GABIELA CANO






Creatura

Un día me empezó a salir una protuberancia en mi brazo izquierdo. Decía que era mi retoño y me burlaba de él. Esa extensión de mi cuerpo formaba aún en su excrecencia un lugar en mi cotidianidad. Fui al doctor y decidieron que había que extirparla con una pequeña intervención. Afortunadamente, pude verla porque sólo me habían puesto anestesia local. Distinguir el hueso y la piel expuesta sólo me había ocurrido cuando me caí de un árbol. Era como ser la criatura sin nombre de Frankenstein: las figuras cosidas, las cicatrices, el dolor. Cuando esa masa de algo se perdió en el laboratorio del hospital sentí un poco de tristeza porque imaginaba que podía sentirse extraviada en algún frasco de cloroformo sin una etiqueta que le diera identificación. Creemos que decidimos que trozos de nosotros se quedarán bajo tierra.


Hogar dulce hogar

Cuando era niña tenía un libro que se llamaba Hogar Dulce Hogar. Se trataba de un topo que pasaba el día en sus labores pero, a cada rato, pensaba en su familia. recordaba el animalito en algún  momento. Me gustaba su forma de relatar cada aspecto de su entorno: una madriguera oscura y llena de tierra pero con un pequeño fuego al fondo que, sin querer, traducía en calidez. Eso me lleva a revisar mi propia casa. Hace poco me visitaron mis abuelos y a pesar de mis hábitos y misantropías ellos siempre notan la perfección, por ejemplo, de la sombra que da el árbol fuera de mi casa  o cómo  la luz del sol entra en las habitaciones y lo hermoso que es el gato cuando juega. Antes de irse dejaron un cactus de los que parecen tener cabello blanco en la mesa y los trastes del lavabo con una servilleta bordada encima. Ahora sé que la usencia es más extraña cuando se parece a un relato que no habías entendido.

Déja Vú

De pequeña  jugaba, en los parques, con otros niños que no conocía. Nos hacíamos mejores amigos aunque nunca volvíamos a vernos. La extrañeza de qué un encuentro ha trascendido y de su irrepetibilidad  parecía algo muy puro y sencillo. Cuando crecí entré a teatro y tuve esa misma sensación. Sin ningún aviso o introducción, el teatro, se convirtió en un déjà vu que, curiosamente, siempre era nuevo. Personas que, posiblemente, no habría conocido o siquiera visto cruzar o escuchar si no fuera porque un escenario los reunió. Uno abierto, imagino, porque sin importar los acentos, los regionalismos, las filias y las fobias, existe. Es decir, es. Muchas veces, cuando pienso en el Teatro, ignoro cómo definirlo. Sin embargo, cada vez más, supongo que lo inefable tiene su poder, de hecho, en ésta posibilidad de remitir o señalar algo que se siente verdadero igual que los amigos que nunca dejan de serlo.


Sherezade

Mamá se iba al trabajo y desde la ventana de la casa esperábamos que diera la vuelta para enviarnos besos con su mano. Iba siempre de uniforme y era tan blanco que parecía como los ángeles que pasaban en la televisión o los que imaginaba cuando nos hacía rezar. Cuando llegaba, por la tarde, nos contaba de sus pacientes y de cómo los había cuidado y entonces todas las enfermedades que existían en el mundo parecían tener cabida en sus palabras pero también todos los remedios y las risas: si nos caíamos bromeaba con nuestras heridas diciendo que por ahí se nos saldría el corazón. A través de sus relatos entendí que la ficción no era ajena a lo real y que las Sherezade no se dan en macetas.




Fotografía: Nadia Bernal

GABRIELA CANO (Guanajuato, 1988). Escritora y artista visual. Estudió  la Licenciatura  en  Letras  Españolas en la Universidad  de  Guanajuato y  la  Maestría  en  Enseñanza de Estudios Literarios en la Universidad Autónoma de  Querétaro.
Se desempeña  como  profesora. Es  mediadora  de lectura  acreditada  por  CONACULTA. Ha  publicado en revistas  como   Onomatopeya, Conspiración  del  Silencio, Hojas al Aire.   Fue  antologada  en  el proyecto  de   minificción El furor  de   la estrella  negra, Homenaje  a  David Bowie de La tinta del silencio. 
En  la  actualidad  es  columnista  en  las  revistas  independientes  Golfa  y  Saltapatrás.
Es autora del libro He visto caer a mi cabello de Ediciones El Humo (2018)

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