El escritor
Václav Havel y la herencia de la
humildad
En la noche del 18 de
diciembre del 2011 a los 75 años Václav Havel, murió mientras dormía, se fue en
puntas de pie, sin estridencias, como era su estilo. El que fuera el último
presidente de Checoslovaquia y primero de la República Checa, erigido
mundialmente como un símbolo de la lucha contra los totalitarismos del siglo
XX, un liberador sin ínfulas, un hombre humilde. Como declarara el escritor
checo Milan Kundera al conocer la noticia de su fallecimiento: “la mejor obra
de Václav Havel fue su propia vida”
Václav Havel, un
intelectual, no un político como muchos lo querían ver, un dramaturgo, un
ensayista, un poeta, en definitiva un humanista. Había estudiado en colegios
ingleses en la categoría de internado, también estudió teatro y trabajó en el,
fue escenógrafo, ayudante de director y director. Conoció a Arthur Millar y
poco a poco las obras de su autoría empezaron a ser representadas fuera de su
país. Entre ellas, “Una fiesta en el jardín”, “No hay manera de concentrarse”,
“La conspiración” y “La opera de cuatro cuartos”.
Había sido uno de los
principales promotores de la llamada “Carta del 77” en la que demandaba al
gobierno del presidente Gustáv Husák el
respeto de los derechos humanos de la población de conformidad con las
obligaciones contraídas por Checoslovaquia en el Acta de Helsinki de 1975. Como
consecuencia primero fue arrestado en su domicilio y después encarcelado.
Estando preso en Hermanile, escribió “Cartas a Olga”, basado en misivas a
su primer esposa, Olga Splíchalova, con
quien se había casado en 1964.
Ya en 1969 las
autoridades checoslovacas pro- Unión Soviética, habían prohibido su obra, sus
escritos era considerados subversivos, 20 años después en 1989 con la “Revolución
de Terciopelo”, de la noche a la mañana grandes multitudes anticomunistas
coreaban su nombre y el mundo lo vería convertirse en presidente de
Checoslovaquia.
Decía que era más que
nada un humanista, en un pasaje de las “Cartas a Olga” podemos apreciarlo: “el
ser hechizado en mi interior y el que está presente en el mundo se pueden dar
la mano en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier manera:
cuando contemplo la copa
de un árbol o cuando miro los ojos de otra persona, cuando consigo escribir una
carta bonita, cuando me emociona una canción o cuando el fragmento de una
lectura pone mis pensamientos en efervescencia, cuando ayudo a alguien o
alguien me ayuda a mí, cuando ocurre algo importante o cuando no ocurre nada
especial”.
“Esa necesidad nuestra
irreprimible, de trascender los horizontes situacionales, de cuestionar,
conocer, explorar, entender, buscar la esencia de las cosas, ¿qué otra cosa es
esa necesidad sino otra de las formas de aquel anhelo interminable por recobrar
la integridad perdida del ser, aquel anhelo del yo del regresar al ser?¿qué
otra cosa es sino ese anhelo intrínseco de despertar al propio ser oculto,
adormilado, dividido tantas veces y a través de él alcanzar aquella plenitud e
integridad de la existencia que nuestra intuición nos permite vislumbrar”.
Y era obvio que ese
profundo humanismo que lo caracterizaba iba a estar presente en su actuación
política. En efecto, lo plasmó en su famoso discurso de año nuevo de 1990 en el
que explicó su ideario político:
“Quizá se pregunten con
que República sueño. Les contesto con una república independiente, libre,
democrática, con una República que prosperará económicamente y a la vez será
socialmente justa. En resumen, con una República humana que sirva al hombre y
por eso tiene la esperanza de que también el hombre le servirá a ella. Con una
República de hombres cultos, ya que sin ellos no sería posible resolver ni uno
solo de nuestros problemas humanos, económicos, ecológicos, sociales y
políticos”.
El escritor, forzado por
las circunstancias a tomar las riendas del poder político, cuando años después
le preguntaron sobre sus años como Jefe de Estado externo: “Fue mucho más un
sufrimiento de lo que cualquiera crea y piense. En cierta manera fue un don. ¿A
quién le sucede estar en medio de los acontecimientos que cambian la historia
del mundo y tener incluso influencia en ellos?
Aunque tenía bien clara
su relación escritor- político, veamos como planteaba la misma: “Escribir es
una actividad solitaria en grado máximo y por eso no deja de ser un poco
absurdo que me dedique a ella precisamente yo, una persona esencialmente social
y hasta política (por supuesto que no quisiera que la política fuese mi
profesión; lo digo en sentido de que me interesan los asuntos públicos, los
asuntos de la polis = comunidad). En su tiempo el teatro me sedujo (entre otras
cosas) porque de todas las disciplinas artísticas es la que tiene mayor
potencial de convertirse en un fenómeno verdaderamente social”
En 1997 fue galardonado
con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y en el 2004
fue propuesto para el Premio Nóbel de la Paz.
Seguía escribiendo;
menos poesía y teatro, más ensayos y artículos periodísticos, nos regalaba pensamientos como: “La verdad y el
amor deben prevalecer sobre la mentira y el odio” ; “Si no se comparten e
implantan unos valores y unas obligaciones morales, ni la ley, ni un gobierno
democrático, ni una economía de mercado funcionarán correctamente”.
En 1990 Michel
Bongiovani le realizó una entrevista para el Correo de la UNESCO. A 22 años de
la misma. La respuesta a la pregunta ¿Cuáles son a su juicio los valores que el
poder de los intelectuales deberían servir? es totalmente vigente ante las
amenazas políticas, económicas y climatológicas entre otras que hoy se ciernen
sobre el destino de la humanidad.
-En el umbral de un
nuevo milenio, el bien más valioso que hay que defender, el que en todas partes
debería recibir una aceptación máxima, es un conjunto de cualidades humanas, de
valores fundamentales. Y, en primer lugar, la humildad. Muchos de los
acontecimientos crueles que hemos vivido al fin de este milenio, como el
hitlerismo, el estalinismo o, por ejemplo, los excesos de Pol Pot, son
resultados del orgullo y la arrogancia de grupos y personas, de fanáticos o no,
de ideólogos, de doctrinarios, de utopistas.
El orgullo de quienes
creen saberlo todo y estiman que pueden decidir de todo. Cuando la realidad no
se ajusta a sus teorías, terminan por imponerlas conduciéndonos directamente a
los campos de concentración, a las masacres y a las guerras más atroces. Esta
falta de humildad se advierte también fuera del campo estrictamente político.
La base de la crisis ecológica del planeta es también el orgullo: el hombre
impone su voluntad a la naturaleza, sin respetar sus leyes, sus secretos.
Podría seguir dando
ejemplos… conservemos el sentido de la libertad, de la dignidad y la justicia.
Y seamos más humildes.
Lic. Washington
Daniel Gorosito Pérez