CRISTINA GUTIÉRREZ LEAL





Si te sobrevivo, casa…
ningún lugar me será imposible.


Cristina

A la señora Martha Cristina

Me nombraron Cristina por una amiga desahuciada
de mi madre.
La señora Martha Cristina me heredó su segundo
nombre,
su adolecer.
Cuando sucumbo al reproche
mi madre me consuela diciendo que también tengo
el nombre de Cristo.
Él también vivió desahuciado, mamá.
Tengo nombre de mujer muriendo
y de hombre clavado en la cruz.
Eso lo explica todo.

*

Hay mares que llegan con sus olas antiguas
a golpearme el lomo,
a recordarme cuántas mentiras he tenido que decirme
para soportar el ruido de algunos barcos.
Esta marea no tiene ojos,
solo brazos largos para tantear mis orillas
rasguñarlas de vez en cuando.
Yo no sé cómo dividir estos mares,
cómo llegar a la tierra prometida.
Estoy del otro lado,
creyéndome a salvo
ahogándome solo un poco.

*

Me han prohibido acercarme a ese árbol.
Presiento sus trampas.
Y es que ese árbol parece mirarme como por
última vez.
Temo, lo admito.
Podría correr y destemplar algunos ruidos
(huir temblando sobre el suelo)
yo que puedo moverme
(y halarme los cabellos)
que al parecer no tengo ramas.
Me han prohibido comer de su fruto
y yo no tengo tentación del fruto.
Pero ese árbol sabe que puede enterrarme con él
y convertir mis piernas en raíces.
He de confesar que nunca entendí el cuento del
fruto prohibido
siempre pensé que era Adán o Eva quienes
estaban prohibidos.
Nunca el fruto
quizás el árbol.

*

Escribo ahora porque
nunca he sabido guardar mis secretos.
Desconozco las maneras de lidiar con la trastienda
la vida detrás de la vida.
Ya los amigos desgastan sus razones
buscan la forma de irse o de no llegar
(entonces queda el poema).
Necesito contar que alguien se hunde en mi cabeza
que me oprimo fuerte contra su hondura
y no salgo entera.
¿Qué tan inconfesable es estar seriamente
minusválida?
¿Cuáles afectos no soportarían que mi tibieza
se haya calentado por completo?

*

Sé del mar reventando contra un muro
cómo me asusta cuando levanta demasiado su oleaje
cuando enfría sus aguas y es imposible.
Sé de gente buena acodada en puentes
contemplo sus miradas cristalinas y la mía se envidria
me siguen enfermando mis ojos litorales
mis costas.
He visto desde un balcón
un río que divide tres países
abrí ya muchas veces mi puerta para saludar
desconocidos
ya estiré una nueva lengua
ya me senté lo más al norte posible
ya estuve en la última calle de un país
ya fui todo lo insular que pude
ya he puesto toda mi fe en un viaje
ya he querido volver y abrazar
corro tras un nuevo paisaje que se alborote en mis ojos
vivo huyendo de este lugar que soy
pero el desarraigo no me cura
no me cura.


*

Sin puñal

Quise escribir con toda la rabia del mundo
buscaba la imagen que sostuviera mi enojo
Desperté madrugada tras madrugada
intentando crear nuevas palabras
a falta de una que describiese
el exacto sonido de mis muelas rotas de tanto
apretar la mandíbula
Creía inefable
mi fruncir de ceño
mi cuerpo giroscopio
Perdona, me dije
no sin antes nombrar el odio con todos sus pesares
con todas sus vertientes
yéndome por todas sus ramas.
Recuerdo cómo quería escribir cortando
hiriendo con mi lesión
quería escribir con un puñal
y llenar de pus y sangre techo paredes espejos
Pero olvidé
mi rabia
y mi puñal
Me quedó este olvido calmo,
sosegado
demasiado cansado.


Cristina Gutiérrez Leal, nació en Coro, Venezuela, en 1988. Ha publicado el poemario Estatua de Sal, que obtuvo el Premio XX Bienal de Literatura José Antonio Ramos Sucre (2015). Con su poema “Sé del mar reventando contra un muro”, ganó el II Concurso Nacional de Poesía Rafael Cárdenas (2017). En la actualidad realiza estudios doctorales en la Universidad Federal de Río de Janeiro.

Colaboración: Luisa Isabel Villa Meriño



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