UN POCO DE:
Jorge Luis Borges:
“El oriental”
Georgie
le decían en casa desde su infancia, sus lectores como Borges, así a secas lo
conocimos. Este escrito no trata de analizar ni la obra, ni la vida, ni su
ideología del que sin lugar a dudas fue uno de los más brillantes y polémicos
escritores de nuestra América Latina.
Simplemente
se trata de ver la conexión de Borges con el Uruguay, con su capital
Montevideo, con Paysandú o con esa “Banda Oriental” que él llamaba así
cariñosamente retrotrayéndose en la historia rioplatense.
En
las venas de Jorge Luis Borges corría sangre oriental, según él, había sido
concebido en la República Oriental del Uruguay, específicamente en el
departamento de Paysandú.
Su
abuelo paterno el coronel Francisco Borges Lafinur había nacido en Montevideo y
falleció en la batalla de La Verde. Borges le dedicó el poema al coronel
Francisco Borges (1833- 1874).
Durante
una entrevista al ser interrogado por su amor a la Banda Oriental (así llamaba
al Uruguay con gran afecto y respeto) comento que una vez su padre muy
seriamente le había dicho que el lugar de nacimiento de un hombre no era sólo
donde este nacía, sino donde había sido concebido.
“Desde
este punto de vista puedo considerarme oriental”, dijo Borges.
Su
relación con el Uruguay la encontramos en su Autobiografía, la cual inicia de
la siguiente manera: “No puedo precisar si mis primeros recuerdos se remontan a
la orilla oriental u occidental del turbio y lento Río de la Plata; si me viene
de Montevideo, donde pasábamos largas y ociosas vacaciones en la quinta de mi
tío Francisco Haedo, o de Buenos Aires”.
En
un tema “sagrado” para ambas orillas del Plata (Argentina y Uruguay), como es
el del tango, Borges decía que éste había nacido en Montevideo: “El tango nació
de los compadritos que habitaban los suburbios del Río de la Plata,
probablemente en la orilla oriental”.
Jorge
Luis Borges, da a conocer esto en su poema “Milonga para los orientales”.
“Milonga
del primer tango/ que se quebró, nos da igual/ en las casas de Junín/ o en las
casas de Yerbal/”. Las dos últimas son calles que pertenecen a la Ciudad Vieja
de Montevideo.
Borges
ambiento algunos de sus cuentos en la capital del Uruguay. La investigadora
uruguaya Ana Inés Larre Borges ha señalado que Montevideo aparece en su
literatura como “un refugio civilizado para quienes huyen de la barbarie”.
Recordemos
que una vez al preguntársele a Borges que pensaba del sol, respondió: “Estoy
podrido de literatura. No podría responder hablando, del sol, no tengo el
hábito de pensar directamente en el sol, sino en imágenes, en textos, en
relatos del sol”.
Ese
sol, que una vez en una entrevista en el año 1963 dijera: “El sol por las
mañanas, suele pasar por San Felipe de Montevideo antes que por aquí”.
Montevideo
siempre estaba presente en la mente de Borges, ante una pregunta que le
realizara Seamus Heaney (Premio Nóbel de Literatura 1995) en una entrevista
realizada en 1981 sobre el modo más que el material de los sueños lo que
principalmente influye e inspira su obra, la respuesta incluye el
cuestionamiento. ¿Estoy en Buenos Aires o en Montevideo?
Esas
dos ciudades que para Borges siempre formaron parte fundamental de su vida,
aunque no esté en ninguna de ellas. Cuando regresó de Europa en 1921, Borges se
lanzó con pasión al redescubrimiento de la Argentina y, más particularmente de
Buenos Aires, como lo muestra en esta estrofa del poema “Barrio” del libro
Fervor de Buenos Aires:
Esta ciudad
que he creído mi pasado
es mi porvenir, mi
presente;
los años
que he vivido en Europa son ilusorios.
He estado
siempre (y siempre estaré) en Buenos Aires.
El
poeta Jorge Luis Borges en unos versos magistrales nos pinta así a la capital
de la República Oriental del Uruguay:
Montevideo
Resbalo
por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive.
La
noche nueva es como un ala sobre tus azoteas.
Eres
el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente.
Eres
nuestra y fiestera, como la estrella que duplican las aguas.
Puerta
falsa en el tiempo, tus calles miran el pasado más leve.
Claror
de toda la mañana, nos llega, sobre las dulces aguas turbias.
Antes
de iluminar mi celosía tu bajo sol buenaventura tus quintas.
Ciudad
que se oye como un verso.
Calles
con luz de patio.
Lic.
Washington Daniel Gorosito Pérez
e-mail: wd_gorosito@yahoo.com.mx
Propiedad de
Administrador
NARRATIVA
Abril 11
Algún día podrás
regresar. Entonces escucharé tu voz y lloraré como un
niño reparando las
paredes de la casa abandonada.
Alejandro Jodorowsky
Por Manuel Hinojosa
Herrera
Alguna
mañana leí sobre lo interesante que resultaba la vida de turista y salí a
recorrer el barrio, con todas mis pertenencias en la mochila: una cámara sin
rollo, alguna clase de mapa y una guía fotográfica de viaje un tanto
desactualizada. Al llegar a la estación, una niña que pretendía haber cumplido
ya varios años era un solo intento, continuo, por entablar alguna conversación
ocasional con cualquiera que estuviera cerca lo suficiente para escucharle.
Cambiaba
de interlocutor sin al parecer perder la continuidad de su relato. No resultaba
complicado sentada sobre la única banca, la única sombra, frente a la única
ventana, donde se expedían los boletos. Ahora lo sé.
—
saila sheljom insha amatamisha aitimushala tekashkum kuskung tejanbinim
busotaklardam oparin’naa salamadi bushindam yalamadim koloamadim aitisalaja
umlemaje afejal olabililim afejat karakushum asdegumbsiri mashuljateni aduadum
nederebum... Permanecí bajo su hipnosis todas sus horas, una en una. Cuando su
voz comenzaba a deshidratarse yo corría por una botella de agua para que no
interrumpiera su relato, tan apasionante, seguramente sobre lugares tan
lejanos. Era justo lo que me hacía falta: aprender una lengua extraña. Y fue
eso, inventar una lengua, su propia lengua de extranjero, lo que había hecho
aquella niña tras
descubrir
que la última persona viva que le conocía le convenció de iniciar un viaje y
luego le abandonó en aquella estación, hacía ya todos esos varios años que
pretendía haber cumplido.
Entonces
lo supe dos noches más tarde cuando dieron conmigo y nos llevaron a los dos a casa.
Quizá ahí empezaron todos mis viajes.
Una
extranjera en mi casa. Desde entonces el desayuno cada mañana se había vuelto
un acontecimiento muy interesante que iniciaba con tímidos pasos bajando por la
escalera. Una vez que conseguí aprender tu lengua lo suficiente me platicaste
sobre las costumbre de tu familia en el jardín y sobre un eremita viviendo
dentro de tu casa que te contaba cuentos y me invitaste a escucharlo. Así
empezaron las expediciones por la tarde a la casa del castaño.
Del
muro que formaba la ventana queda una grieta y los rastros verdes del trasminar
de la lluvia. Pinceladas herrumbrosas atardecen sin cristales de colores,
escurren sobre tres tablas que fueron puerta, colgando. Cierto rechinar de
goznes aún pendula, acordes corroídos que recuerdan tiempos bajo el dintel.
Dentro,
un andrajo eremita con su aliento a madera podrida canta. Susurra un lamento costroso,
fragmentado, de argumentos envejecidos para cautivar a las horas de pelo largo
y desnudas que danzan en trance.
En
esa quietud inicia su relato, un leñoso crepitar que rumoran árboles olvidados
y olas diluyéndose de hojas secas que se arrastran. Como árboles murmurando al
aire libre en un progresivo viaje a lo recóndito. Todo poseía significado.
Suficiente para tatuar cicatrices en alguna parte dentro de su cabeza. Algunas
demasiado profundas, rasposas. Comienza a
resultarle
normal la idea de querer olvidar e intenta leer sus cicatrices, deslizando la
punta de un dedo como un pincel barriendo arena pero al llegar al borde de cada
hoja en su cabeza, escurre de su dedo una gota que ha recogido toda la tinta de
ese elaborado sistema de escritura. La literatura de un ayer perdido escrita en
deshilachados recuerdos con los que zurce sus harapos. Sentado sobre una
alfombra de tierra cubierta con hojas secas que escurren de sus orejas. Durante
una lenta exhalación incorpora su espalda, la estira en arco mientras dirige la
mirada de sus ojos cerrados hacia arriba. Nubes jugando con sus marionetas.
Sombras lentas sobre nosotros. Representan sus recuerdos de nuestros juegos. Te
persigo calculando la distancia por el sabor de tus preguntas. Sorbo niebla
marina. Se arrastran en mi boca errantes herejías cazando grillos por entre tus
pecas. Invocas travesuras de cabello enredado que cepillas descalza. Bordas tu
piel con flores y pájaros que danzan tatuando en mi rostro pies arrugados. Del
parlamento solo reconozco nuestra risa. Entonces.
Solo
podía hablarte de borregos. Sobre enmarañar tus atardeceres rizados. Desenredar
las mañanas con olor a leña. Descubrir recostados palabras entre la hierba,
despojos, los primeros brotes traídos flotando en agua caliente, nosotros
enebro. — ¿ entonces cómo funciona ? Entonces. Era una lengua áspera
aprendiendo tus contornos. Y terminó hablando sobre ti. — Serás una lengua que
perdió su hablante. El sabor del algodón salado alguna vez bastó. Entonces no
lo sabía, me encantaba venir a escuchar los relatos del castaño y llegaba a esperarte
junto a la fuente. Ahora el hueco del muro funciona como hostal para
golondrinas.
Por
las tardes recogía las hojas y por cada tarde me prometieron una moneda. Habría
comprado el primer rollo para la cámara del abuelo. Nunca había recibido una
parte de herencia. Imaginaba que podía mostrarte mi vida a través del lenguaje
que yo entendía y usar unos ojos heredados sería recordar a través de esas
imágenes con las que yo crecía. Cuando la cantidad de monedas habría sido
suficiente pasaría la tarde sentado aquí bajo la sombra, recargado en el tronco
del castaño, contando una en una todas mis monedas. Las promesas entonces no
valían tanto y recibí a cambio una libreta muy vieja, era del jardinero que
plantó
el
castaño. El jardinero la había destinado para quien se hiciera cargo de su
árbol. Pasé el resto de ese día sentado frente a la tienda del fotógrafo hasta
que le vi cerrar la cortina y luego le seguí hasta la cafetería. Más tarde
bebía mi primer café observando el fruto de mi trabajo, el primer fruto de mi
trabajo. Un castaño que viene de Värmdö. Dice que ahí había un jardinero turco
quien mantenía viva, a su manera, la costumbre de sus abuelos en Akyatan Gölü
Karataş: regalar un café al aprendiz del maestro artesano cuando vendía su
primer kilim y bebían juntos mientras narraba los colores y nudos de lana que
acababa de vender. Que quizá cuando terminó su primer kilim para vestir a su
primer árbol se inició como jardinero.
Aquella
historia me llenó de mis historias: yo un aprendiz de maestro jardinero
bebiendo café; quizá por eso no me resultó tan decepcionante tener que pagarlo
y beberlo a solas.
Es
justo la hora en que las hojas convierten al atardecer en un paisaje con todas
las tonalidades del otoño. Ahora me apasiona encontrar en el espresso sus
matices rojizos entre la crema color avellana, los colores de tu cabello sobre
tus pecas. El patio del castaño lo habían convertido en la mejor cafetería con
las mesas alrededor del árbol. Me siento en la mesa desde donde puedo ver toda
tu espalda. Tu piel parece impregnada por las tonalidades de la tarde
bronceada: cacao, ayacahuite, haya, arcilla terracota. Sudas pequeñas gotas de matices
brillantes por tu cuello y tus hombros. Tu blusa de algodón húmedo tejida a
mano.
Llueve
y parece que aquí las gotas no mojaran, todos caminan muy lento, el tiempo
parece suspenderse entre las gotas que caen esperando a que deje de llover. Tu
cabello ondulado, largo, cubre parte de tu espalda y la mitad de tu rostro; cae
sobre el libro. Entonces el castaño ya era el más viejo de por aquí. Me
resultaba imposible imaginar alguien plantándole pues la casa fue construida
cuando el castaño ya vivía ahí y decidieron diseñarla en torno a un patio con
el árbol al centro. La muerte del jardinero entristeció a todos y conseguir que
carambuco volviera a comer te llevó semanas en las que descubriste la gran
variedad de huesos en un esqueleto de perro. La libreta estaba empastada con
piel muy antigua que ya se desmoronaba y atada con una cuerda de lana trenzada
entretejida con elegantes nudos de marinero.
Sin la cuerda era imposible mantenerla cerrada pues todas sus hojas estaban hinchadas,
arrugadas y oscurecidas. Llena de trazos, consecuciones al azar, superpuestos y
algunas palabras escritas en alguna lengua. Más propios de una carta trazada
por un gran
navegante
que de un jardinero turco. La lluvia ha entretenido al tiempo medio libro de espressos.
Buscas
una banca con dos sitios contiguos, te sientas colocando tu mochila a un lado,
colocas la cámara sobre tus piernas e intentas cambiar el rollo. Yo levanto la
mochila con una mano y con la otra te ofrezco un café, me siento a tu lado y
termino de cambiar el rollo, — la gastronomía de este café está considerada
como una de las más importante de por acá, es exquisita.
—
ne govorim španjolski
—
ja ja ja je ... es el punto de encuentro de toda la vida nocturna, aquí. Ahí
mismo podemos cenar, ha reunido el paladar de diferentes pueblos, en una
gastronomía muy rica y variada, sana, equilibrada. Podríamos recorrer juntos
las rutas de los vinos locales reconocidos en todo el mundo...
dekirudake
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Nido
ajeno
Por Nuria
Sierra Cruzado
Los gemelos
apretaron la cara contra el cristal y con los ojos muy abiertos le preguntaron,
“papá, ¿ese es nuestro hermanito?” No
supo qué decirles, ¿quién era ese cuerpo que se retorcía en la cuna de
plástico? Una pelusa marrón le tapizaba las piernas zancudas. “No, no quiero cogerlo, papá”, la niña
negaba agitando las manos. Las abuelas tampoco supieron sacarle parecido ¿de
quién eran esos dedos arqueados?
En la primera
planta del chalet se apilaban los pañales sucios. El bebé no paraba de llorar,
noche y día, reclamando alimento. Ni siquiera el vómito era síntoma de
saciedad, sino el principio de otra petición. Solo se calmaba en el regazo de
su madre que le miraba como si estuviera a punto de caer de un pozo.
Una madrugada
el padre se asomó a la cuna. El bebé movía en círculos los ojos abultados. Sacó su carnet de identidad de la cartera,
sintió la certeza del parecido con su foto y no pudo soportar la semejanza. Hay
pájaros que se caen del nido, pensó mientras arrastraba la cuna hasta el primer
escalón.
Allí,
en la basura
Por Francisco
Carrascal
A
ella, la soledad le hacía mella desde hacía ya demasiado tiempo, reclamándole
su tajada con descaro e insistencia. La vida le había sido cicatera, no le
había regalado mucho; aunque, en cierto modo, tampoco la maltrató en exceso.
Problemas, como todos; alegrías, las precisas, como casi todos.
Sin
embargo, hoy le sonó una hora. El destino quiso hacer honor a su nombre. Poco
podía indicarle que esta vez iba a despegarla del suelo, que le iba a otorgar
un regalo que con mayúsculas tendría que nombrarse. Un regalo de esos que no
llevan papeles de colores, ni celofanes, ni dedicatorias, que no se dan en
aniversarios ni en cumpleaños.
Después
de cenar la misma cena triste de la noche anterior, y aprovechando el
intermedio de aquel absurdo programa que la absurda televisión le ofrecía,
comenzó su liturgia nocturna. Recogió la mesa, tiró los desperdicios en la
bolsa de basura, y la anudó de manera mecánica. Cogió la llave de casa y llamó
al ascensor que la llevaría a la planta baja, abrió la puerta de la calle y se
dirigió a la esquina del bloque, donde estaban los contenedores. De manera
refleja abrió la tapa para arrojar su bolsa azul y cargada, y la tiró. Cuando
se extinguía el sonido que la bolsa de basura produjo en el afán de acomodarse
entre las otras bolsas, y los olores a putrefacción le recordaban que estaban
todavía apurándose los últimos días del verano, escuchó un sonido extraño.
No
era un sonido de animal, tampoco parecía de no animal, quizás de algún tipo de
juguete, de artilugio creado para entretener y que ya sólo palpitaba en su
final de juego roto. Cerró la tapa y se dio la vuelta, justo en ese instante
éste se hizo más ruido, ¡como llamándola! Estaba agotada, así que lo ignoró,
dio tres pasos más y algo en su interior le demandó que se detuviera. Se dijo,
“es un juguete, vete a casa, acaba de ver ese absurdo programa, queda media
hora y luego a dormir”, quizás el sueño traiga esta vez consuelo. No echó
cuenta a su conciencia de mujer cansada. Recriminándose lo estúpida que estaba
siendo, volvió a dirigirse al contenedor, a ver por pura curiosidad qué resto
de juguete emitía aquel sonido tan extraño.
Abrió
la tapa, los olores de nuevo inundaron su cerebro, después de pasar por su
nariz. Alzándose de puntillas tuvo una
mejor visión de lo que en el contenedor había. Y allí, entre las inmundicias
que nadie quería, en la basura, la encontró. Encontrándola, al hacerlo,
encontró ese sentido que le demandaba hacía tiempo a la vida.
A
pesar de que sólo unas pocas horas le acompañaban en este mundo que le estaba
siendo tan ingrato, atinó en el momento preciso a abrir unos ojos azules,
inmensos, lúcidos, transparentes y redondos. Al abrirlos cerró su boquita, y
calló como no queriendo llamar la atención por más de un camino. Aunque dicen,
aquellos que de casi todo saben, que los niños tan pequeños no saben sonreír,
ella sonrió. ¡Y lo hizo de tal forma!, enseñando de manera generosa unas encías
desdentadas y brillantes. En ese momento la protagonista de nuestro breve
relato sintió un rayo de estremecimiento. Mirándose mujer nueva y mujer
encontrada, en un vínculo de luz y ternura, de necesidad mutua y recompensa que
duraría los próximos veinte años que por este mundo ambas coincidieron.
Un
corazón pudo casi detenerse en el instante, mientras que otro, diminuto,
palpitaba con tanta fuerza que parecía de otra realidad, lejana y cierta,
inmensa y concreta al mismo tiempo. Volvió a alzarse de puntillas y con sus
temblorosas manos asió a ese ser de la inmensidad, que volvía a sonreírle,
aunque esta vez desde la gratitud y la tranquilidad que da el trabajo bien
hecho, pues la niñita supo seducirla de la manera más auténtica de las
posibles, con el instinto como guía, o quizás con la guía de los instintos.
El
azar quiso, esta vez, serle propicio. Sólo fue a bajar la basura, en el camino
seguía negociando con la soledad los despojos que le tocaban, y en la basura,
donde la gente echa lo que no quiere, ¡ella lo encontró todo!
Crónicas
intempestivas,
por Valentino Wajciechosczaf
Mi madre tiene una gata o, mejor
dicho, una gata tiene a mi madre. ¿Qué pasa cuando un animal se convierte en el
más próximo horizonte de existencia de una persona? Jean-Paul Sartre tenía esta
frase: “Cuando se quiere demasiado a los animales y a los niños, se les quiere
en contra de los hombres”. Recuerdo que
un día (no este, sino aquel), en un parque zoológico, apareció un hombre que
tenía a su hijo atado a una especie de correa acabada, a modo de collar, en
cuatro partes que le cinchaban el pecho, lo que provocó el comentario de mi
compadre Nene: “¡Otro que no pudo tener perro!”. Para añadir un elemento al
tema, confesaré que durante unos meses trabajé en una empresa dedicada a la
comida para perros y gatos. Esta empresa – de cuyo nombre no quiero acordarme-,
disponía, para elaborar sus productos y sus estrategias comerciales, de un
elenco muy variado de razas, tamaños, pesos de animales que los empleados
llamaban los Invitados. Era evidente
que antes de poner en acción sus mensajes publicitarios destinados a los
dueños, tenían que satisfacer el olfato y las papilas gustativas de sus Invitados. Pero tanto en la manera de
referirse a ellos como en el trato que les reservaban, los Invitados no distaban mucho de recibir un cuidado que muchos
humanos acogerían más que gustosamente.
La relación entre seres humanos y
animales, cuando no se trata de una relación únicamente basada sobre la
alimentación, suele ser por lo menos curiosa. Lo que Freud llamaba transferencia remite a una manera
inconsciente de revivir afectos, expectativas y deseos infantiles reprimidos.
Otro término, vinculado al anterior, la contratransferencia,
trata de la manera que tiene el analista de no interferir, con sus propias
transferencias, con los contenidos psíquicos del analizado. ¿Intentará el gato
de mi madre no interferir con los contenidos psíquicos de mi madre? ¿Tiene mi madre
afectos infantiles reprimidos? ¿Su gata tiene conocimientos de psicoanálisis?
¿Estamos todos locos? Recuerdo que uno de mis profesores (filósofo, matemático
y enólogo) solía decir, entre bocanadas de su habano, que éramos todos
“normalópatas”? Sin embargo, hay que admitir que la normalidad tiene muchos
grados, unos cuantos rozando con la neurosis, dentro de la cual no puede faltar
la relación entre seres humanos y animales. De hecho, cuando oigo a mi madre
decir “Mi bebe de amor, cariñito” a la dichosa gata, no acabo de entender si su
gata es la única persona en el mundo digna de su afecto o si ha decidido que el
perímetro más válido de su relación con el mundo no podía extenderse más allá
del de su gata, lo que implica que sólo se puede entrar si uno está invitado.
¡Ostras!, entonces, ¿cuál es el invitado del otro?
El otro día (ya se sabe, no este, sino
aquel) vi un caniche rosa. Dado que no consumo drogas y que bebo con constante
moderación, no se podía tratar de una alucinación. Era realmente un caniche y
había pasado sin duda por las manos de un peluquero canino que le dejó el pelo
de color rosa. Si se busca por internet y, en santo Google, se introduce la
frase “perros o gatos que se parecen a sus dueños”, encontraremos imágenes más
que elocuentes. No extraña, pues, leer que unos gastan hasta 1300 euros al año
sólo en comida para su mascota. ¿Es necesario recordar que esta suma representa
casi el doble de los recursos medios por habitante de países como Sierra Leona?
El concepto de “pobreza en mundo” o Weltarmut, que Martin Heidegger desarrolló para definir a los animales en
unos de sus libros más emblemáticos, Los
conceptos fundamentales de la metafísica: Mundo – Finitud – Solitud
(publicado en 1983, ocho años después de la muerte de su autor), se articula
con otros dos términos: Weltlos, sin
mundo, como lo es la piedra, y Weltbildend,
formador de mundo, como lo es el hombre. Este último concepto remite al tajante
rechazo del filósofo en el momento de aceptar definir al hombre como animal
razonable, o como ser vivo dotado de lenguaje o de razón, por la sencilla razón
que el ser del hombre no puede ser determinado por lo que se le añada, es decir
que el ser humano ES lenguaje, y ES razón.
Pero, ¿qué pasa cuando mi madre mira a su gata y pronuncia en un suspiro
tan admirativo como desolado: “¡Sólo le falta hablar!”?
Define a su gata por lo que, para
ella, es su principal carencia, lo cual no deja de sorprender. De hecho, si
apuntáramos en esta misma dirección, ¿no nos conduciría a concebir el rábano por
su falta de sonrisa…? Quizá esté subrayando, más que lo que la separa de su
gata, lo que le acerca a ella, lo que Aristóteles, en su De Anima, llamaba threptikon
(que se podría traducir por “potencia nutritiva”) y que el filósofo expone así:
“Llamamos threptikon esa parte del alma que comparten hasta los
vegetales”. Y si mi madre se pasa el día preocupándose por saber si su gata
tiene hambre y dispone en su plato de toda la comida necesaria a su saciedad y
felicidad (¿la de mi madre o la de la gata?), y dado que la gata no caza ni
tampoco acciona el más mínimo principio de movimiento para expresar su hambre,
el threptikon ES mi madre. Mi madre
se ha convertido en la potencia nutritiva de su gata, como el humus para el
rábano. ¿Será la gata de mi madre un rábano?
Pero no nos desviemos. Pues sí, eso
dice, ¡Sólo le falta hablar!, pero
como mi madre se pasa el día hablándole, podemos concluir que habla por los
dos. Quizá, al fin y al cabo, la gata de mi madre sea un ser humano cuya
animalidad le sobre... Esto me hace pensar de repente (y que nadie me pregunte
por qué) a esta exclamación que algunas mujeres ofrecen a sus amantes
sexualmente muy cumplidores: “¡Eres un animal!”. ¿Qué quieren decir
exactamente? Entonces, que estas parejas zambullidas en los efluvios del placer
hayan conseguido unir la Weltarmut de
uno a la Weltbildend de la otra y así
configurar un espacio mundano autosuficiente tan placentero como efímero (cada
coito tiene sus límites…), parece ser digno de admiración, por no decir de
envidia. Quizá, la misma pareja haya logrado resolver el mito platónico del
andrógino y cada parte del dúo haya opuesto a la desconsolada pérdida de su
mitad una totalidad inalterable. ¡Qué cosas tienen algunos!
Hablando de animales, esto también me
hace pensar (¡desde luego, qué día tengo!) en el libro de Michel Onfray, Cinismo. Retrato de los hombres llamados perros (1990) cuando
escribe: “Filósofo es
aquel que, en la sencillez y hasta en la indigencia, introduce el pensamiento
en su vida y da vida a su pensamiento”; “Diógenes detesta más que nada a los
hombres que contribuyen con ardor y determinación a su propia alienación y se
abandonan al azar y la suerte con la mayor de las pasividades”. Si
hablamos de la relación de mi madre con su gata en términos de pensamiento
obsesivo y si observamos que esta gata se pasa más de media vida durmiendo, me
pregunto: ¿da vida a su gata para introducir pensamiento en la suya? Además,
cuando le pregunta “¿Qué pasa?”, “¿Qué dices, belleza mía?”, ¿será mi madre más
cínica de lo que pensaba al querer introducir el pensamiento en la vida de su
gata?
Sin embargo, el cínico es como un perro vagabundo y
sin amos, pero siempre cuando la relación de dependencia sea muy marcada, y en
el caso de mi madre y “su” gata, la frontera dista mucho de ser tan definida.
Quizá la gata sea una extensión analfabeta y ágrafa del propio ser de mi madre,
y con este encuentro, hace más de diez años, hayan unido las dos, como los
amantes edénicos antes mencionados, Weltarmut y Weltbildend, y vivan en plena armonía dentro de su perímetro de felicidad. Por lo
menos es lo que les deseo.
En cuanto a los que se hallan fuera de
cualquier recinto paradisíaco, puede que el último apunte de esta crónica les
saque una sonrisa o una lágrima, según se mire. El 30 de agosto de 1755,
Voltaire escribió una carta a Rousseau, después de haber leído su ensayo
titulado Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, ensayo donde Rousseau
expone su teoría del buen salvaje[1]. En esta carta, Voltaire dice:
« Nunca se empleó tanto ingenio en querer convertirnos en bestias[2]
; a uno se le entran ganas de andar a cuatro patas cuando se lee su libro. Sin
embargo, como he perdido este hábito hace ya más de sesenta años, temo que me
será desgraciadamente imposible reemprenderlo ahora, además dejo esta actitud
natural a los que, más que a usted y a mí, son más dignos de ello”. En fin, como
lo dice mi
compadre Nene: “Siempre nos quedarán Pierre Boule y Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad
ibn Rushd”.
Continuará…
[1] Unos años después, Rousseau publicará Emilio, o De
la educación (1762). En este libro, el autor desarrolla las razones de la
infelicidad del hombre y escribe: “Que sepa que el hombre es naturalmente
bueno, que lo sienta, que juzgue al prójimo por sí mismo; pero que vea cómo la
sociedad deprava y pervierte a los hombres”.
[2] Aquí,
un juego de palabras difícilmente traducible. El original dice: “à nous rendre
bête », lo que significa tanto « convertirnos en animales » o
“bestias”, como « volvernos tontos ».
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ENSAYO
Los innecesarios textos
Por Adán Echeverría
El 16 de abril de 2011 el escritor Heriberto Yépez causa revuelo entre
un sector de lectores y escritores de México con la nota Qué chula mi narcocultura,
donde apunta: “Es
frecuente que la intelectualidad nacional pida la legalización. Yo también
estoy a favor de ella, pero estoy más a favor de que mientras la droga sea
traficada por personas sin escrúpulos —narcos o policías, militares,
funcionarios corruptos— seamos radicales: renunciemos al narco-consumo. Vamos
al grano: el consumidor de droga mexicano, junto con el gringo, es el
patrocinador directo de todos estos asesinatos.” Mientras leía la discusión que
se armó al respecto, pasaba las páginas del libro Escribir poesía en México que apareciera en 2010, por Bonobos
Editores, en su colección Postemporáneos, y me detuve en estas líneas de
Maricela Guerrero: “Naturalmente la forma de hacer crítica en nuestro país ha
oscilado entre el ninguneo y la ofensa, (…)”, y entonces para saldar la
discusión ñoña sobre cruz cruz cruz que se vaya el narco y venga Jesús, me
quedé con mi propio ideario ¿por qué son peores la coca y la mota, o las demás
drogas duras que el cigarro, la taurina, la cafeína y el alcohol? ¿Por qué
tenemos permiso de emborracharnos a libre albedrío y no fumarnos un churro?
¿Por qué? ¿O acaso los poetas, aburridos en ocasiones, tenemos que denostar los
ideales del otro para no llegar a nada, y tener el sano pretexto de escribir?
Sobre la
discusión, Vivian Abenshushan contesta: “Hace meses que no prendo un churro,
pero si lo hiciera, no tendría por qué sentir que estoy, por eso, del lado del
“mal”, como no lo hago cuando acompaño mi comida al lado de mi hijo y mi
esposo, con una botella de vino tinto. ¿Cuál es la diferencia? Que una es legal
y la otra no. Punto.”
Pero qué tiene
que ver esta introducción de unos escritores discutiendo si las drogas son
malas o no, si los que las consumen son responsables directos de los más de 30
mil muertos en los últimos cinco años en México, o si la legalización puede o
no ser una solución. Tiene que ver con que los escritores mexicanos igual son
ciudadanos de esta malograda república y tienen el medio y la capacidad para
poder debatir. Yo lo celebro.
Y lo celebro
porque al revisar el libro Escribir
poesía en México, los compiladores señalan sobre el carácter del proyecto
que “la discusión en torno al binomio arte y sociedad está en el aire”, y van
más lejos al intentar definir lo que el lector encontrará en el libro: “Ensayos
que exploran la pulsión estilística, paratextual y simbólica que entrelaza las
prácticas poéticas contemporáneas con la dinámica social, cultural y política
de nuestro país.”
Agrupados por
Santiago Matías, director del proyecto Bonobos Editores, y los poetas Julián
Herbert y Javier de la
Mora, los ensayistas compilados se cuestionan el presente, se
contradicen y confrontan entre sí, lo que establece un atractivo espacio para
la discusión. Cuál es el siguiente paso, que llegue a los lectores. Sirva este
pequeño texto para informar y enseñar un pedacito del trabajo que los autores
compilados y sus compiladores encierran en el libro Escribir poesía en México.
Desde ya
quisiera invitarlos a tener el libro, creo, sin temor a mentir, que contiene
ensayos que puedo considerar imprescindibles. Aclaro que puede tratarse de mis
propias búsquedas, pues como afirma Tedi López Mills (1959) “Sus miembros
señalan: esto es poesía, esto no es poesía y, generalmente, la que aprueba el
examen se asemeja a la que escriben ellos. La tradición se busca en los otros.
Como si el conocimiento sólo pudiera ser autorreferencial”.
A mi gusto son
de destacar, además del trabajo de López Mills titulado “Poesía y tradición
desde el ahora”, los trabajos de Luis Alberto Arellano (1976), Ernesto
Lumbreras (1966), Maricela Guerrero (1977), y para todo editor en México el
texto que nos deja León Plascencia Ñol (1968); volviendo con lo mismo, quizá
puedan ser mis búsquedas, pero en estos textos uno se siente contaminado por la
actualidad, por el deseo el poeta de mirar su mundo, de sentir desde el ahora,
de reconocerse como lector dentro del “drama” vivencial que los autores
desarrollan.
Arellano nos
narra el paso de tallerista literario a punto de tirar la toalla por la
burocracia imperante en un reclusorio donde “Todos los lunes, durante dos años,
llegaba a medio día (…). Cada lunes en ese pasillo me preguntaba si valía la
pena dejarlo y no volver la siguiente vez.” Con una prosa limpia, serena,
clara, anecdótica, llena de camaradería te lleva de la mano por las vivencias
que tuvo: “Mis talleristas hablaban mucho sobre lo que los llevó a prisión.
Constantemente revisaban dónde fallaron, por qué los agarraron, a quién
olvidaron sobornar.” Y con base en el anecdotario vivencial del cual deja
testimonio, en ocasiones de manera que hierve la sangre, expone su
planteamiento como creador: “Como otros tantos, he sido tomado por una poética
más inestable que enseñe marcas del proceso y de la persona que participa en
él. Estoy en una búsqueda que no tiene un punto de llegada deseable”.
El texto de
Maricela Guerrero me recordó mucho el de Sylvia Koniecki, Análisis sobre el mito de Kurt
Cobain, (2004) en el que se retrata a la generación de jóvenes nacida en la
década de 1980. Guerrero define a su generación, la nacida en la década de
1970, “(…), una de las preguntas más complicadas de responder a estas alturas
sería aquella que interroga por la pertenencia a un tiempo y un espacio…”.
Luego de definir, con base en su nostalgia, en los recuerdos de su infancia y
desarrollo adolescente, y extrapolar sus vivencias a su generación, con base en
sus lecturas y estudio literario, da muestra de que los poetas que comenzaron a
publicar en la década de los noventa: “… optaron por la búsqueda del lenguaje
en poemas metafísicos con vocabulario enrarecido, en los que se aspira a un
cierto frenetismo verbal con poemas de un grado magnánimo de precisión y exacta
manufactura de altos vuelos retóricos; poemas de lujo intelectual en los que se
aspira a la descripción de estados del alma en tránsito espiritual hacia el
infinito de la música de las esferas, estados del alma viajando en la búsqueda
del sentido sagrado del lenguaje y la eternidad, algo así como la búsqueda de
la divina gracia, poemas en lontananza y amadas etéreas inalcanzables (…) ,
poemas en los que se prescinde de lo biográfico o histórico y se adopta una
postura de iluminado en trance en loco afán contra la corporeidad que tanto nos
ata a este mundo material, caduco e incierto”, con en encantador tono burlón.
La intención de
la autora se logra, leer este ensayo sobre la generación de poetas mexicanos
nacidos en la década de 1970, da muestra de un ojo avizor que todo creador debe
tener. El poeta es un ciudadano más con credencial de elector. Que vive y
convive dentro del mismo contrato social, y desde ahí, se aisla, se corrompe,
se rompe, se desborda, se aniquila y se vuelve a levantar para decir: existo
existo existo.
El trabajo de
Lumbreras es una crónica vivencial sobre la toma de Oaxaca por las autoridades
federales en el 2006, mientras brindaba una serie de talleres literarios. Un
foto reportaje de imágenes poéticas narradas. Como lector puede uno estar ahí,
caminar con el autor y sus talleristas en las noches oaxaqueñas, de barricadas
y bombas molotov. Sentarse con ellos a discutir la necesidad de la poesía en la
sociedad: ningún poema ha servido para aniquilar a un tirano, para destruir un
imperio, para sacudir a un pueblo y encaminarlo a la revuelta, y no ha dejado
de hacerlo. El texto de Lumbreras es genial, pues como dice López Mills: “Nunca
he sabido qué obligaciones tiene el poema”, y en el texto de Lumbreras uno
puede palpar y darse cuenta de esa aseveración.
Estos tres
ensayos sobresalen por su factura, por su intencionalidad, su denuncia,
interrelación y claridad. Textos que muestran, enseñan, educan. A ellos puede
uno sumar el de Plascencia Ñol; el trazado de una ruta como editor, texto
confesional necesario para todos aquellos que quieren dedicarse a la edición de
libros en México, más si la intención son libros de arte, más si se trata de
libros de poesía: “Editar poesía es una aventura fallida. Sólo la obsesión
permite seguir. Editar es el arte de la suplantación.”
Trece ensayos
más los acompañan. Todos dignos de mayor discusión que la que me atrevería a
señalar en estas líneas. Textos que invitan a reflexionar en el título y en la
apuesta:Escribir poesía en México. Carla Faesler sobre los diferentes
medios alternativos para la poesía, y un recuento de daños, Myriam Moscona nos
regala un tramado “feisbukero” para desarrollar sus intenciones literarias muy ad hoc. Un adormilante texto de
Pura López Colomé sobre la traducción, que encantará a los puristas y los
interesados en el tema. Un casi-largo texto de Josú Landa sobre el valor y
lugar de la poesía en el consumo preferencial del mexicano promedio: “(…) es
estúpido esperar que la poesía ocupe un lugar más amplio y visible en el actual
orden cultural, si no se le permite estar al tú por tú con la economía, la
política, el deporte, el espectáculo y los noticieros, en los espacios ‘reales’
del presente”.
Son de destacar
tres textos escritos por Juan Carlos Bautista (1964), Hernán Bravo Varela
(1979) y Óscar de Pablo (1979) de amplios vuelos que terminan ahogándose por
ser reiterativamente de apariencia entreguista. En los tres trabajos uno puede
encontrar posturas, intenciones, una vasta cultura y capacidad para el
desarrollo de las ideas, y yo me pregunto: ¿era necesario arruinar su texto
hacia la adulación de la figura de Luis Felipe Fabre (1974)?
Primero el
texto de Bautista va perdiendo vuelo sobre su digresión y apuntes de cómo ha
ido permeando la violencia cotidiana del México bravo hacia la literatura. Toma
como base a Velarde para luego tocar el trabajo y denuncia hecha por Teresa
Margolles en la
Bienal de
Venecia y su ya célebre exposición ¿De
qué otra cosa podríamos hablar?, pasar por Camelia La
Texana, amansar su discurso, controlarlo y subirlo a la poesía
de Villaurrutia, Gorostiza, Sabines, Paz, Julio Ortega, Novo, Reyes y uno debe
acabar diciendo: “El que mucho cita, poco tiene que decir” y ellos solos se
descubren.
Es entonces,
cuando se han agotado las citas, que se abre la adulación: “Abro al azar el
tomo recopilado por Fabre, Divino
tesoro, antología de la jovencísima poesía mexicana, y leo cosas
sorprendentes, que anuncian una sensibilidad inédita.” Yo en verdad que me
quedo con cosas sorprendentes (porque igual abro al azar el Divino tesoro que extraigo de mi librero) y leo
estos versos:
(…)
Ven. Dime
daniel, danielito, niño de aliento
dime lindo,
requetelindo, dolor de espina.
Lindo pájaro
sin patas condenado al vuelo.
Pero ven
aquí, no me ando por las ramas: existo alrededor de un árbol
(colorín o
jacaranda de púrpura estampida). Daniel Saldaña París
Y bueno no me
parecen versos ni cosas sorprendentes, y menos que anuncien una sensibilidad
inédita. En su intervención en Escribir
poesía en México Bautista
recurre a un poema de Omar Pimienta (1979), que no parece tan tomada al azar
como señala. La voz poética de Pimienta permea por sí sola en sus búsquedas
desde mucho antes de Divino
tesoro, pero como dice López Mills: “la que aprueba el examen se asemeja a
la que escriben ellos. La tradición se busca en los otros”.
La cosa no
queda ahí. Cual evangelio sinóptico, Bravo Varela se trepa al ensayo y nos
entrega una lucha entre Avelina Lésper y Teresa Margolles a propósito de la
misma exposición: ¿De qué otra
cosa podríamos hablar? (ajá,
dice uno y continúa). De la misma forma recorre la tradición del arte y las
poéticas, su contaminación o asimilación de la violencia (Eliot, Julio Hubard,
Jorge Hernández Campos, Bertold Brecht, Pier Paolo Passolini, Gorostiza,
Cuesta, Chumacero, Sabines, Segovia, por mencionar algunos de los autores que
nombra y repito: El que mucho cita, poco tiene que decir), hasta caer de nuevo
del cielo escritoril hacia la llanura adulatoria: “En contraste, el dogma
establece la creencia en el ‘poema mexicano promedio’, definido así por Luis
Felipe Fabre: Solemne, formalmente impecable, aséptico, apolítico,
pretendidamente atemporal y sublime, tradicional con uno que otro detalle
moderno: bellísimas aves surcando el éter”. Yo me pregunto si un creador del
talante, sagacidad y capacidad de Bravo Varela requiere de esos trucos cuando
es capaz de escribir: “La poesía mexicana no ha sabido corromperse –es decir,
contradecirse- como debiera: le ha faltado decisión, cinismo, incertidumbre.”
Es entonces que
uno tiene que leer y releer cada uno de estos textos y apartar las intenciones
mitificadotas que los alumnos-compadres quieren hacer de su maestro-compadre, y
quedarse con ¿qué diablos ha querido decir, explicar, proponer, debatir? ¡Que
se arruinen solos, diría el editor!
No bastando,
Óscar de Pablo, en un texto muy rico en soberbia se explaya en un ensayo sobre
el valor de culto y el valor de exhibición. Luego de debrayar al estilo de los
anteriores autores, cita tras cita (Aristóteles, Walter Benjamin, Homero,
Góngora y Sor Juana, Huidobro, Gorostiza, Neruda, entre otros), misma fórmula,
diferente capacidad, con un estilo pulcro, capaz, de fácil lectura si te tapas
la nariz ante el tufo del histronismo ególatra, caminas hasta el final del
texto con un delicioso sabor de ‘chido’, para descarrilarte de nuevo con un: ajá, va de nuevo, porque De
Pablo se lanza con el mismo rubor: “(…) el buen gusto nacionalmente uniformado
(marca del “verdadero poeta serio”) llegó a valorarse muy por encima del poder
renovador de las ideas poéticas de fondo y de forma. El canto del cisne de esta
forma de pensamiento único fue la muestra de poesía El manantial latente (publicada en 2002). Dicha muestra tuvo
el inmenso mérito de reflejar la realidad de la joven poesía profesional de su
momento: una serena uniformidad de gusto que, leída a la luz de los
desgarramientos posteriores, resulta más bien asfixiante”, y uno tiene que
jalarse el cabello y exclamar: ¡qué dijo!
No bastando
este decir se atreve más (habría de celebrarse el atreverse a plantear el
debate, si lo fuera): “Ahora bien, desde el momento de aquella publicación, ha
podido constatarse entre los poetas jóvenes un verdadero cambio de sensibilidad
dirigido a cuestionar radicalmente el ‘estilo nacional’. La muestra de poesía
joven publicada en 2008 Divino
tesoro, que no pretendía ser representativa de la totalidad, sino de la tendencia, consiguió demostrar
la profundidad de este giro”.
Válgame dios, “la
profundidad”, “el canto del cisne”, “el verdadero poeta serio”, “el estilo
nacional”. Como decía mi Tía Evelia: eres como el henequén, te cultivas solo, a
lo que yo añadiría: “dime lo que presumes y te diré lo que careces”. Pero qué
necesidad de adularse unos a otros.
El “estilo
nacional” entre ellos es recurrente: “¿Cómo se inserta, pues, Nosotros que nos queremos tanto en esta pequeña gran historia? Bajo el
amparo, pienso de un risueño y cordial gesto alfonsino: los poetas que
conforman el consejo editorial de El Billar de Lucrecia fueron invitados por
Rocío Cerón, su directora, a participar en la antología; a su vez, ellos tenían
la misión de invitar a otro u otra poeta a formar parte de la muestra. (…) los
lectores deben, a mi juicio, tener en cuenta que se trata de una antología que
se ríe de las antologías…” (Marcelo Pellegrini, Clichés de antología, que sirve
de prólogo a Nosotros que nos
queremos tanto, 2008).
Inscrito con letras de oro al igual que textos de esta naturaleza: “A Divino tesoro no lo mueve, entonces, un afán
canonizador, sino de registro”, dice Luis Felipe Fabre al iniciar el texto
introductorio a su antología, para terminar diciendo: “(…) podría decirse que
los modernos de hoy serán los cursis del mañana. Divino tesoro, desde su título,
quiere evitar el trámite moroso del tiempo, así que se adelanta y asume desde
ya esa gozosa fatalidad”. (Divino tesoro. Muestra de nueva poesía mexicana 2008). Entonces ellos son los modernos. Hasta el cansancio
las palabras de López Mills: “la que aprueba el examen se asemeja a la que
escriben ellos. La tradición se busca en los otros”.
Es entonces que
el afán mitificador de Bautista, Bravo Varela, De Pablo se traza dentro del
libro Escribir poesía
en México ¿les es tan
necesario crear el mito? Los compiladores Julián Herberth, Javier de la
Mora y Santiago
Matías señalan en su prólogo: “Por mera formalidad, y como gesto de cortesía
dirigido a los campeones del resentimiento, incurrimos en la falta de resaltar
lo obvio: esto no es una antología –en el sentido justiciero y omnímodo que
suele darse a tales documentos-; es simplemente la expresión de una conjetura
colectiva.”
Si uno teje
puentes entre Nosotros que nos
queremos tanto,Divino tesoro y
el texto que ahora nos ocupa Escribir
poesía en México, ¿en verdad pensamos que el afán de decir “campeones del
resentimiento” es algo que al común del ciudadano le importe? Trataré de
explicarme.
Como se aborda
de manera clara e interesante dentro de los 17 ensayos que conforman el libro,
los poemas, las poéticas y los ensayos sobre el tema solo le importan a
aquellos buscadores de poesía, aquellos interesados en el poema, en dedicarle
su tiempo, lectura, dinero –el menos de ser posible-; entonces, si los mismos
que formamos la tradición nos leemos una y otra vez, supongo que escribimos en
una inteligencia para nosotros mismos, los lectores que somos cuando no
escribimos.
Lectores
atrapados ya en la tradición o que quieren saber de ella y penetrarla. Lectores
de poesía-poetas, poetas-lectores de poesía. Pero si una persona que recién
quiere entrar a este entorno, a este cuarto, a esta escena poética mexicana le
entregamos “mitos”, “nosotros somos los buenos, los demás nos odian, y como nos
odian, los odiamos más, diciéndoles que no nos importa que nos odien”, qué
ganamos.
Una vez me
decía mi sobrina: es que el maestro de matemáticas es un ‘pendejo’, tío, le
dije que la forma en que había explicado las ecuaciones estaba incorrecta, y
por no reconocer que se equivocó, se enojó y enojó y ahora me tiene tirria. A
lo que le contesté: pero si has dicho que el maestro de matemáticas es un
‘pendejo” para qué discutes con él y pierdes el tiempo. ¿Si discutes con
alguien que para ti es un ‘pendejo’ en qué te convierte a ti?
Nos quejamos de
que no haya lectores de poesía, pero a los que quieren acercarse los atrapamos
en el camino, hey, no te lleves con aquellos, acá está la piedra filosofal,
Luis Felipe Fabre es el mejor, no no y no, Mario Bojórquez lo es, y los cansamos,
hartamos para que nos griten: ¡Estamos hasta la madre de sus acusaciones de
mafias. Ellos son los de la mafia, no, ellos son, no, ustedes, no aquellos,
todos somos, nadie es, y la mafia se ríe y se ríe desde su cómodo sueño.
Qué ganamos.
Que cada quien lea lo que tenga que leer, y lo que quiera leer.
Me causa
tristeza, insisto, en que tres compañeros inteligentísimos y de grandes vuelos
poéticos como Bautista, Bravo Varela y De Pablo tengan que recurrir a mitomizar
la figura de un camarada, el tiempo pondrá en su lugar a los poetas, pero
bueno, cada quien sus búsquedas.
Como lector de
poesía les comparto a los interesados. En verdad, adquieran el excelente libro
compilatorio Escribir poesía
en México, se que no se van a arrepentir.
Propiedad de
Administrador
ENTREVISTA
La pregunta es ambigua.
Yo sólo puedo hablar de lo que es y ha sido mi experiencia como editora: un
trabajo que implica amor por la palabra, deseos de promover a la joven
literatura y sus autores, y todo lo que implica un trabajo completo en el que
se toman miles de decisiones hasta que el libro sale de las prensas.
Depende. Ahora trabajo
también con autores de otros estados de la República y con extranjeros. Lo primero es que el
libro me guste y tenga calidad Literaria. Luego viene el asunto del diseño, la
diagramación, etc., hasta llegar a la impresión: cómo, cuándo, cuánto va a
costar y cómo vamos a cubrir esos costos de producción. A veces coeditamos con
instituciones, otras con el autor o con empresas interesadas en patrocinar; en
fin, cada caso es distinto.
¿Sabemos que tienes
un programa de radio, que
día se transmite y a qué hora?
Los viernes
en Jalisco radio, en FM 96.3 y AM 6.30, a las 8 PM,
Se llama “Al pie de la
letra”, y vamos sobre el séptimo año en esta última etapa. La primera comenzó
en 1983
¿Qué opinas de las revistas electrónicas,
actualmente?
Está bien, es parte de la época que vivimos,
aunque me guste más el texto impreso. No he tenido la oportunidad de leer
una revista electrónica completa, debido a mi
trabajo, pero voy a darme el tiempo para hacerlo.
¿Cuáles son
tus proyectos para este
año?
Estuve muy mal de salud
a principios de enero, y creí que no iba
publicar; sin embargo ahora trabajo en
aproximadamente diez libros que saldrán este año. Yo no tengo
proyectos, éstos llegan a mí sin buscarlos, y eso me gusta, porque la vida es así,
llena de sorpresas.
¿Cuál es la
página de literalia
editores?
http://literaliaeditores.net/
Es una página muy completa donde tenemos de todo lo que pueda interesar
a un escritor y al público en general.
¿Cuál es el nombre
de tu maestro?
Arturo Rivas
Sáinz.
Además de México, ¿dónde
más se distribuyen tus libros?
En España y 19 países de Latinoamérica, pero
siempre ando buscando mecanismos para el envío, porque es muy costoso
el flete, a veces más que el de
publicación
¿Qué hacer para que
los jóvenes se interesen por la lectura?
Tenemos libros
infantiles, en la Col.
“El preguntón”, en la que nos proponemos
poner a trabajar los dos hemisferios del cerebro del niño, para que, además de
encantarse con la lectura de los cuentos, los comprenda. Esto, creemos, hará en
el mediano plazo de estos niños, adultos lectores. También trabajamos con el
cuento ilustrado para adultos en la Col. “Los rápidos”, que
son gratuitos y se distribuyen en
secundarias y preparatorias, tomando en cuenta que la imagen ha llegado a ser
un factor casi indispensable contra el que nada podemos más que unirnos. Estos
cuadernillos han gustado mucho a los estudiantes, porque los pueden
leer en el camión, son breves y
tienen acción.
¿Cuántas
publicaciones tiene Literalia
Editores actualmente?
Andamos llegando a los
ciento treinta en este mes.
¿Cuáles son las
librerías, donde encontramos los
libros de Literalia?
En Fondo de
Cultura Económica, en Librerías
Gonvill, en la Mariano Azuela ,
así como en otras pequeñas librerías de
la localidad que no son muy conocidas.
¿Cómo editora qué esperas
de un escritor?
Calidad literaria.
¿De las bellas artes, ¿qué nos puedes decir de la Literatura ?
Que es la madre de todas
las artes. Cada arte precisa de la palabra para explicarse; la necesitamos para
juzgar el valor de un cuadro, de una bella danza o de un sinfonía. También para
describir la grandiosa arquitectura. En fin, muchos no estarán de acuerdo, pero
es mi opinión.
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