstos llegan a mí sin buscarlos, y eso me gusta, porque la vida es así, llena de sorpresas.

¿Cuál   es  la  página  de  literalia  editores?
http://literaliaeditores.net/  Es una página muy completa donde tenemos de todo lo que pueda interesar a un escritor  y al público en general.

¿Cuál  es el nombre de tu maestro?
Arturo  Rivas  Sáinz.
   
Además de  México,  ¿dónde  más se  distribuyen  tus  libros?
En  España y 19 países de Latinoamérica, pero siempre ando buscando mecanismos para el envío, porque es muy  costoso  el flete, a veces más  que el de publicación
  
¿Qué  hacer  para  que los jóvenes se interesen  por  la lectura?
Tenemos  libros  infantiles, en la Col. “El preguntón”,  en la que nos proponemos poner a trabajar los dos hemisferios del cerebro del niño, para que, además de encantarse con la lectura de los cuentos, los comprenda. Esto, creemos, hará en el mediano plazo de estos niños, adultos lectores. También trabajamos con el cuento ilustrado  para adultos en la Col. “Los rápidos”, que son  gratuitos y se distribuyen en secundarias y preparatorias, tomando en cuenta que la imagen ha llegado a ser un factor casi indispensable contra el que nada podemos más que unirnos. Estos cuadernillos han gustado mucho a los estudiantes, porque los  pueden  leer  en el camión, son breves y tienen acción.  

¿Cuántas  publicaciones   tiene  Literalia  Editores  actualmente?
Andamos llegando a los ciento treinta en este mes.

¿Cuáles  son las librerías, donde encontramos los  libros  de Literalia?
En  Fondo de  Cultura  Económica, en Librerías Gonvill, en la Mariano Azuela, así como  en otras pequeñas librerías de la localidad  que no son muy conocidas.

¿Cómo  editora  qué  esperas de un escritor?
Calidad literaria.

¿De las bellas artes, ¿qué nos  puedes decir de la Literatura?
Que es la madre de todas las artes. Cada arte precisa de la palabra para explicarse; la necesitamos para juzgar el valor de un cuadro, de una bella danza o de un sinfonía. También para describir la grandiosa arquitectura. En fin, muchos no estarán de acuerdo, pero es mi opinión.

IGUANAZUL

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